5. Patricia

musica

Se había levantado temprano. Inició sus rutinas matinales: desayuno con leche de soja y muesli, llamada a su madre para ver qué tal iba todo y preparar la bolsa para el gimnasio.

A las ocho en punto estaba en la sala de fitness. Hizo clase de una hora y después dedicó más de media en la sala de musculación a sus brazos, abdominales y piernas.

Se dio una ducha larga y relajante. El agua caliente le encantaba. Le ayudaba a aclarar sus ideas y prepararse para el resto del día. Se vistió mientras hacia la lista mental de la compra, y con ella en la cabeza fue hasta el supermercado. Compró un filete de pechuga de pavo y brotes de rúcula y parmesano.

Al llegar a casa puso la ropa del gimnasio en la cesta de la ropa sucia y dejó la bolsa del gimnasio vacía en la entrada. Preparó su comida , sana pero nutritiva, y comió con tranquilidad mientras veía una serie sobre abogados en la televisión.

Lo hizo con el teléfono en modo silencio y el interfono del piso descolgado. Le gustaba la soledad: su soledad. Había tenido una relación con un chico durante tres años. Se suponía que eran la pareja perfecta: los dos de buena familia, cada uno dedicándose a lo que les gustaba, con un montón de amigos y ambas familias que les adoraban. Sin embargo, de puertas para adentro, aquella relación se había convertido en un infierno de celos, gritos y peleas. Cuando por fin comprendió que aquello no era amor, sino una dependencia malsana, rompió con él y se mudó a un pequeño piso en el centro. Dejó la peluquería en la que trabajaba de encargada gracias a los contactos de sus padres, y estudió una formación profesional superior completamente diferente. Encontró trabajo en un hospital de las afueras, con un horario de tarde que limitaba mucho su anterior y agitada vida social, pero que le encantaba y llenaba mucho más que dirigir peluqueras desmotivadas y malpagadas. Así que ahora se sentía libre y tranquila. Y disfrutaba de aquella independencia y tranquilidad.

Al terminar la comida, se premió con una buena dosis de fruta variada: mandarinas, granadas y una manzana. Se cuidaba mucho y su cuerpo se lo agradecía. Se sentía fuerte y sana.

A la una en punto dedicó casi media hora a hacerse un laborioso peinado que le resultaba práctico en el trabajo, y a la vez, lucía su rostro marcado y bonito. Se maquilló cuidadosa y discretamente: antiojeras, base de crema, polvos para matizar, un poco de rimel y brillo de labios. Después preparó la bolsa del trabajo y se puso una chaqueta de lana de colores: su favorita.

Fue caminando hasta la parada del metro y espero mientras escuchaba música de sus listas de reproducción de Spotify en el teléfono móvil.

Hacia calor allá abajo, pero se había acostumbrado a los cambios de temperatura entre la ruidosa y fría ciudad, y el calor abrasador en las vías del metro.

Línea tres dirección Trinitat Nova.

Entró en el primer vagón que paró frente a ella. Estaba lleno, pero no le importaba. Se sentía cómoda rodeada de desconocidos mientras su música le distraía del mundo exterior.

Durante el trayecto, y a pesar de llevar sus auriculares insertados en los oídos y de que el volumen de la música era elevado, pudo escuchar a su derecha a dos mujeres mayores despotricando. No entendía las palabras ni, por lo tanto, los motivos, pero le disgustó el tono acusador y desagradable con el que se dirigían a una joven al otro lado del vagón. Le pareció que el resto de pasajeros se incomodaban tanto o más que ella. Aún así, simplemente subió el volumen de la música y continuó con su propia terapia de centrarse en ella misma y sus pensamientos para poder enfrentarse a la tarea complicada de su trabajo. Se exigía mucho, era perfeccionista y aplicada, y eso requería grandes dosis de concentración que no permitía que le arrebataran, ni siquiera un pequeño altercado en el metro que no le incumbía.

Llegó su parada: Vall d’Hebrón. Bajó junto a las señoras mayores y la joven que, a pesar de encontrarse unas filas más atrás, recibió algún tipo de amonestación adicional por parte de una de las señoras. Pensó ¡Cuánta ira hay en el mundo! Con todas las cosas malas que hay, desde luego le parecía innecesario crear más malas vibraciones. Aunque también reflexionó que quizá el problema merecía semejante discusión. Y ya que ella no tenía ni idea de lo sucedido, decidió evitar realizar juicios de valor e ignorar el suceso y continuar con sus rutinas.

Llegó veinte minutos antes de comenzar su turno a las tres. Apagó la música y guardó los auriculares en la taquilla junto a su ropa y su bolsa. Se cambió y se puso su blanco uniforme. Puso el teléfono móvil en silencio y se colocó su identificador en la pechera y repasó su peinado y su maquillaje frente al espejo.

A las tres menos diez le daba el relevo a su compañera, también técnico de radiodiagnóstico. Pasó por delante de la recepción y saludó a la auxiliar. Caminó por el pasillo central y saludó a la médico radióloga que estaba de turno esa tarde. Entró en su cubículo y repasó la lista de pacientes con el enfermero. Hoy tenían seis gammagrafías vasculares y óseas completas. Cuatro de las pacientes ya estaban esperando en la sala de la entrada. Decidieron empezar cuanto antes, ya que ambos sabían que en muchas ocasiones debían repetir pruebas o realizar complementarias y, además, preferían no hacerles esperar sin necesidad.

Se sentó en su silla e inicializó el programa informático con su usuario y contraseña. Mientra el enfermero, diligente, ya había pasado a la primera paciente, una mujer de unos ochenta años que apenas podía caminar. El enfermero le inyectó el compuesto radiactivo con sumo cuidado, ya que su piel se veía seca y arrugada, y las venas pequeñas y estrechas. Acertó a la primera. Desde luego era un gusto tener un compañero tan cuidadoso y competente.

Ayudó al enfermero a tumbar a la paciente en la camilla y le explicaron que tenía que estar muy quieta mientras le tomaban unas “fotos” con la máquina que supuso que debía tener un aspecto aterrador para una anciana. Fue dulce con ella. Patricia nunca escatimaba en cariño con sus pacientes. Bastante tenían ya con sus enfermedades y tratamientos. Para ella estar atenta y ser considerada era imprescindible en su trabajo. Y además tenía suerte porque era un valor compartido con sus compañeros. Sabía que había otros servicios del hospital donde los pacientes no eran más que números y horas de citación. Allí no, todo lo contrario: todos se esforzaban por tratar a los pacientes como personas que merecían toda su atención y respeto el breve tiempo que formaban parte de sus vidas.

Cuando acabó las pruebas a la anciana, el enfermero y ella le acompañaron cogiéndole cada uno de una mano hasta la sala “caliente”, donde estaban aislados para no irradiar a otras personas. La ayudaron a sentarse y le ofrecieron agua o un zumo. Debía estar allí dos horas y habría una auxiliar que pasaría periódicamente a ver cómo se encontraba y atender sus necesidades, pero en ese mismo momento estaba preparando la sala para el siguiente paciente.

Cuando volvió a su cubículo se encontró al enfermero inyectando el compuesto radiactivo a una joven. Era la misma joven del vagón del metro, la que se había visto involucrada en el que le había parecido un desagradable incidente. Estaba nerviosa y temblaba. Le ofreció una manta, que aceptó gustosa.

Mientras le indicaba cómo tumbarse y colocarse en la camilla para la prueba la observó con un sentimiento de pena. Parecía una niña. Tenía un rostro joven y agradable. Ella le sonrió. Su sonrisa era de esas que iluminan el día de quienes son sensibles a pequeños detalles como aquel. Una sonrisa mientras te hacen una prueba que supone el posible diagnóstico de alguna grave enfermedad. Le devolvió la sonrisa y le explicó el procedimiento.

La joven se mantuvo muy quieta durante la gammagrafía vascular, y las imágenes fueron claras y limpias. Se alegró. Mientras guardaba los resultados en su carpeta se fijó en sus datos personales. Se llamaba Mireia. Era mayor de lo que pensaba: treinta y cuatro años. Exactamente los mismos que ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero no dejó que el miedo a la enfermedad, que a todos los trabajadores de sanidad invadía muchas veces, le afectara. Alejó los malos pensamientos con cuidado y se centró en el trabajo. Le dijo que podía esperar en la sala “caliente” las dos horas que tenía que esperar para realizar la siguiente prueba, o, al ser una persona joven sin dificultades para desplazarse, también podía salir del recinto hospitalario siempre y cuando se mantuviera lejos de otras personas para minimizar el riesgo de radiación, especialmente de ancianos y niños.

La joven la escuchó atenta y le dijo que prefería salir fuera. Le aseguró que a las cinco y media estaría puntual en la sala. Con su radiante sonrisa y un ligero temor se alejó por el pasillo de entrada.

Patricia atendió con presteza a las cuatro siguientes pacientes, todas mujeres mayores. Todas se quedaron en la sala “caliente”.

Al pasar las dos horas preceptivas su compañero y ella fueron a recoger a la anciana a la sala y la trasladaron al segundo cubículo, donde le realizaron la gammagrafía ósea pertinente. Observó las imágenes con puntitos verdes brillantes por varias zonas de su cuerpo. Seguramente metástasis óseas secundarias a un cáncer. Insertó los resultados en la carpeta de la paciente y avisó a la médico radióloga para que pudiera analizarlo en detalle y realizar el informe para el especialista.

Con dulzura le acompañaron a la sala de recepción, donde le esperaban sus familiares, que con la misma dulzura y mucha paciencia fueron caminando hacia la salida.

En el segundo cubículo le esperaba la joven. Volvió a sentir un terrible escalofrío, que identificó como un sentimiento ambivalente entre el miedo y la tristeza.

Le hizo la gammagrafía ósea. La imagen reflejaba múltiples puntitos verdes muy localizados en un hueso. Seguramente un tumor aislado. Salió de la sala y se lo comentó a la radiológa, que le pidió que realizara pruebas adicionales para asegurarse de que se trataba de un único tumor y para determinar de qué tipo.

Le explicó a la joven que debía realizarle más pruebas. La joven cambió su sonrisa por una mueca de sorpresa y miedo. La comprendió e intentó tranquilizarla. Para ello le preguntó qué tal había ido el paseo. Ella le dijo que los había tenido mejores, pero que al menos no hacía demasiado frío. Mientras la pasaba a un tercer cubículo con su respectiva imponente máquina, Mireia la observaba y le dijo que le parecía que llevaba un peinado muy bonito, que estaba muy guapa con él. Le agradó su comentario y se sintió cómoda para confesarle que antes había sido peluquera, pero que no se sentía realizada y había decidido estudiar radiología para hacer algo que la llenara más y le hiciera sentir que su trabajo aportaba algo positivo a la humanidad. La joven asintió complacida y le dijo que como peluquera le parecía extraordinaria, y que el trato que le estaba dando también, que le ayudaba a sentirse mejor y más tranquila. Ambas sonrieron y continuaron con las tres pruebas adicionales que le fue indicando la radióloga. Entre dos pruebas vio como Mireia escribía un mensaje en su teléfono móvil.

Al finalizar la joven le pidió conocer los resultados. Patricia, muy prudente, le explicó que comprendía su inquietud pero que hasta que la radióloga no analizara las pruebas y emitiera el informe, no sabrían con certeza el diagnóstico. Y que, además, esa tarea informativa correspondía a su especialista. La joven, nerviosa, le explicó que venía con un traslado de expediente desde otra comunidad autónoma y que no tenía cita con el especialista hasta tres semanas más tarde, que si no le decían algo pasaría esas tres semanas muy angustiada, y que al menos le orientara para no tener que pasar por aquel calvario.

Patricia se conmovió. Tres semanas son muchos días, minutos y segundos para estar dando vueltas y más vueltas, temiendo lo peor. Le dijo que iría a hablar con la radióloga a ver si podía hacer algo, pero que no le prometía nada. La joven le sonrió entusiasmada y casi dando saltitos de alegría, le dio las gracias.

La radióloga que estaba de turno aquella tarde se mostró receptiva y comprensiva. Fue con Patricia hasta el último cubículo y le explicó a la paciente que le habían realizado más pruebas de las esperadas para cerciorarse de su diagnóstico y que, inicialmente, parecía un tumor óseo aislado, sin signos de metástasis. Que se lo confirmarían en la visita al especialista, pero que de entrada podía estar tranquila. Todo lo tranquila que se podía estar ante semejante situación.

Mientras hablaban, la doctora se sentó junto a ella y le cogió la mano, le sonrió y le habló con voz suave y palabras consoladoras. Patricia se sintió orgullosa de ella misma, de sus compañeros y de su trabajo.

Acompañó a la joven hasta el pasillo de la salida, en un silencio afectuoso. Las dos se transmitían cierta ternura, de esa que no se puede explicar con palabras, que simplemente se siente y ya está. Disfruto de ese momento de cómplice simpatía.

Al acabar la jornada estaba cansada pero satisfecha. Su vida se había transformado mucho en los últimos años, pero se sentía feliz. Era quien quería ser, y hacía un trabajo que amaba. De alguna extraña manera asoció aquella noche que, entre gritos y lágrimas, decidió cambiar su vida, con la sonrisa de aquella joven. Lo que en un momento fue un infierno, ahora era su propio cielo. Se fue a dormir dichosa, pensando en la hermosa sonrisa de Mireia. Somnolienta le deseo lo mejor.

The Wheel Spins Again

La rueda vuelve a girar… Sempiterna. Entropía. Movimiento. Naturaleza. Música. Vida. Lucha. Sonrisa. Felicidad.

Emociones increíbles que me embargan con la música folk de No Room.

Un EP imprescindible y un directo que desborda profesionalidad y magia.

Escúchalos en Spotify.

¡¡¡ Disfruta de la buena música y feliz lunes !!!

Sara

4. El metro

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Mireia llegó a Barcelona con sueño. Salió del avión con cuidado de no coincidir con el dulce joven que se le había declarado. No le gustaba generar emociones negativas en los demás, y menos cuando él se había atrevido a ser sincero con ella.

Bajo hasta la parada del Aerobús. Tomó el transporte y se apeó en Plaza España. Paró a desayunar en una cafetería que acababa de abrir. A pesar de que por los nervios no tenía mucha hambre, pidió un zumo y medio bocadillo, y se obligó a terminarlos. Desayunó tranquila, tenía tiempo de sobra para su cita. Había cogido el primer vuelo de la mañana porque era económico, y con tres hijos la economía a veces era complicada.

Llamó a Jan para cerciorarse de que todo marchaba bien en casa. Jan le aseguró que estaban a punto de salir hacia el colegio y que sus tres hijos estaban maravillosamente. Mireia sonreía con sólo escuchar sus voces al teléfono. Finalizó la llamada con un “¡Qué tengáis un buen día!” entusiasta y cariñoso.

Mientras se deleitaba en el último sorbo de su café se fijó en cómo despertaba la ciudad, y con ella sus ciudadanos. A través de la amplia cristalera vió pasar cientos de personas que supuso que, ese día tan diferente e importante para ella, los demás simplemente continuaban con sus rutinas, esas que te proporcionan seguridad en la vida cotidiana.

Después se dirigió al metro. Sacó su tarjeta de diez pases, que había adquirido en el viaje anterior con Jan para economizar los traslados, y paso por la puerta. Tardó casi un cuarto de hora caminando en llegar al andén. Allí se quitó la chaqueta. Le costaba comprender como los demás no se estaban asfixiando con el calor extraordinario que hacía allí abajo. La diferencia de temperatura en pleno noviembre entre la calle y el metro debías ser, como mínimo, de quince grados. Se dejó el pañuelo al cuello para evitar constiparse o coger frío en la garganta.

Entró en el vagón que paró frente a ella. El metro dirección Trinitat Nova iba abarrotado. Buscó un sitio en el que pudiera agarrarse a una de las barras de seguridad, sin ocupar asiento, por si hubieran personas mayores o familias con niños. Encontró un hueco desde el que veía la pantalla de información, ideal para controlar las paradas y saber cuándo tenía que bajar.

Parecía un panal de abejas: decenas de personas apelotonadas en un espacio mínimo, moviéndose lo justo para evitar el incómodo contacto físico entre ellos. Cada uno con una historia, su propia historia, coincidiendo por azar en un mismo momento en un mismo lugar.

Las voces de dos mujeres sentadas a escasos centímetros de ella le sacaron de su ensimismamiento. Debían rondan los sesenta o setenta años. Iban bien vestidas, con sus bolsos de marca sobre el regazo fuertemente sujetados con ambas manos. El volumen de su conversación era excesivo, lo que hacía que inevitablemente todos a su alrededor pudieran escucharlas. Le generó curiosidad el tono despectivo y enfadado de sus palabras. Sin siquiera darse cuenta se encontró prestando atención a su diálogo.

Hablaban con amargura de sus hijos y su relación con ellos. Todo eran protestas, quejas y descontentos. Al principio sintió compasión por ellas. Parecía que tenían unos hijos desconsiderados que se aprovechaban de las pobres abuelas sin tenerlas en cuenta. Sintió profundamente la amargura que expresaban las mujeres hacia sus propios hijos. Le dio pena que una relación tan hermosa como es la maternal pudiera llegar a aquellos extremos de manipulación y abuso.

Entonces la señora que tenía más cerca de las dos que despotricaban abiertamente la miró con fijeza. Mireia las estaba escuchando con curiosidad. Sucedió algo que le sorprendió: la señora alzó la voz y comenzó a hablarle a ella con desprecio. Mientras Mireia se quitaba el pañuelo del cuello, acalorada, la señora le acusó de cotillear su conversación, y de varias cosas más. Se sintió avergonzada e incómoda. No era su intención haber escuchado con descaro. Se apartó los pocos centímetros que pudo de ella y desvió su mirada al panel informativo. Le increpaba gritando de maleducada. Se sentía abochornada. Consideró que tenía razón, aunque le pareció innecesario que le atacará de una manera tan brusca y maliciosa.

Mireia miraba el panel de información, con sus puntitos rojos en las paradas ya pasadas, alternando con un gesto de disculpa hacia las señoras. Pensó en pedirles perdón, pero el volumen elevado de su voz, así como sus expresiones de malestar, le persuadió de ello. No creyó que sirviera de nada.

Entonces las señoras volvieron a su conversación sobre lo desgraciadas que les hacía la relación con sus hijos. Pasaron a quejarse también de su relación con los vecinos, expresaron su malestar por las enfermedades que les atenazaban, los tratamientos que recibían y el mal trato recibido por los especialistas. Después su conversación se centró en el elevado precio de la fruta del mercado, y la descortesía de los tenderos del supermecado cercano a su casa.

Mireia entendió. Entendió que aquellas señoras estaban en un círculo vicioso de quejas y protestas. Repasó mentalmente todo lo que habían dicho sobre sus hijos. Era consciente de que no los conocía, ni conocía sus actos ni la relación real con sus madres. Pero comprendió que el problema eran ellas. No se puede estar bien con nadie si uno no está bien con uno mismo, y ellas no lo estaban. No sabía cuales habían sido sus expectativas sobre la vida, pero estaba claro que no tenían nada que ver con la realidad que estaban viviendo.

Suele pasar con las expectativas, ¡que se lo dijeran a ella!. En ese momento se encontraba en un vagón de metro por una circunstancia de la vida inesperada y no deseada. Pero allí estaba, enfrentándose a ello, afrontando la situación, y lo hacía con una sonrisa en los labios.

Pero aquellas mujeres estaban eligiendo negar su realidad, desear otra diferente, y obcecarse en lo que les gustaría que fuera. De esa manera se privaban a ellas mismas, y a las personas que les rodeaban, sus propios hijos, de tener la posibilidad de ser felices, fueran cuales fueran sus condiciones.

Las señoras estaban eligiendo quejarse, protestar, gritar y atacar a cualquiera que no hiciera lo que ellas consideraban correcto. ¿Y quién decide lo que es correcto? Seguramente “lo correcto” para cada uno de sus hijos debía ser diferente a lo que consideraban ellas. Y no por ello peor, ni mejor. Sólo diferente. Desde luego a gritos y expresando sólo lo negativo era difícil que pudieran entenderse.

Repasó minuciosamente la conversación entre las señoras. No fue capaz de encontrar una sola palabra en positivo. Ni hacia sus hijos, ni hacia nada. A todo y a todos le habían puesto la etiqueta de “malo”. Probablemente se sentían encerradas en un mundo que percibían “malo”, de cosas y personas “malas”, sin ser capaces de valorar nada bueno en la conducta de nadie. Ni siquiera eran capaces de valorar algo inocuo, como el hecho de que ella, y otros tantos pasajeros del metro, les escucharan por el mero hecho de que hablaban voceando.

Supuso que, para ellas, debía ser mucho más fácil buscar culpables ajenos que pensar que uno mismo es responsable, aunque fuera en parte, de las cosas que le pasaban. Pensó cuánto podrían cambiar sus vidas si simplemente prestaran un poco de atención a sus propios comportamientos y vieran que parte de lo que les sucedía eran consecuencias de ellos. Podría escuchar más a las personas que les rodeaban, incluidos sus hijos, que seguramente no deseaban que sus madres se sintieran así de menoscabadas en su relación. Podrían prestar atención a las cosas positivas que hacían los demás hacia ellas, que seguro que más de una habría, y expresar también algo en positivo de todo eso.

Quizá todavía tuvieran la oportunidad de ser un poco más felices. Le hubiera gustado decírselo mientras se levantaban, peculiarmente, en su misma parada: Vall d´Hebrón. Pero simplemente se mantuvo a cierta distancia para evitar más conflictos. A Mireia no le gustaban los problemas. Tenía una premisa máxima: si la solución del problema dependía de ella, ponía todos sus esfuerzos en solucionarlo. Si no dependía de ella, se mantenía al margen para que no le afectara a nivel emocional de manera innecesaria.

En ese momento la señora que había arremetido contra ella se giró para mirar los asientos que acaban de abandonar, revisando no dejarse nada. Al cruzar la mirada con Mireia, lo hizo con un gesto retador, prosiguiendo los reproches contra ella y contra la humanidad en general.

La señora expresó una opinión personal, sobre política, educación, malos tratos, y psicología que, además de ser extremista e irreal, le pareció fuera de lugar. Un vagón de metro repleto de personas que podrían pensar diferente a ella estuvo obligado a escuchar su acalorada y agresiva disertación. Varias fueron las miradas estupefactos e hicieron gestos de desacuerdo. Aunque nadie se tomó la molestia de replicarle. Mireia supuso que, como ella, lo vieron un esfuerzo inútil.

La joven bajó en la parada, y salió a la calle que le llevaría al hospital, manteniéndose a una prudente distancia de las señoras.

Mientras se ponía el pañuelo y la chaqueta de nuevo, ante el frío y la llovizna, no pudo evitar recordar a su madre, que había fallecido ocho años atrás por un cáncer de colón. Le dolió el pecho y las lágrimas afloraron a sus cansados ojos. Ojalá su madre pudiera estar viva y ambas pudieran disfrutar la una de la otra. No habían tenido una relación ideal, porque eran muy diferentes, pero siempre la había querido y valorado mucho. No pudo imaginar cuan difícil debía ser que tu madre te trate con condescendencia y demagogia, como hablaban aquellas señoras de sus propios hijos. Ni siquiera valoraban el hecho de estar vivas, de tener el honor de tener hijos y nietos de los que disfrutar.

También recordó con una amplia sonrisa a sus suegros. Siempre cariñosos y amables. Facilitaban que sus vidas y su relación fuera tan buena. Se sintió agradecida de la maravillosa relación que tenía con ellos.

Manuela y Juana siguieron su camino lleno de odio y amargura, sin ser conscientes del amplio rechazo que habían generado en la mayoría de pasajeros con los que había compartido lo que ella consideraba su gran experiencia y sabiduría en aquel vagón de metro. Ni se planteó que sus ideas pudieran ser equivocadas. Manuela nunca supo quién era aquella joven contra la que había arremetido por su incómoda curiosidad, ni le importó ni volvió a pensar en ella nunca más.

Por el contrario, Mireia nunca olvidó a aquellas señoras. Las recordó siempre que sintió la necesidad de quejarse por quejarse, o de hablar mal de alguien o con alguien, o de tratar con impaciencia a su marido o a sus propios hijos, o de no valorar lo suficiente a su madre en el recuerdo, o a sus suegros en su vida cotidiana, o a cualquiera que se cruzara en su camino.

Mireia supo que no quería ser como ellas. Ellas habían elegido hacer de su día a día un infierno de problemas innecesarios. Prefería perdonarlas por vivir en la ignorancia emocional. Prefería no juzgarlas por no elegir valorar el simple hecho de estar vivas, y de hacer de su vidas, y la de quienes la rodeaban, lo más bonita posible.

Con más ganas que nunca Mireia afrontó el reto de iluminar con sonrisas cada momento, cada situación, por muy complicado que fuera.

Decidió no caer en el ostracismo ni en la negatividad. Decidió que la felicidad estaba en las pequeñas cosas, y que una palabra hermosa o un gesto agradable también eran felicidad. Se esforzaría porque así fuera.

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