Lo que queda por vivir

Mientras el reloj de la existencia

agita lenta e inexorablemente sus manecillas

mueves tus piezas por el tablero de la vida

con la vana e inevitable esperanza

de que el jaque mate de la Muerte

se aplace una jugada más…

¡Feliz martes!

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Aquí y ahora

“… La lección que me regaló Juan Luis es que somos el tiempo que nos queda. Y somos los responsables de ese tiempo. Mi reflexión personal es que nosotros elegimos qué hacemos con él, a quién y a qué lo dedicamos. La vida no admite demoras. El tiempo que disfrutamos con nuestros seres queridos, haciendo las cosas que nos gustan, no admite aplazamientos. Porque algún día ya no habrá tiempo. Si quiero aprender a tocar la guitarra, a dibujar, a bailar, a cantar, a lo que sea que me guste, tengo que empezar hoy. Si quiero ir al cine, a los bolos o de excursión con mis hijos, es hoy. Si quiero amar, es hoy que debo amar enamorada, loca y apasionadamente. Si quiero ser feliz, es hoy…”

Extraído de “13 Almas”

¡Feliz jueves!

Esta noche

“… Lo imposible es posible esta noche,

cree en mí

como yo creo en ti

esta noche…”

Una canción que me transporta a lo más profundo y hermoso del amor: la confianza.

La esencia de Smashing Pumpkins en su peculiares acordes, voz y letras.

El mensaje es claro… Cree en mí como yo creo en ti.

Amar no es más que dar el poder al otro de correspondernos y crear del mutuo amor la felicidad.

La trilogía de Nueva York

“… Pero las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido…”

Esta es una de las interesantes reflexiones que nos regala Paul Auster en el libro “Trilogía de Nueva York”. Se trata de una trama detectivesca que entrelaza tres historias aparentemente independientes con un enrevesado y sorprendente final.

En la lectura encontramos numerosas referencias al propio oficio de escribir, desde una perspectiva metafísica y posmoderna, que hacen partícipe al lector de un juego de suspense simbólico y con constantes giros inesperados.

No se trata de un libro fácil, dado que los guiños y paralelismos de los personajes y el suceder de los acontecimientos invitan a prestar una atención constante a los detalles.

Destacaría la agudeza intelectual del autor y las deliberaciones sobre la vida, la muerte y los avatares implícitos en el camino que las une desde la idiosincrasia de la biografía personal.

Muy recomendable para los lectores ávidos de enigmas metafilosóficos y de tramas de intriga elaboradas desde la complejidad.

Carta (viral) a mi optimismo

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A veces debo protegerme de mi propio optimismo.

De su entusiasmo,

de su ilusión,

de su amarga sinceridad

y su calidez emocional.

Porque la vida no siempre da lo que mereces,

porque siempre habrá malas personas,

porque el karma no existe

y, por mucho que lo desee,

lo mejor para los que más quiero,

incluso para mí misma,

no siempre llega.

A veces debo protegerme de mi propio optimismo

para no caer en la desilusión,

en el desencanto

y la desesperanza de la vida real.

A veces el optimismo intenso,

mi excesivo optimismo,

es mi propio enemigo…

Fotografía y texto de Sara de Miguel.

Poesía para Sara

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“Un deseo.

Dos abrazos.

Tres miradas.

Cuatro pasos.

Cinco emociones.

Seis sueños.

Siete caricias.

Ocho promesas.

Nueve besos.

Diez favores.

Once años

Doce poemas.”

Estas hermosas palabras me han dedicado dos niñas de once años. En ocasiones como esta me siento realmente orgullosa del calado de la poesía en los jóvenes. Me siento emocionada y feliz caminando entre la naturaleza más humana y especial del mundo.

Gracias a L y L por regalarme palabras llenas de cariño. Gracias por hacer sonreír a mi alma.

¡Feliz lunes!

Sara

Equilibrio

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Había una vez una anciana que vivía en las afueras de un pequeño pueblo, a los pies de una montaña. Vivía con su marido, un hombre muy mayor que cuidaba de ella, y recibían con frecuencia la visita de su gran familia, que ya contaba con siete hijos, sus parejas y sus más de veinte nietos, que vivían todos en el mismo pueblo.

Toda su familia la adoraba, porque a pesar de padecer muchas enfermedades, siempre sonreía y era amable y cariñosa con todo el mundo.

Por las tardes la anciana se sentaba en un banco de madera, bajo la sombra de un cerezo, y observaba la animada actividad de su familia más abajo, en sus casas del pueblo. A pesar de encontrarse cada vez más débil, y a pesar de las peticiones de sus seres queridos de que descansara en vez de esforzarse por ir hasta aquel ajado banco, se aferraba a esa costumbre.

Una tarde de otoño, con un tibio sol y hojas doradas que cubrían el suelo, el nieto más pequeño de la anciana, que apenas contaba con doce años, se acercó hasta el banco y se sentó junto a su abuela. La anciana le sonrió con amor y le cogió la mano. El joven se abrazó fuertemente a su abuela y le dijo:

“Abuela, aunque siempre estás muy enferma y mamá me ha dicho que no te tengo que molestar, quiero decirte que te quiero mucho porque eres la mejor abuela del mundo.”

La anciana sonrió con los ojos anegados en lágrimas de alegría. Entonces el pequeño le preguntó:

“¿Por qué siempre sonríes aunque estás tan enferma?”

Entonces la anciana le cogió las dos manos entre las suyas, le miró fijamente con ternura y le explicó:

“Te voy a contar un secreto. Es un secreto muy antiguo, pero creo que debes saberlo. Hay una Energía natural limitada en el mundo, de la que deriva un equilibrio de vida y muerte que mantiene estable esa energía. Hace cientos de millones de años hubo una época en la que los Dioses dieron a los humanos la capacidad de mantener el equilibrio de Energía, y podían elegir quienes podían vivir y quienes debían morir. Cuando un hombre o una mujer eran dignos de admiración por sus actos morales, se perpetuaba su existencia. A su vez, cuando un hombre o una mujer realizaba actos corruptos, enfermaban y morían. Las decisiones eran fáciles, ya que únicamente se consideraban poco éticos los comportamientos que intencionadamente dañaban a otras personas en beneficio propio.

Con el tiempo la definición de ética y moral se fue complicando. Las causas de los castigos de muerte generaban conflictos entre los humanos que debían decidir, y entre los propios Dioses a los que recurrían para asesorarse. Incluso hubo personas que se percataron de que si se comportaban en los límites de la moralidad, eran castigadas con enfermedades que no eran mortales, y aprovechaban esta circunstancia. Se comenzó a confundir la libertad de elegir los propios valores morales, con el libertinaje de hacer cualquier cosa que diera lugar a embarullo ético.

Entonces los Dioses decidieron quitar a los humanos el poder de mantener el equilibrio entre la vida y la muerte, el equilibrio de la naturaleza. Al no encontrar ningún criterio claro para poder ejercer su responsabilidad de mantener la Energía, decidieron que la enfermedad y la muerte serían aleatorias.

Desde entonces, así ha sido. La enfermedad y la muerte son aleatorias. No hay una causa, ni una responsabilidad, ni una justificación para ninguna de las dos. Las personas enferman y mueren aleatoriamente, sean buenas o malas. La única diferencia entre ambas reside en la paz de su conciencia al morir.

Por suerte, aún quedamos algunos descendientes de los primigenios humanos que podemos decidir sobre el equilibrio de la Energía. Pero somos muy pocos, y podemos afectar únicamente a las personas más cercanas.

Yo soy una de ellas. No puedo decidir quien vive o quien muere, pero puedo asumir las enfermedades las personas que quiero y que se portan bien. Para mi inmensa suerte, toda mi familia sois personas maravillosas, que os cuidáis unos a otros, y que os preocupa más el bienestar de vuestros seres amados que vuestro propio bienestar. Así que hasta que la muerte me llegue, hace mucho, mucho tiempo que decidí asumir todas vuestras enfermedades. Por eso siempre sonrío, porque sé que cada síntoma, cada dolor, cada pesar, cada cansancio o malestar físico, no es más que un síntoma, un dolor, un pesar, un cansancio y un malestar que no tenéis uno de vosotros. Sonrío porque soy feliz con vuestra felicidad.”

El joven, con una sonrisa llena de asombro y admiración, volvió a abrazar a su abuela, y repitió:

“Eres la mejor abuela del mundo.”

Extraído de “9 Principios y ningún final”

¡Feliz jueves!

Sara

3. Manuela

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Vaya mierda de mañana. Se había tenido que levantar a las ocho para recoger a su nieto de cinco años y llevarlo al colegio porque su hija era una inútil. Así de simple: una inútil. Se enamoró de un idiota, se casaron, tuvieron un hijo y luego el muy capullo se la pega con otra. Y en vez de solucionar las cosas, va y se separa. ¿Y quién paga la cagada? Ella, por supuesto. Igual que con su hijo, con treinta años y viviendo en casa. Tanto estudiar para trabajar en un restaurante y seguir estudiando. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo tenía que aguantar las malas decisiones de sus hijos? Manuela, a sus sesenta y cuatro años, se sentía frustrada y enfadada.

Se había casado joven, y había cuidado de su marido y de sus hijos maravillosamente. “Yo sí soy una mujer hecha y derecha”, eso se decía siempre a sí misma por haberse enfrentado a todas las dificultades que se le habían presentado. Su marido se había dado al alcohol y ella había aguantado todas sus movidas hasta que murió diez años atrás de un cáncer de hígado. Había dado una buena y cristiana educación a sus hijos, les había enseñado el buen camino. Y no había servido de nada. Eran los dos unos inútiles. No servían para nada. Habían tenido parejas que no valían un duro, trabajos de pena, con horarios de pena y salarios de pena. ¿Para eso tanto esfuerzo? Pues ahora ya le daba igual. Sabía que sus errores eran porque no le escuchaban, y ella siempre tenía razón. La situación actual se lo había demostrado. Ya avisó a su hija de que su marido no era de fiar desde el principio. Ningún hombre lo es. Son todos unos egoístas y desconsiderados. Y a su hijo también, ya le dijo que no estudiara una carrera, que era caro y ahora lo de tener carrera no servía para nada. Tenía que haber aceptado cuando su tío le ofreció trabajo en la fábrica. Pero él quería estudiar, y ahora tenía que limpiar su ropa y preparar su comida.

Vaya mierda de día. Encima tenía cita en el médico para revisar el azúcar y el colesterol, que los tenía por las nubes. Le habían mandado a hospital a un especialista para que le dijesen que tenía que comer y cómo. ¡Lo que le faltaba! Medicuchos a ella. Eran todos unos prepotentes y resabidos.

Al menos le acompañaba su vecina Juana, que ella sí que le entendía. También tenía tres hijos igual de idiotas que los suyos. Siempre con problemas por no escucharla, y la pobre Juana, como ella, teniendo que dar la cara por todos ellos.

Desde luego la maternidad había resultado ser toda una farsa. De eso mismo hablaban en el metro dirección a Trinitat Nova. Juana le daba la razón: porque en su época tocaba tener hijos y era lo que tenían que hacer, que si no, ninguna los hubiera tenido. Dedicarte a cambiar pañales, dar biberones, dormir mal, aguantar a maridos siempre insatisfechos que no colaboraban en nada. Y luego paga buenos colegios, uniformes, libros, instituto y un largo etcétera de obligaciones para llegar a esta edad y que ninguno te tenga en cuenta. Cada uno a su rollo, con sus historias, sin escuchar a sus sabias e inteligentes madres. Así les iba, lo tenían merecido.

Juana le contaba que había tenido que cuidar a sus dos nietos dos tardes esta semana, como si fuera una chacha gratuita. Y no es que no le gustara estar con sus nietos, si los nietos son lo más maravilloso del mundo, pero ya podrían preguntarle si le iba bien. De todas maneras, mejor así, que la semana anterior no se los habían llevado ningún día. Cómo si ella diera igual y no tuviera derecho a verlos. Desconsiderados.

“Ay, Juana, como te entiendo. Son unos egoístas como sus padres. Sólo piensan en ellos. Con la excusa de que no trabajamos parece que te tenemos que estar siempre a su disposición. ¡Y una mierda! Me va a oír mi hija esta tarde cuando me llame. Ya la voy a poner yo en su sitio. María tiene que dejar ese trabajo que tiene, que gana una miseria. Siempre está con lo de que el trabajo está muy mal y tal, pero eso son excusas. Quien busca, encuentra, seguro. Y hoy que Javi se busque la vida con la comida, no pienso llegar y ponerme a cocinar. Que se espabile. Y más le vale dejar la cocina bien limpita, que no soy la criada de nadie. Que la semana pasada hizo la cena él todas las noches y dejo porquería en un lado o en otro. Que no saben ni limpiar. Cuatro gritos buenos le pegué. ¡Y encima ni me contestó! Claro, ¿qué me va a decir?Que pasa muchas horas trabajando y muchas estudiando y está muy cansado. Si esa excusa ya me la conozco. Pero para irse de juerga por ahí está perfectamente. Que el mes pasado salió dos veces. ¿A quién se cree que engaña? Es que encima se creen que somos gilipollas.”

Juana asentía, gesticulando ante las quejas inacabables de Manuela. Si es que tenía razón. Siempre lo mismo. Así se reafirmaban mutuamente y se apoyaban en sus vidas amargadas por culpa de sus hijos.

“Vaya, eso digo yo. Que se creen que somos gilipollas. Y nosotras teniendo que aguantar esto. Que no digo que no haya que ayudarles, pero cuando nos vaya bien, que también tenemos nuestras cosas. ¿Tú te crees que alguno de mis hijos se preocupa por mi rodilla? Con lo que me duele. Y les da igual. La última vez que tuve revisión en el traumatólogo sólo me acompañó mi Juan, que las otras estaban muy ocupadas para pedir un día libre. ¿Qué te parece, eh? Pues eso, que encima como si lo nuestro no importara. Pero ya les dije yo que la próxima vez que haya que correr al hospital por el asma de Inés, ya correrán ellos, yo pienso pasar. En mi casa bien tranquila me voy a quedar. Y encima tendré que aguantar que me diga que soy una rencorosa y que hago un drama de todo. Pero es que se merecen su propia medicina. Que luego bien que me buscan cuando necesitan algo.”

Embarcadas en aquella competición por ver quién tenía los peores hijos, y aguantaban los peores agravios, pasaban las paradas del metro sin apenas considerar que el elevado volumen de su voz podía importunar al resto de pasajeros, en un vagón atestado de desconocidos.

En un momento dado Manuela se fijó en una joven que estaba justo junto a ella. Se agarraba con fuerza con el brazo izquierdo en la barra mientras intentaba quitarse un pañuelo negro del cuello. La joven les miraba curiosa. Subió el volumen de su voz para que le oyera.

“Mira Juana, mira la tía esta que nos mira. Es una descarada, cotilleando nuestra conversación. Seguro que es una de esas médicos prepotentes del hospital, de las que se lo saben todo y se creen con derecho a decirnos lo que tenemos y no tenemos que hacer. Hija mía tendría que ser, ya le iba a decir yo que las conversaciones ajenas no se escuchan, que es de mala educación. Pero claro, hoy día lo de la educación no se lleva, que ya podría apartarse un poco, que casi se me sienta encima. Seguro que es de esas que si están sentadas ni se levantan cuando ven a una persona mayor como nosotras. Que no digo yo que seamos viejas, eh.”

“Manuela, que no te enciendas, si no sirve de nada. Si eso te mueves un poco más hacia allí y que se tenga que quitar. Que vaya mala educación que hay hoy en día. Si ya les digo yo a mis hijos que eso lo tienen que enseñar desde pequeños a mis nietos. Que ahora con eso de nada de pegar ni gritarles ni nada a ver qué coño haces cuando se portan mal. Pues cuando no están bien firmes que los pongo. Alguien tiene que hacerlo para que no pasen cosas como esta. Que luego viene mi hijo y me dice que en mi casa se portan fatal y se suben por los sofás y hacen lo que les da la gana. Pero claro, no les pegues ni les grites. ¡Anda ya! Pues que hagan lo que quieran. Que yo ya eduqué a los míos. Ahora soy abuela y estoy para malcriarlos. Que también me lo echan en cara, eh. No te vayas a pensar que me agradecen algo. El otro día, sin ir más lejos, voy y les compro unos teléfonos móviles de estos baratos que tienen juegos, que así están entretenidos y no me dan guerra. Y va y se enfada. Que ya te digo yo, que hagas lo que hagas no sirve de nada.”

La joven, incómoda ante el ataque verbal de la señora, se desplaza unos centímetros hacia atrás. Es todo lo que se puede mover sin acabar encima de ningún otro pasajero. Mira alternativamente hacia el panel informativo y las mujeres que continúan con su retahíla de quejas.

Manuela y Juana mantienen el volumen elevado de su voz. Su conversación pasa del descontento con sus hijos, al disgusto con otros vecinos, al malestar por las enfermedades, tratamientos y terapeutas en general. Poco después pasan a protestar por los precios de la fruta en el mercado, y por el trato que reciben de los tenderos del supermercado de la esquina de su casa.

Poco antes de llegar a la parada de Vall d´Hebrón, se levantan de sus asientos y, entre empujones poco sutiles, se sitúan frente a la puerta.

Justo detrás de ellas se coloca la joven, cuidadosamente, para evitar siquiera rozarlas con el agitado vaivén del vagón del metro.

Manuela se gira para comprobar que no se dejan nada en los asientos, la ve. Indiscreta y retadora se la queda mirando y prosigue sus reiterados reproches contra ella, contra la humanidad en general, en toda una disertación política y filosófica digna de estudio:

“Lo que yo te diga. Que el mundo se va a la mierda y nosotras aguantando. Si es que esto con Franco no pasaba. La juventud de hoy en día tendría que comerse una buena dictadura como hicimos nosotras. Así verías tú que pronto se les quitaban las tonterías. Que cuando yo era joven como no me comportara como mi padre quería, una buena bofetada y ya se te quitaban las ganas de hacer el gilipollas. Si es que al final tenía razón. Lo hacía por mi bien. Mira que en gran persona me he convertido y todo lo que he logrado. Lástima que sea tarde, sino buenas bofetadas les hubiera dado a los míos en su momento y la de mierda que me habría ahorrado.”

La joven la miró estupefacta. No sólo ella: muchas personas del vagón se giraron ante semejantes afirmaciones. Mientras los pasajeros bajaban en la parada, entre ellos Manuela, Juana y la joven, se inició un espontáneo debate sobre la política, la educación y la cultura.

Manuela no lo supo nunca, pero generó un gran rechazo en la mayoría de pasajeros con los que había compartido lo que ella consideraba su gran experiencia y sabiduría.

Manuela tampoco supo nunca quién era ni por qué viajaba aquella joven, Mireia, en su mismo vagón de metro, a la misma hora. Lo cierto es que tampoco le importó ni volvió a pensar en ella nunca más. Tenía demasiadas preocupaciones y demasiadas situaciones que solucionar a su manera en la cabeza, como para dar cabida a una desconocida entrometida.

Fotografía y texto de Sara de Miguel

¡Feliz lunes!

Ahora ya no estás…

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… No sé cuándo empecé a perderme, pero me perdí. Hasta entonces vivimos una felicidad que rozaba la perfección. Creo que es cuando empezaste a trabajar de maestra: ganabas más dinero que yo, y eso me hacía sentir humillado. Y empecé a trabajar más horas en la empresa, sólo por orgullo, porque me han educado así. El hombre tiene que mantener a la familia. Y yo trabajaba más y más horas, y ganaba más y más dinero. Me sentía poderoso. Y me pedías que no trabajara tanto, que no nos hacía falta, y te ibas distanciando, y yo pensé que era envidia porque tu marido sin estudios ganaba más que tú. Y en esa, a veces sutil, a veces demoledora, distancia, yo salía más con los amigos, recibía palmaditas en la espalda mientras pagaba las copas, y miraba otras mujeres. Y de vez en cuando alguna me miraba a mí, y, bueno, la carne es débil. Y cada vez te notaba más fría, más exigente, más enfadada.

Y luego vino el cáncer, y yo ni me lo creí. Pensaba que sería algo pasajero, que a ti no podía pasarte nada. Eras joven, eras dura como el diamante. Tú eras la eterna luchadora que trabajabas, te encargabas de la casa, de los niños y de mí, y de todo el mundo que te necesitara. Siempre tenías energías para todo y para todos. Ni siquiera fui capaz de estar a tu lado cuando llorabas, porque no sabía ni qué decir.

Ahora ya no estás.

A veces tengo que repetírmelo muchas veces para creerme que de verdad no estás.

Y ahora, cuando ya no estás y ya no puedo cambiar nada, me doy cuenta de lo imbécil que he sido. Eras la mujer más maravillosa e increíble del mundo. Cuando me pedías que no trabajara tanto, tenías razón, no necesitábamos tanto dinero. Ahora tengo una cuenta llena de dinero que no puedo compartir contigo. Me sorprendo cada día pensando en qué te regalaría, dónde te llevaría… todas esas cosas que no te regalé, todos esos lugares a los que no te llevé. Y sobretodo, que ahora ya dan igual esos regalos y esos lugares, lo importante es todo ese tiempo que desperdicié de estar a tu lado. Ese tiempo a tu lado era el mejor regalo de mi vida. Ahora ya no estás, ya no puedo recuperarlo.

Ahora entiendo tu distancia, tu frialdad, tus enfados. Mis ausencias, mis historias con otras, mi indiferencia. Cuántas noches de sexo frío con mujeres que no eran ni la mitad de bellas, ni de apasionadas que tú, habré tenido. Y jamás ninguna me ha dado tu cariño ni tu complicidad. Jamás ninguna mujer me ha mirado como tú lo hacías. Dios mío, Dios mío, lo que daría por volver a sentir tu mirada de enamorada. Lo que daría por oír tu risa. Lo que daría por volver a sentir tu pequeños pies fríos en la cama. En vez de decirte que te quitaras, me arrastraría a besar cada uno de tus deditos, los pondría entre mis manos y te daría todo el calor que no te he dado. Te tendría que haber amado hasta en los defectos, porque tus defectos no fueron más que consecuencia de los míos.

Ahora sé que mientras estabas enferma, no tenía que decirte nada, sólo tenía que haber estado ahí contigo, para ti. Llorar contigo si hacía falta. Ahora lo sé, porque no hay nada que me puedan decir que me alivie este dolor de haberte perdido. Ahora sí que lloro, tanto que a veces no recuerdo cuando he empezado. Y lo peor es saber que no te perdí cuando moriste, te perdí mucho antes, por amarme a mí más que a ti. Por ser egoísta. Por no entender que amar es, sencillamente, dar amor.

Ahora vivo obsesionado pensando en la vida que te di, llena de vacíos, de engaños, de orgullo. Cuántas veces cambiaría las cosas, cuántas veces te pediría perdón infinito. Ahora vivo obsesionado pensando en cómo hubiera sido nuestra vida si te hubiese cuidado, respetado y valorado como tú lo hacías conmigo. Cuántas cosas bonitas te diría que no dije. Hubieras muerto igual, pero llena de otros recuerdos más hermosos, casi tan hermosos como tú. Llena de la felicidad que sólo da sentirse amada. Llena de un yo que yo no he sido. Ahora estoy muerto en vida, obsesionado, pensando que tuve tantas oportunidades de hacerte feliz, tuve tantas oportunidades de hacernos felices, y no lo hice…

Ahora ya no estás. Ahora ya no estás. Ahora ya no estás…”

Extraído de mi libro “13 Almas”, triste y hermosa carta de despedida tras el fallecimiento de una bella persona. Palabras emocionadas y emocionantes, para una reflexión nada baladí.

¡Feliz martes!

Sara