Desolación

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Tu ausencia

es la desolación de mi alma.

Es el vacío de mi mundo

y la tristeza de la llama que se extingue

en la vigilia de tu partida…

 

En memoria de una persona muy especial.

Tu familia te añora y te lleva siempre en el corazón…

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En un latido

En un latido todo empieza. En un latido todo acaba.

Como si de un escenario apocalíptico se tratara

dejo que música extraña inquiete mi alma

y que las emociones negativas…

la tristeza,

la ira,

el malestar,

la vergüenza

y el odio

me arranquen el sentido común

y me conviertan en un zombie

que sólo ansíe

alimentarse de la dulce sangre

de los corazones puros.

Si todavía queda alguno…

Ojalá quede alguno…

Lo desea quien quiso ser poeta sin sentimiento alguno…

 

 

 

Confesiones de un bastardo

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La ópera prima de Maximilian Sinn te atrapa y hurga en tu pecho hasta hacerlo suyo en fuertes y hermosas palabras.

Un poemario con carácter contemporáneo basado en sentimientos clásicos y bastamente humanos.

Sus metáforas militares se entremezclan con alegorías a los astros en un conjunto equilibrado que te ataca y te acaricia vulnerando toda defensa emocional.

En “Confesiones de un bastardo” el autor, el hombre, el poeta, te cuenta su historia, y te deja con ganas de más.

Una lectura obligada para los amantes de la poesía.

¡Feliz viernes!

Sara de Miguel

Palabras que corren por mis venas

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Ay, Amor. Me has llamado y no te lo he cogido.

No es la primera vez que lo hago,

es porque a veces no puedo hablar:

tengo un poema, o un problema, 

atravesado en la garganta.

No sé cómo explicarte esto.

Te mereces entenderme, cuando ni yo misma me entiendo.

Es porque tengo un secreto. Ahora será también tu secreto.

Shhhh, léelo en voz baja y no se lo cuentes a nadie.

La gente normal podría pensar que estoy loca.

Tranquilo, no lo estoy. Sólo soy escritora.

Sangro y escribo. 

Extraña es la vida del escritor

que destila letras en el mecanismo de su cuerpo.

Sangro y escribo.

Letras que se arremolinan en mi cabeza,

que la llenan como un embalse

y se derraman por mis venas hasta la punta de mis dedos.

Palabras sangradas a borbotones 

por cada una de mis heridas.

A veces son historias de batallas perdidas.

Otras, en cambio, exaltación de alegría.

Pero siempre, siempre,

tienen un poco de tristeza y de melancolía.

La inspiración es un fantasma etéreo

que me persigue, me acosa y me empuja

al abismo de mis terrores más profundos.

Me lleva de la mano, suavemente,

por senderos de paisajes hermosos

que se clavan en mis ojos.

Me tumbo en la luna mirando el césped.

Dejo que me arrastre a todas partes,

y en ninguna permanezco.

Vuelo, viajo. Vivo y sonrío.

Añoro y lloro por lugares que no conozco.

Ay, Amor.

Puedo ver estrellas en el brillo de tus ojos,

o monstruos en la comisura de tu boca.

Puedo sentir la paz más infinita

en los recovecos de tu cuerpo,

o dolerme en cada una de tus ausencias.

Puedo oír el café que preparas por las mañanas,

que me aleja de cualquier pesadilla.

Puedo hundirme en los infiernos

de la miel que ahoga mi boca

como brea envenenada.

Puedo hacerlo todo

según me despachan las palabras,

en tu refugio o en mi averno.

Despierto en plena noche, insomne de emociones

que me arrebatan el sueño.

Sueño que no es más que la metáfora

de la muerte de mi organismo, pero no de mi cerebro,

que sigue, persiste, creando y creando más frases

que me desvelan hasta que las vuelvo a sangrar

en papeles en blanco, en pantallazos austeros

de música literaria en silencio.

Bailo canciones olvidadas, que me mecen en cada compás,

que me hurgan como si fuera su pentagrama de notas perdidas,

como si yo tuviera que encontrarlas.

Me las acercan las manos de Paco de Lucía,

en el Adagio del Concierto de Aranjuez.

Acordes aciagos de guitarra 

que me susurran nanas de la nada, para la nada.

Lágrimas y más lágrimas. Palabras y más palabras.

Me ducho y no escucho el caer del agua,

no siento como se deslizan las gotas por mi piel.

Sólo el rumor de historias inacabadas danzando en mi mente.

Tormenta eterna, quizá tormento.

Rayos y centellas que no cesan.

Podría ser un castigo o un consuelo.

Sentada en el frío suelo mientras se empapa mi alma,

cojo un bolígrafo y las escribo por todo mi cuerpo,

porque siento que si no lo hago reviento.

Cuando me seco, con la tibia toalla cubriendo las marcas,

ya no queda nada.

Todo, tal como vino, se ha ido.

Con cada párrafo que despunta necesito otro que llene el vacío.

Engullo alimento pero no lo digiero,

sólo se transforma en más vocablos que abarrotan mi esencia.

Se juntan y amontonan. 

Me llenan y crezco, y crezco como Alicia

cuando bebió de la botella.

Y sangro más palabras.

Y agonizo como Blancanieves cuando mordió la manzana.

Burlas de cuentos de hadas que hacen de mi vida

una continua historia ya contada.

Por la tarde, perdida en la soledad de mi estudio,

acompañada por el desconsolado teclado y la cansada pluma,

me gustaría fumarme un cigarro y beberme un whisky.

Dejar que el humo invada mis pulmones y exhalar aire enrarecido.

Paladear malta fermentada que me arda en la garganta,

que inmole a fogonazos mis papilas y los sabores que percibo.

Sentirme humana, sentir que siento algo,

lo que sea, algo más que palabras.

Creo que muero. Tanto sangrado no puede ser bueno.

Pero me niego a hacerme un torniquete

que impida que sea lo que soy: un libro en movimiento.

Un libro etéreo, eterno, que no cesa.

Mil historias atormentando mi entrañas,

como si fueran alimañas

que respiran mi oxígeno y arrasan mi calma.

Me imagino que me encontrarías

moribunda en el suelo, inerte,

con los ojos fijos en el techo,

donde ninguna palabra azote mi pecho.

Tus alaridos, mi Amor,

resonarían en una partitura nunca escrita,

gritos en brete, entre el pánico y la desesperanza.

Las sirenas de la ambulancia alertarían a los vecinos

que, extrañados, preguntarían qué sucede

a la vecina callada, ausente, diferente, de la casa de al lado.

Ya en el hospital algún médico valiente detectaría los síntomas,

y sin vacilación me diagnosticaría hemorragia verbal.

Tratamiento: que le transfundan más letras.

Conectada a las máquinas se volvería a oír

el eco de mi corazón latiendo poemas.

Y mi ente falleciente resucitaría

para seguir creando relatos llenos de imaginarías vidas.

Vidas que no son la mía, vidas que atracan

en el puerto de mi consciencia sin que yo pueda hacer nada.

Y las acojo en mi seno, y les doy calor y las cuido.

Las acuno y las duermo. Crecen entre mis manos,

y cuando ya no me caben en ningún rincón,

apesumbrada, las derramo con tinta con un triste adiós en la mirada.

Después cualquiera me dirá que me ve más delgada,

quizá no comprenda que pierdo kilos a cada palabra.

Que mis ojeras son el reflejo de mi pesar,

y mi sonrisa el retrato de horas perdidas

frente a frente con la inspiración y la ambición

de quien, siendo escritora, ser más humana ansía.

Que mis desvelos no tienen cabida

en un karma que sólo escribir me equilibra.

No será hoy.

Al acabar esta misiva, este misil a tu sentido de la cordura,

simplemente voy a volver a mi lúgubre aposento

lleno de sombras de novelas leídas,

de poemarios que retratan mi misma adicción.

Aluvión de autores, 

tromba inacabable de relatos que evidencian mi misma perdición.

Y me consuela pensar que hay otros,

que siempre los ha habido, que siempre los habrá.

Otros que se deslizan por los días acongojados y superados

por la necesidad de sangrar palabras por los dedos de las manos.

Pudiera ser que algún día coincidiera con otro,

con uno como yo, con otro escritor.

Pudiera ser que me sintiera comprendida.

Pudiera ser que no me sintiera tan sola

en mi mundo de amalgamas de sentimientos

que necesitan ser vocablo, que lo ambicionan a toda costa

a cargo de mis horas, a cargo de mis días.

Al llegar al ocaso, todavía con este secreto no compartido,

carcomida por la incertidumbre de la complicidad que nos une,

comprendo que no conoceré a ninguno.

Pues, al igual que yo misma, los otros escritores

andarán escondidos en sus madrigueras de lances salvajes,

lejos del mundanal ruido de la vida cotidiana

de quienes no sienten como corren por sus venas

cada letra, cada aventura, cada verdad, cada mentira, cada historia

que necesita un cuerpo que la cobije y le dé la vida,

cual hijo parido, cual recién nacido que precisa amor y cariño.

¿Somos asilo de otras vidas o personas truncadas, pendiendo de un hilo?

Llegada la noche, me hundiré en mi cama,

absorta de nuevo en más versos y baladas.

Sentiré, una vez más, la fiebre que enarbola mis mejillas,

los tumores que corroen mis huesos 

de las hazañas no escritas guardadas muy adentro.

Volveré a enfermar de un afecto imposible, impasible, baldío.

Ay, Amor.

Sólo deseo que tú sigas abrazado a mi costado, sempiterno amante,

aunque no comprendas mis delirios, amando cada uno de mis defectos.

Amando hasta cada una de esas palabras que roban el elixir de mis arterias y tu precioso tiempo.

Qué bello es como me amas. Qué sarcasmo: 

no me cabe tu amor en mis palabras.

No puedo evitarlo: me declaro en estado de escritura permanente.

Aunque me cueste la vida.

Qué mejor muerte que en mi lecho de poesías sombrías,

de poemas insanos e insensatos.

Cómo si fuera una valiente,

ante las hojas de papel en blanco que a mi alrededor se hacinan.

Como Don Quijote ante los molinos que le retan.

Busco mi Dulcinea en una frase perfecta que quizá no exista.

Sino advenedizo el mío, luchando sin espada, y sin escudo,

desnuda frente a mí misma en un espejo

que sólo refleja mi desventurada cruzada.

Ay, mi Amor,

no temas, que acaso no muera.

De versos no muere nadie.

Además mis letras tendrían que buscar

otras manos que puedan sangrarlas sin miedo,

y ya somos viejas conocidas.

No puedo dejarlas huérfanas,

no puedo dejar su vida en otras manos que no sean las mías.

Quizá no quiera morir, ni dejar de escribir.

Quizá sólo quiera dejar de sentirme intranquila,

avasallada por mil millones de palabras 

que no me caben en la cabeza,

que respirar ya no me dejan.

Que el aliento que supone que sean mías,

es el mismo que me lo quita.

Irónica agonía, decisión extraña la que me acompaña día a día.

Quizá yo misma no sea más que la historia de otro escritor

que le arrollan sus palabras y así lo relata.

Corren por sus venas las palabras de mi existencia.

Las escribe, y las sangra.

Entre ternura y asperezas.

Entre amargura y sonriente complacencia.

Igual que yo hago con las mías.

Sangro y escribo.

Me desangro en cada renglón.

En escribir se me va la vida.

Hermosa biografía, la de crear con la imaginación

aquello que nadie más siente, que sólo yo puedo dar,

pues de cada poro de mi piel surge no sudoración, sino palabrería.

Sangro y escribo.

Ahora, mañana, siempre,

hasta que la última letra

se lleve consigo la última gota de mi vida,

mi última emoción, mi último suspiro.

Dejaré que el escritor de mis hazañas

decida cual será mi muerte, 

tentada por este destino de fallecimiento entre palabras.

Si es así, creo que, finalmente, me sentiré bendecida.

Tú decides, mi Amor,

si me acompañas en esta extraordinaria gesta.

Tuya siempre,

La autora.

Fotografía y texto de Sara de Miguel

Encerrado en tu ausencia

torreon

Y dices que eres humana,

cuando al inhalar el perfume que desprendes

quedo sin aliento.

Eres un indómito paraje de belleza

exento de fruslería.

Hechizado me hallo

pues alojada tu brujería en mi seno

me encierra tu ausencia

en torres imposibles de derrocar.

Efímero alijo de calor

cuando tus ojos absortos

atisban el horizonte

y me señalan inocentes

el sendero que conduce

a mi triste y austera alma,

en firme reyerta

por abandonar toda atalaya

y alcanzar el singular

clamor de tu sonrisa

que el mar divisa

cual faro en la tormenta.

Eres el amor imposible,

la pasión desalojada de mi lecho,

la emoción deshojada de mi pecho.

Me desairo y resplandezco en mi osadía

de reclamarte como mía

cuando sólo a ti te perteneces,

cuando sólo perteneces a la vida misma.

Y no puedo poseerte,

poseer la mayor de las riquezas,

en mi mortalidad e indolencia.

Lloro tu ausencia

aún sabiendo que rompe

el cielo de mis entrañas,

embravece el mar de mi alma

y arde en fuego mi corazón.

Quedo encerrado en mi torreón

de miseria, tristeza y desasosiego

por no tenerte cerca,

por no sentirte aquí,

a mi lado.

Inconcebible pesadumbre

que por no tenerte

encerrado de pena mi esencia desfallece…

¡Feliz miércoles!

Poema y Fotografía de Sara de Miguel

Precipio

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Y entonces regresa como cada año la fecha señalada en el calendario.

Vuelve cual tormenta, o tormento, a recordarte que ya no está a tu lado.

Te envuelve poco a poco en las neblinas de su ausencia

te rompe de nuevo en mil pedazos y pierdes la cordura.

Una mano apresa tu corazón herido, destroza tu alma

y no hay palabras para describir la angustia que te atenaza.

Caminas cual etéreo fantasma en un mundo que ya no es el tuyo

recordando cada momento, con recuerdos desdibujados por el tiempo.

Deseas más que nada recuperar su esencia, su olor, su tacto.

Y nada, absolutamente nada, puede aliviar tu tristeza

curar la sangría de pesar, ira e incomprensión por su pérdida.

El nudo complejo de tu pecho te sustrae de tus rutinas

te convierte en su presa, te atrapa en sus redes invisibles e infinitas

te retrae a aquel tenebroso día en que cualquier amanecer se convirtió en tinieblas.

Atrapado en un búnker en medio de la nada,

a kilómetros de distancia de todas las personas que te rodean

porque nadie, ni en su más ilimitada misericordia, puede aliviar semejante tortura.

Y entonces llega el ocaso, y con él se desvanecen los números que te afligen

pero nunca volverá a ser el mismo, ni aunque quisieras.

Y cada día te asomarás al precipicio para mirar a los ojos con auténtico quebranto

a la muerte que se llevo a tu persona amada.

 

Dedicado a todas las personas que han perdido a una persona importante, irremplazable e inolvidable.

Fotografía y texto de Sara de Miguel.

 

Odiarte así

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Odiarte así,

tanto y tan dolorosamente

que ya no me caben

remiendos en las heridas.

Me despedazo

cual muñeco de trapo

por no abrirme en canal

y sangrar por las venas

los gritos ahogados en lágrimas

o las súplicas ante tus ausencias.

Odiarte así

porque el sufrimiento

supera cualquier recuerdo bonito.

Porque ya no puedo soportar

los miedos ni las mentiras.

Qué triste odiarte así,

tan intensamente,

después de tanto esfuerzo

y tantas penas,

después de tanto tiempo perdido.

Odiarte así

porque ya no puedo amarte

de ninguna manera.

Ojalá la vida te trate bien

que a mí ya no me quedan fuerzas

ni esperanzas.

Ya no me queda afecto

que tú, pequeña traidora,

no hayas consumido

en esta pesarosa condena.

Odiarte así

y dejar morir

todo el amor vivido.

¡Feliz jueves!

Fotografía y poema de Sara de Miguel

Aciaga despedida

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En la letanía de este atardecer solo el vetusto silencio de la despedida me acompaña.

Sé que estás cansado y deseas caer en los cálidos brazos de Morfeo.

Mis emociones te sobran. Son un pesado fardo en tus párpados.

Ahora dormitarás cual bebé neonato,

incapaz de rememorar que instantes antes del alumbramiento habitaba en otro cuerpo.

Mientras yo busco en mi regazo el tibio último ósculo de nuestro afecto desorientado.

Quisiera conocer las causas de la derrota,

que me sacuden como si fuera un bajel a la deriva.

Las heridas del corazón siempre sangran a borbotones,

dejando un oscuro y triste borrón en la historia. En esta historia.

En la historia de todas las historias: la nuestra.

Es tarde para compadecerse porque nuestro cariño se malograse.

Es tarde para arrepentirse de las palabras de amor consabidas y no mencionadas.

Ya no puedo ofrecer el entusiasmo del viajero que descubre un nuevo mundo,

un nuevo y deslumbrante camino que le hechiza y le cautiva,

como fue descubrir cada uno de tus rincones hermosos y coloridos .

Ya no puedo luchar en guerras dialécticas habiendo perdido todas las batallas.

No queda esperanza para esta alma impía de pasión y adulación por ti.

Embelesada por tu reino de frialdad emocional he desfallecido en las heladas.

Y todo cuando aún creía haber conquistado al soberano,  por un efímero momento de

miradas cruzadas mientras nuestros cuerpos ardientes se entrelazaban.

No puedo llorarte más.

No quiero seguir ahondando en mis vacíos. Los que tú has dejado.

Absorta en un recuerdo fugaz de felicidad renuncio a todo.

Volveré a empezar mi camino,

este camino empedrado que me tuerce los tobillos

al intentar mostrarme firme ante tamaña adversidad: olvidarte.

Cuando finalice prometo no molestar.

Me habré encontrado a mi misma

y ya no necesitaré tus manos como mi brújula incrustada de futuros infinitos.

Cierro los ojos y declaro en estado de cuarentena permanente mi romanticismo

porque sin ti no tiene sentido.

Por favor, no vuelvas a dolerme.

No vuelvas con palabras urgentes como manos de cirujano torácico en una operación a vida

o muerte.

No has sabido alentar mis latidos.

No me robes más que bastante difícil es mantener el aire circulando en mi cuerpo

sin que se me acabe la vida en esta aciaga despedida.

¡Feliz martes de poesía!

Sara

El tiempo y el mundo

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– ¡Eres una hermana para mí! ¡Te quiero! 

– ¡Tú para mí también! ¡Estaremos siempre juntas!

Esas fueron las declaraciones de amor y promesas de dos amigas en su inocente infancia. Como tantas y tantas declaraciones de amor y promesas que hacen las amistades o las parejas  a lo largo de su vida, esperaban poder cumplirlas.

Pasaron los años y las experiencias. Pasó el tiempo y giró el mundo muchas veces. Ellas continuaron siendo amigas. Como hermanas. Había épocas que se escribían, llamaban y veían más, y épocas en las que las circunstancias las mantenía a una prudente distancia. No estaban juntas, pero tampoco demasiado lejos. Se preocupaban la una de la otra. Se respetaban y apoyaban. La sinceridad y el cariño siempre fue su bandera. Tenían hasta su propia banda sonora.

Un día amaneció marcado por el dedo señalador de la desconfianza y el malestar. Ninguna de las dos supo explicar qué había sucedido, pero ya no se sentían hermanas. Quizá fue el paso inexorable del tiempo que nos cambia y cambia nuestras relaciones. Quizá fue el girar del mundo que en ocasiones nos sitúa en lugares muy lejanos de las personas que amamos, aunque vivan a pocos minutos.

En el atardecer que las acercaba a los cuarenta años, una de ellas supo que por fin iba a ser mamá. La misma semana la otra sufrió un accidente con expectativas limitadas de vida. Pensaron la una en la otra: las dos noticias eran demasiado importantes como para no compartirlas. Pero había pasado el tiempo y había girado el mundo, tanto que se sentían mareadas y perdidas. Ninguna hizo nada.

El día que una daba a luz un precioso bebé que tenía todo el tiempo y el mundo en sus manos, la otra moría en un lecho de tristeza y silencio acompañada de su familia, pero sin su hermana de corazón.

La emocionada mamá al día siguiente llamó a su amiga, su hermana, la persona a quien siempre había amado y que añoraba. Nadie contestó su llamada.

Elige bien a qué y a quién dedicas tu tiempo, y con quién compartes tu mundo. 

Porque el tiempo sigue su curso. Porque el mundo sigue girando.

 

¡Feliz semana!

Sara

La chispa adecuada

 

“… No sé distinguir entre besos y raìces,
no sé distinguir lo complicado de lo simple.
Y ahora estás en mi lista de promesas a olvidar,
todo arde si le aplicas la chispa adecuada…”

Una canción extraordinaria de Héroes del Silencio, liderados por Enrique Bunbury, que actualmente sigue su carrera en solitario.

Para mí es una canción especial por dos motivos muy diferentes. El primero porque me recuerda una adolescencia marcada por las letras y los acordes provocadores e incitantes de este grupo. El segundo porque me despierta el dolor y el vacío de la pérdida de un ser querido para una persona importante para mí. Es una canción que despierta emociones ambivalentes complicados, entre la excitación y la tristeza. Es bonito sentir, aunque a veces no tengamos claro que sentimos ni exactamente por qué. Es bonito percibir que tu cuerpo, mente y alma se activan ante el mero hecho de escuchar música.

¡Disfrutadla y feliz miércoles!

Sara