Se felicita en público y se corrige en privado

“¿Conoces a alguien que no se queje nunca? ¿Has pasado más de una semana (quien dice una semana dice un día o un par de horas) sin criticar a alguien o alguna de sus acciones? Estoy segura de que no. Vivimos en una sociedad inmersa en la cultura de la crítica y la queja. Nos quejamos de todo y lo criticamos todo. A todas horas, vayas donde vayas, estés con quien estés, escuchas a alguien quejarse o criticar algo. Está aceptado socialmente quejarse y criticar, sin embargo no nos gusta ser el objeto de crítica o queja, ni nos parece bien que se nos quejen o que nos critiquen. Un poco contradictorio, ¿no crees?

Criticar y quejarse está genial, pero en su justa medida y con intención constructiva o de mejora. Y te ofrezco la posibilidad de que valores que recibir críticas y quejas no sólo es necesario, sino que es imprescindible en tu vida. Una pequeña reflexión: si nunca nadie se quejara de nada, ni criticara nada, hay muchos cambios que no se producirían. Las quejas y las críticas entendidas de una manera constructiva son motores de evaluación, de cambio y de aprendizaje a todos los niveles (tanto de evolución histórica, política y cultural, como a nivel personal).

Esto no significa que valga QUEJARSE Y CRITICARLO TODO sin ton ni son. Lo importante es saber qué criticamos, a quién dirigimos la crítica, en qué momento y lugar, y, sobretodo, con qué objetivo. Criticar por criticar, o quejarse por quejarse, puede servir de desahogo, pero poco más. Y es un desahogo que debes saber que genera HUELLAS DE MEMORIA EMOCIONALES NEGATIVAS, así que tampoco es que te favorezca su uso generalizado, a no ser que desees ir activando tus huellas de memoria emocionales negativas todo el tiempo hacia todo el mundo y todo lo que ocurre.”

Criticar o corregir en público genera emociones negativas tanto en la persona que recibe la crítica o la queja, como en las personas que os rodean en ese momento. Sin embargo, tener la paciencia necesaria para aceptar la situación, dejar que la emoción negativa que genera tu crítica o queja disminuya en intensidad, y ser capaz de aplazarla hasta el momento adecuado (en la intimidad), facilita que puedas expresarla mejor y que la persona receptora de la misma la acepte con más sosiego que en público.

Por otra parte se nos han olvidado los mimos, la comunicación en positivo, los refuerzos y la expresión de agradecimiento y de cariño, que son parte fundamental de la relación con los demás, y no sólo en privado, sino también en público.

Cuando somos niños pequeños nuestros padres nos insisten en que demos las gracias cuando recibimos algo (sea material o sea un gesto). Dar las gracias es expresar gratitud, agradecimiento o apreciación por el reconocimiento de un beneficio que se recibe o recibirá, sea del tipo que sea. A medida que crecemos nos acostumbramos a que dar las gracias no es necesario, se da por supuesto. Y no deberíamos dar nada por supuesto.

Seguro que te encanta que te agradezcan las cosas que haces por otras personas, y seguro que a esas personas también les encantaría recibir tu agradecimiento cada vez que hacen algo por ti. No es lo mismo dar por supuesto que tener la certeza. No es lo mismo que te pases días preparando una sorpresa para un ser querido, y suponer que te lo agradece, que que te diga con su propias palabras “Gracias por esto que has hecho por mí”. Tampoco es lo mismo esforzarse en hacer todas las obligaciones diarias lo mejor posible, a que alguna de nuestras personas más cercanas nos digan lo bien que lo hacemos o lo mucho que nos esforzamos.

De eso trata: de aprender a DAR LAS GRACIAS y a HACER MIMITOS COMUNICATIVOS, conductas que los adultos tendemos a dar por supuestas y que no sólo son agradables, sino que son muy necesarias para sentirnos bien con nosotros mismos, así como para que los demás se sientan cómodos a nuestro lado. Y si lo hacemos en público mejor que mejor. A todos nos gusta que nos reconozcan en privado, y más delante de otras personas, que tenemos grandes virtudes, hacemos cosas bien, tenemos atributos físicos, psicológicos y emocionales dignos de elogio. Todo ello genera HUELLAS DE MEMORIA EMOCIONALES POSITIVAS en nosotros mismos y en los demás.

El gran aprendizaje sería que hay que criticar y quejarse cuando sea necesario, pero en el momento adecuado y dirigido a la persona adecuada con las palabras adecuadas, y hay que saber agradecer y cuidar con palabras positivas siempre que se pueda. Disfrutemos de esta manera de la vida y de las personas que nos rodean, y hagamos de nuestras relaciones un mundo mejor.

Extraído de “¿Es el enemigo? La eficacia de comunicarte” de Sara de Miguel.

¡Feliz lunes!

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4. El metro

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Mireia llegó a Barcelona con sueño. Salió del avión con cuidado de no coincidir con el dulce joven que se le había declarado. No le gustaba generar emociones negativas en los demás, y menos cuando él se había atrevido a ser sincero con ella.

Bajo hasta la parada del Aerobús. Tomó el transporte y se apeó en Plaza España. Paró a desayunar en una cafetería que acababa de abrir. A pesar de que por los nervios no tenía mucha hambre, pidió un zumo y medio bocadillo, y se obligó a terminarlos. Desayunó tranquila, tenía tiempo de sobra para su cita. Había cogido el primer vuelo de la mañana porque era económico, y con tres hijos la economía a veces era complicada.

Llamó a Jan para cerciorarse de que todo marchaba bien en casa. Jan le aseguró que estaban a punto de salir hacia el colegio y que sus tres hijos estaban maravillosamente. Mireia sonreía con sólo escuchar sus voces al teléfono. Finalizó la llamada con un “¡Qué tengáis un buen día!” entusiasta y cariñoso.

Mientras se deleitaba en el último sorbo de su café se fijó en cómo despertaba la ciudad, y con ella sus ciudadanos. A través de la amplia cristalera vió pasar cientos de personas que supuso que, ese día tan diferente e importante para ella, los demás simplemente continuaban con sus rutinas, esas que te proporcionan seguridad en la vida cotidiana.

Después se dirigió al metro. Sacó su tarjeta de diez pases, que había adquirido en el viaje anterior con Jan para economizar los traslados, y paso por la puerta. Tardó casi un cuarto de hora caminando en llegar al andén. Allí se quitó la chaqueta. Le costaba comprender como los demás no se estaban asfixiando con el calor extraordinario que hacía allí abajo. La diferencia de temperatura en pleno noviembre entre la calle y el metro debías ser, como mínimo, de quince grados. Se dejó el pañuelo al cuello para evitar constiparse o coger frío en la garganta.

Entró en el vagón que paró frente a ella. El metro dirección Trinitat Nova iba abarrotado. Buscó un sitio en el que pudiera agarrarse a una de las barras de seguridad, sin ocupar asiento, por si hubieran personas mayores o familias con niños. Encontró un hueco desde el que veía la pantalla de información, ideal para controlar las paradas y saber cuándo tenía que bajar.

Parecía un panal de abejas: decenas de personas apelotonadas en un espacio mínimo, moviéndose lo justo para evitar el incómodo contacto físico entre ellos. Cada uno con una historia, su propia historia, coincidiendo por azar en un mismo momento en un mismo lugar.

Las voces de dos mujeres sentadas a escasos centímetros de ella le sacaron de su ensimismamiento. Debían rondan los sesenta o setenta años. Iban bien vestidas, con sus bolsos de marca sobre el regazo fuertemente sujetados con ambas manos. El volumen de su conversación era excesivo, lo que hacía que inevitablemente todos a su alrededor pudieran escucharlas. Le generó curiosidad el tono despectivo y enfadado de sus palabras. Sin siquiera darse cuenta se encontró prestando atención a su diálogo.

Hablaban con amargura de sus hijos y su relación con ellos. Todo eran protestas, quejas y descontentos. Al principio sintió compasión por ellas. Parecía que tenían unos hijos desconsiderados que se aprovechaban de las pobres abuelas sin tenerlas en cuenta. Sintió profundamente la amargura que expresaban las mujeres hacia sus propios hijos. Le dio pena que una relación tan hermosa como es la maternal pudiera llegar a aquellos extremos de manipulación y abuso.

Entonces la señora que tenía más cerca de las dos que despotricaban abiertamente la miró con fijeza. Mireia las estaba escuchando con curiosidad. Sucedió algo que le sorprendió: la señora alzó la voz y comenzó a hablarle a ella con desprecio. Mientras Mireia se quitaba el pañuelo del cuello, acalorada, la señora le acusó de cotillear su conversación, y de varias cosas más. Se sintió avergonzada e incómoda. No era su intención haber escuchado con descaro. Se apartó los pocos centímetros que pudo de ella y desvió su mirada al panel informativo. Le increpaba gritando de maleducada. Se sentía abochornada. Consideró que tenía razón, aunque le pareció innecesario que le atacará de una manera tan brusca y maliciosa.

Mireia miraba el panel de información, con sus puntitos rojos en las paradas ya pasadas, alternando con un gesto de disculpa hacia las señoras. Pensó en pedirles perdón, pero el volumen elevado de su voz, así como sus expresiones de malestar, le persuadió de ello. No creyó que sirviera de nada.

Entonces las señoras volvieron a su conversación sobre lo desgraciadas que les hacía la relación con sus hijos. Pasaron a quejarse también de su relación con los vecinos, expresaron su malestar por las enfermedades que les atenazaban, los tratamientos que recibían y el mal trato recibido por los especialistas. Después su conversación se centró en el elevado precio de la fruta del mercado, y la descortesía de los tenderos del supermecado cercano a su casa.

Mireia entendió. Entendió que aquellas señoras estaban en un círculo vicioso de quejas y protestas. Repasó mentalmente todo lo que habían dicho sobre sus hijos. Era consciente de que no los conocía, ni conocía sus actos ni la relación real con sus madres. Pero comprendió que el problema eran ellas. No se puede estar bien con nadie si uno no está bien con uno mismo, y ellas no lo estaban. No sabía cuales habían sido sus expectativas sobre la vida, pero estaba claro que no tenían nada que ver con la realidad que estaban viviendo.

Suele pasar con las expectativas, ¡que se lo dijeran a ella!. En ese momento se encontraba en un vagón de metro por una circunstancia de la vida inesperada y no deseada. Pero allí estaba, enfrentándose a ello, afrontando la situación, y lo hacía con una sonrisa en los labios.

Pero aquellas mujeres estaban eligiendo negar su realidad, desear otra diferente, y obcecarse en lo que les gustaría que fuera. De esa manera se privaban a ellas mismas, y a las personas que les rodeaban, sus propios hijos, de tener la posibilidad de ser felices, fueran cuales fueran sus condiciones.

Las señoras estaban eligiendo quejarse, protestar, gritar y atacar a cualquiera que no hiciera lo que ellas consideraban correcto. ¿Y quién decide lo que es correcto? Seguramente “lo correcto” para cada uno de sus hijos debía ser diferente a lo que consideraban ellas. Y no por ello peor, ni mejor. Sólo diferente. Desde luego a gritos y expresando sólo lo negativo era difícil que pudieran entenderse.

Repasó minuciosamente la conversación entre las señoras. No fue capaz de encontrar una sola palabra en positivo. Ni hacia sus hijos, ni hacia nada. A todo y a todos le habían puesto la etiqueta de “malo”. Probablemente se sentían encerradas en un mundo que percibían “malo”, de cosas y personas “malas”, sin ser capaces de valorar nada bueno en la conducta de nadie. Ni siquiera eran capaces de valorar algo inocuo, como el hecho de que ella, y otros tantos pasajeros del metro, les escucharan por el mero hecho de que hablaban voceando.

Supuso que, para ellas, debía ser mucho más fácil buscar culpables ajenos que pensar que uno mismo es responsable, aunque fuera en parte, de las cosas que le pasaban. Pensó cuánto podrían cambiar sus vidas si simplemente prestaran un poco de atención a sus propios comportamientos y vieran que parte de lo que les sucedía eran consecuencias de ellos. Podría escuchar más a las personas que les rodeaban, incluidos sus hijos, que seguramente no deseaban que sus madres se sintieran así de menoscabadas en su relación. Podrían prestar atención a las cosas positivas que hacían los demás hacia ellas, que seguro que más de una habría, y expresar también algo en positivo de todo eso.

Quizá todavía tuvieran la oportunidad de ser un poco más felices. Le hubiera gustado decírselo mientras se levantaban, peculiarmente, en su misma parada: Vall d´Hebrón. Pero simplemente se mantuvo a cierta distancia para evitar más conflictos. A Mireia no le gustaban los problemas. Tenía una premisa máxima: si la solución del problema dependía de ella, ponía todos sus esfuerzos en solucionarlo. Si no dependía de ella, se mantenía al margen para que no le afectara a nivel emocional de manera innecesaria.

En ese momento la señora que había arremetido contra ella se giró para mirar los asientos que acaban de abandonar, revisando no dejarse nada. Al cruzar la mirada con Mireia, lo hizo con un gesto retador, prosiguiendo los reproches contra ella y contra la humanidad en general.

La señora expresó una opinión personal, sobre política, educación, malos tratos, y psicología que, además de ser extremista e irreal, le pareció fuera de lugar. Un vagón de metro repleto de personas que podrían pensar diferente a ella estuvo obligado a escuchar su acalorada y agresiva disertación. Varias fueron las miradas estupefactos e hicieron gestos de desacuerdo. Aunque nadie se tomó la molestia de replicarle. Mireia supuso que, como ella, lo vieron un esfuerzo inútil.

La joven bajó en la parada, y salió a la calle que le llevaría al hospital, manteniéndose a una prudente distancia de las señoras.

Mientras se ponía el pañuelo y la chaqueta de nuevo, ante el frío y la llovizna, no pudo evitar recordar a su madre, que había fallecido ocho años atrás por un cáncer de colón. Le dolió el pecho y las lágrimas afloraron a sus cansados ojos. Ojalá su madre pudiera estar viva y ambas pudieran disfrutar la una de la otra. No habían tenido una relación ideal, porque eran muy diferentes, pero siempre la había querido y valorado mucho. No pudo imaginar cuan difícil debía ser que tu madre te trate con condescendencia y demagogia, como hablaban aquellas señoras de sus propios hijos. Ni siquiera valoraban el hecho de estar vivas, de tener el honor de tener hijos y nietos de los que disfrutar.

También recordó con una amplia sonrisa a sus suegros. Siempre cariñosos y amables. Facilitaban que sus vidas y su relación fuera tan buena. Se sintió agradecida de la maravillosa relación que tenía con ellos.

Manuela y Juana siguieron su camino lleno de odio y amargura, sin ser conscientes del amplio rechazo que habían generado en la mayoría de pasajeros con los que había compartido lo que ella consideraba su gran experiencia y sabiduría en aquel vagón de metro. Ni se planteó que sus ideas pudieran ser equivocadas. Manuela nunca supo quién era aquella joven contra la que había arremetido por su incómoda curiosidad, ni le importó ni volvió a pensar en ella nunca más.

Por el contrario, Mireia nunca olvidó a aquellas señoras. Las recordó siempre que sintió la necesidad de quejarse por quejarse, o de hablar mal de alguien o con alguien, o de tratar con impaciencia a su marido o a sus propios hijos, o de no valorar lo suficiente a su madre en el recuerdo, o a sus suegros en su vida cotidiana, o a cualquiera que se cruzara en su camino.

Mireia supo que no quería ser como ellas. Ellas habían elegido hacer de su día a día un infierno de problemas innecesarios. Prefería perdonarlas por vivir en la ignorancia emocional. Prefería no juzgarlas por no elegir valorar el simple hecho de estar vivas, y de hacer de su vidas, y la de quienes la rodeaban, lo más bonita posible.

Con más ganas que nunca Mireia afrontó el reto de iluminar con sonrisas cada momento, cada situación, por muy complicado que fuera.

Decidió no caer en el ostracismo ni en la negatividad. Decidió que la felicidad estaba en las pequeñas cosas, y que una palabra hermosa o un gesto agradable también eran felicidad. Se esforzaría porque así fuera.

Sorteo Feria del Libro

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Cualquier ocasión es buena para celebrar que existen los libros, como forma de transmisión de información, como fuente de sabiduría y, sobretodo, como muestra de imaginación y ocio intelectual y emocional.

Aprovechando la Feria del Libro os invito a participar en el sorteo de uno de mis libros (a tu elección) dedicado, firmado y con envío a tu domicilio.

¿Qué puedes hacer para participar? Muy sencillo, adquiriendo cualquiera de los libros, indistintamente en formato tradicional o ebook, y dejando una opinión o reseña en Amazon. La fecha límite para participar es el domingo 5 de junio a las 00h (hora española). El lunes día 6 de junio procederemos al sorteo entre todos los participantes y nos pondremos en contacto con el ganador o ganadora para que pueda recibir su premio.

Son tres los libros que puedes adquirir y reseñar en Amazon:

¡MUCHAS GRACIAS Y MUCHA SUERTE!

¡FELIZ SEMANA!

SARA

Historia de un canalla

Como bien define la autora, la gran escritora contemporánea Julia Navarro, “Historia de un canalla” es un viaje a lo más recóndito del ser humano. Nos adentra en las miserias psicológicas de un personaje que refleja, sin sutilezas superfluas, la decadencia moral y ética presente en nuestra sociedad.

Me ha parecido un buen libro. Muy recomendable.  Plantea una trama interesante, unos personajes inolvidables y una serie de reflexiones imprescindibles sobre cómo una conducta o unas palabras pueden cambiar el curso de la vida de la persona que las emite o de las personas que las recibe. El hecho de que la autora refleje la posibilidad de varias actuaciones del personaje principal ante la misma situación permite meditar con facilidad sobre las consecuencias de los comportamientos dañinos y taimados del protagonista.

Justo en este momento de mi evolución como escritora, que acabo de publicar ¿Es el enemigo? La eficacia de comunicarte, la lectura de “Historia de un canalla” me ha servido para fortalecer la idea de que la comunicación es un pilar básico en nuestras vidas y debe no sólo cuidarse sino también mimarse en extremo en nuestro día a día para evitar conflictos y malestares innecesarios, y maximizar las probabilidades de sentirnos bien con nosotros mismos y las personas importantes de nuestras vidas.

¿Es el enemigo? La eficacia de comunicarte

portadaebook

Os presento mi nuevo libro “¿Es el enemigo? La eficacia de comunicarte”, una experiencia a través del contacto con uno mismo y las personas de tu entorno a través de la comunicación eficaz.

La comunicación es el pilar básico de quiénes somos, qué hacemos y cómo lo hacemos, pues en ella se fundamenta la relación con nosotros mismos y con los demás.

Las siguientes páginas son un contacto con el enemigo, que no es más que una mala comunicación contigo mismo y con las personas que te rodean.

Para aprender a comunicarte de una manera eficaz en este libro encontrarás una explicación de los conceptos más importantes, ejemplos cotidianos y ejercicios para practicar.

Este libro va más allá de la comunicación. También versa sobre las personas, la vida y nuestra actitud hacia ellos. Te voy a contar lo que nunca te han contado. Espero que disfrutes leyéndolo tanto como yo escribiendo cada línea. Coge el libro… Es el enemigo.

Podéis encontrarlo en Amazon.es en formato ebook  en el enlace ¿Es el enemigo? y en formato tradicional en el enlace ¿Es el enemigo?

Disponible también en Amazon.com para los lectores internacionales en ebook en el enlace ¿Es el enemigo? y en formato tradicional en el enlace ¿Es el enemigo?

¡Espero que os guste y que lo disfrutéis!

Sara

 

Portada de ¿Es el enemigo?

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Un libro de comunicación debe tener una portada que comunique mucho y muy bien.

El libro está terminado. El proceso de revisión también. En un par de días estará publicado.

Esta es la foto de portada que hemos seleccionado tras meses de búsqueda de ideas y muchas horas de arduo trabajo por parte de los modelos y del fotógrafo Tomeu Mir.

No me puedo sentir más orgullosa y satisfecha del resultado.

¿Qué os parece?

¡Feliz lunes y que hagáis buena semana!

Microscopio V: la entonación y el volumen

Otro componente esencial en la comunicación son, lo que hemos llamado antes, elementos paraverbales, los que acompañan al mensaje. Nos vamos a centrar en los dos más importantes: el VOLUMEN y la ENTONACIÓN. Si hay algo seguro es que no es lo mismo hablar en susurros que pegar gritos. Tampoco es lo mismo utilizar una entonación monótona, hablando todo el tiempo con el mismo ritmo y cadencia, que hablar cambiando la entonación según el mensaje que estamos transmitiendo. Seguro que has tenido un profesor o una profesora que te aburría soberanamente en sus clases porque daba el tema hablando con el mismo volumen y entonación toda la clase. Al igual que seguro que conoces a alguna persona que constantemente grita o cambia el ritmo de la conversación, haciendo difícil mantener la atención y te hace sentir que estás en una especie de actuación de teatro o de circo.

Hablar en susurros puede provocar dificultades de entendimiento. Hablar a gritos genera rechazo y percepción de agresión. Al igual que los cambios de entonación pueden cambiar por completo el significado de una palabra o un mensaje. Por ejemplo, cuando preguntas a alguien “¿Qué tal va todo?” Y te contesta “Bien”, según el volumen y la entonación que utiliza, puedes saber perfectamente si es un “Bien” de entusiasmo, de tristeza, de enfado o de indiferencia. La palabra es la misma, pero su interpretación no. Esto es muy relevante sobretodo en nuestro idioma y nuestra cultura, que tiene más de sesenta mil palabras polisémicas (con diferentes significados según el contexto), giros, ironías y sarcasmos. ¿Cuántas veces te han malinterpretado o has malinterpretado a alguien porque dice con volumen medio, entonación formal y gesto serio lo que se supone que es una broma? A no ser que estemos seguros de que nuestro receptor va a comprender el mensaje, deberíamos utilizar el vocabulario, entonación y volumen que mejor vaya a expresar lo que realmente queremos expresar.

No hay un volumen y entonación perfectos. Sólo hay un volumen y entonación adecuados a cada conversación. Por eso también te propongo repetir los ejercicios de los apartados anteriores (mirarte en el espejo y grabarte la voz mientras te cuentas cosas relacionadas con diferentes emociones) prestando especial atención a tu propia entonación y volumen. Prueba a “decirte” el mismo mensaje cambiando el volumen, la entonación, el ritmo y la cadencia. ¿Percibes cómo cambia su significado en función de los cambios? Como este ejercicio es difícil llevarlo a cabo cuando hablas con otras personas (porque si te estás escuchando a ti mismo, desde luego no estás escuchando a la otra persona), procura repetirlo a menudo para poder modular tu voz según lo que desees expresar.

Aunque parezca complicado, la voz y sus componentes también se puede “aprender”. Te pondré un ejemplo, cuando empecé a trabajar de operadora en la central de coordinación del servicio de atención médica de urgencias de mi comunidad autónoma, me informaron de que todas las llamadas se graban por motivos de seguridad y calidad. Periódicamente el coordinador revisaba llamadas con cada operador para mejorar la atención. La primera vez que me invitó a escuchar una llamada, cuando apenas llevaba unos segundos le dije que esa llamada no era mía. Insistió y buscamos el código de usuario y de tiempo, y confirmamos que, efectivamente, era una de mis llamadas. No sólo no había reconocido mi voz, sino que además sufrí un fuerte rechazo porque aquella “voz” tenía un volumen alto, parecía que estaba gritando, con una entonación muy aguda, y muchos cambios de ritmo. Me pareció desagradable. Y desde luego, lo último que yo quería cuando cogía una llamada de emergencias era parecer desagradable. Así que manos a la obra, busqué la ayuda de una logopeda que en muy poco tiempo me ayudó a “escucharme” y a modular mi volumen, entonación, cadencia y ritmo según el mensaje que quisiera transmitir. Desde entonces sé adecuar mi voz según las circunstancias. También debo admitir que no siempre es necesario ir a un especialista para mejorar la propia voz. Con practicar regularmente en casa es más que suficiente en la mayoría de los casos. Te animo a que pruebes a ver qué pasa si vas haciendo todos los ejercicios que te propongo con constancia y regularidad.

¿Te atreves a probar diferentes entonaciones? ¿Y a cambiar el volumen en tus interacciones sociales? ¿Notas diferencias en función de ello?

¡Feliz martes!

Sara

Microscopio IV: el vocabulario

Pasemos a la parte del VOCABULARIO o elementos verbales que utilizamos. ¿Utilizas el mismo vocabulario cuando hablas con un niño que con un adulto? ¿Y cuando hablas con compañeros de trabajo y con tus amigos o amigas? ¿Usarías las mismas palabras para expresarte en una fiesta de gala de alto standing y tomando un café en un bar de barrio? Quizá no seas consciente de ello, pero el vocabulario que utilizamos es muy importante. El mismo vocabulario puede transmitir sensaciones muy diferentes en función del lugar o las personas con las que nos comunicamos. Por ejemplo, utilizar palabrotas entre los “colegas” viendo un partido de fútbol (o cualquier otro evento deportivo) puede ser un signo de estar integrado y sentirte cómodo o cómoda, sin embargo decir palabrotas en la puerta de un colegio resulta inapropiado y molesto.

El tema del vocabulario también está siendo muy controvertido hoy día por el uso de abreviaturas y emoticonos en las redes sociales. Hace poco recibí un mensaje de mi sobrina de quince años al que sólo supe contestar “compro vocal, a ver si resuelvo”. Aunque pueda parecer muy práctico y muy “guay” enviar mensajes llenos de palabras abreviadas en tres consonantes, permíteme decirte que por no dedicar apenas unos segundos a escribir las palabras completas, pierdes capacidad de expresión y, sobretodo, de comprensión por parte del receptor o receptora del mensaje. Por no hablar de que, con el tiempo, se acaba perdiendo el buen uso de la ortografía y la gramática, y conozco personalmente personas que ya no saben ni acentuar correctamente, cuando un acento, o un signo de puntuación (como una coma o un punto), pueden cambiar el significado por completo de una palabra o de una frase.

Debates sobre el habitual uso de palabrotas o del uso abusivo los mensajes en las redes sociales aparte, debemos tener presente que cada persona con la que hablamos, en cada contexto, merece un trato y un vocabulario adecuado y adaptado. Si pretendes que tu hijo o hija de 5 años comprenda qué es la genética, puedes hablarle, por ejemplo, de los parecidos entre las personas emparentadas en el color de los ojos o del pelo. Si eres profesor universitario y se lo debes explicar a tus alumnos, desde luego la palabra más sencilla que emplearás será ácido desoxirribonucleico. Imagina que das la explicación del profesor universitario al niño, o la del niño a los alumnos universitarios. Es una exageración absurda, pero en muchas ocasiones no hacemos esta distinción tan crucial.

Si utilizamos el mismo vocabulario indiscriminadamente con todo el mundo en cualquier situación, lo único que conseguiremos es aumentar las probabilidades de falta de entendimiento o, incluso, de conflictos. Tu parte de responsabilidad como emisor supone elegir las palabras adecuadas para que tu receptor comprenda tu mensaje. Y esto incluye los mensajes escritos. Desde luego un tema vital nunca debería “hablarse” por mensajes, sobretodo por la cantidad de malentendidos que genera (estoy segura de que ya te ha pasado alguna vez). Si entenderse en persona ya es complicado, por mensajes , en los que encima tendemos a abreviar palabras de cualquier manera y a poner un montón de emoticonos, es prácticamente imposible.

¿Crees que utilizas el vocabulario más adecuado en cada situación? ¿Consideras que podría mejorar tu eficacia comunicativa el buen uso del vocabulario?

¡Feliz martes!

Sara

Compartir es amar

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   Hoy he tenido el privilegio de compartir experiencias y aprendizajes con los alumnos de TCAE en el Colegio Nuestra Señora de Montesión.

  Tenéis todo mi respeto y confianza como futuros profesionales, ya que habéis sido encantadores e inteligentes en vuestras intervenciones.

   Es halagador que te inviten a participar en una charla informal sobre la psicología de los cuidados paliativos, de la que se extraen grandes reflexiones y mucha humanidad. Os doy las gracias encarecidamente por el interés y el buen hacer de la profesora y los alumnos.

   ¡Feliz jueves!

   Sara