6. Óscar

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“¡Hoy es el gran día! ¡Vamos a llevar la carta para los Reyes Magos a su Ayudante para que se cumplan todos mis deseos!” Con estos bonitos pensamientos abrió los ojos el pequeño Óscar.

A Óscar le había despertado su madre a las ocho con un ataque de cosquillas. Le encantaban los ataques de cosquillas. Era la mejor manera de empezar el día. Eso y los cereales con forma de personajes de dibujos para desayunar. ¡Y le esperaba una buena ración con su tazón de leche después de vestirse!

Se puso las prendas de ropa muy rápido y se sentó a desayunar mientras jugaba con sus dinosaurios de plástico encima de la mesa. Cuando acabó le pidió ayuda a su mami para hacer la cama. A sus seis años ya sabía hacerla solo, pero siempre que podía prefería tenerla cerquita, aunque tuviera que hacer las cosas como si fuera más torpe o lento de lo que era en realidad.

Se lavó los dientes y metió la fiambrera con la merienda y la botella de agua en su mochila. Partieron a las ocho y cuarenta y cinco hacía el colegio, a dos calles del piso en el que vivían. Hacía frío y se puso los guantes de forro polar que le había regalado su tita Pilar en su cumpleaños. Iban a juego con un gorro, pero tenía un pompón y encima le chafaba el pelo, así que no se lo ponía aunque se le helasen las orejas.

En la puerta de la escuela su mami, con un guiño, le pidio un beso, y Óscar le contestó que tan temprano no tenía hechos. Era una broma que tenían desde hacía unos meses, cuando empezó a darle vergüenza que sus compañeros le vinieran dar besos o abrazar a su mami. Luego, por la noche, antes de dormir, le diría que la fábrica de besos ya funcionaba y le daría un montón: besitos normales, besitos de gnomo con la nariz, besitos de mariposa con las pestañas y, lo más divertido, abrazotes de oso.

Se dieron la mano con un fuerte apretón como los mayores, y entró en el patio. Allí hizo fila, jugando y hablando con Amalia y Lorenzo, sus mejores amigos, hasta que llegó su profesor y entraron a trompicones en el largo pasillo que les llevaba a su clase.

A primera hora hicieron clase de lengua castellana. Había una lectura. Era la historia de una familia que adoptaba un perrito y durante las vacaciones no se lo podían llevar. Tenía que ver con la “responsibidad” o como se diga eso de ser responsables. Al terminar tenían que responder unas preguntas de comprensión oral. Óscar contestó todas las preguntas menos una. Le pasaba a menudo que si la lectura era un poco larga, o tenía palabras difíciles, se distraía jugando con los bolis o miraba a los demás y se perdía los detalles.

La segunda hora correspondió a educación física: su asignatura favorita. La profesora les hizo calentar, y luego había organizado un recorrido de obstáculos. Cuando todos lo hubieron superaron, hicieron equipos de cinco y jugaron a baloncesto en las pistas del patio. Lorenzo se peleó con Domingo, ¡pero es que Domingo siempre pegaba a los demás si no ganaba!

Por fin llegó el patio. Le encantaba salir al patio y comerse su bocata de jamón york con queso. Sobretodo le encantaba poder jugar con sus amigos a escondite o a pilla-pilla. El tiempo de patio siempre le pasaba volando y cuando sonaba la música para volver a clase le abrumaba tener que volver a hacer fila y seguir un montón de normas que eran un rollazo. Pero las seguía, porque así sacaba buenas notas y mami estaba contenta.

Continuaron con la clase de ciencias naturales, con las plantas y sus partes con nombres raros. ¡Pero quién ponía esos nombres a las partes de las plantas! Con lo fácil que es decir árbol o flor, y lo complicado que lo hacían partiéndolas en cositas más pequeñas que ni siquiera se ven.

La última clase ese día fue matemáticas. ¡Eso sí que era difícil! Un montón de números y cosas que hacer con ellos que sólo entendía cuando mami se lo explicaba con cromos o juguetes. Pensó que mami debería escribir libros de matemáticas en vez de limpiar en un hospital. Serían más divertidos y más fáciles de entender. Un día se lo diría a su profe, que cambiaran el libro de mates por uno hecho por su mami. Se sintió orgulloso de tener una mami tan guay.

Por fin sonó el timbre que indicaba que acababan las clases. Recogió sus cosas y salió corriendo a la puerta. ¡Rubén le estaba esperando! ¡Yuju! Se sintió feliz de que él estuviera allí: sonriente y con los brazos abiertos para recogerle en un abrazo gigante. Por alguna extraña razón no le daba vergüenza que le vieran abrazarle o besarle con intensidad cuando él le llevaba o recogía del colegio. Todo lo contrario: le encantaba.

Rubén era el novio de su mami. No recordaba cuánto tiempo hacía que eran novios, la navidad anterior aún no eran novios todavía, aunque ya le conocía porque eran amigos desde hacía mucho y había estado en casa otras veces con más amigos y amigas de mami.

Mami y papi se habían separado cuando Óscar era pequeño. Tampoco recordaba cuándo. Apenas recordaba haber vivido con los dos, aunque tenían fotos juntos siendo pequeño. Solo recordaba que discutían mucho y que mami lloraba a veces. Cuando papi se fue a vivir con su novia Raquel se sientió triste porque no entendía qué pasaba, pero también se sintió aliviado porque dejaron de discutir. Desde entonces pasaba algunos fines de semana con papi y su novia Raquel en su casa. Estaba bien con ellos, pero no tanto como con mami. Y muchos menos desde que estaba Rubén. Era el mejor novio del mundo de mami.Y era el mejor papi del mundo para él, a pesar de no ser su papi.

Rubén era grande y blandito. Trabajaba en un zoo y podía ir a ver los animales tantas veces como quisiera. Tantas que ya hasta se sabía todos sus nombres. No vivía con ellos porque mami decía que todavía era muy pronto y que había que ver qué tal iban las cosas. Óscar no entendía muy bien todas esas cosas de mayores de separarse, o de ir a vivir juntos, o de tener novios. Para él todo se reducía a lo que le hacía sentir bien y lo que no. Y su mami y Rubén era lo que mejor le hacía sentir del mundo. Mami le cuidaba y mimaba. Su papi también, pero era diferente. Se enfadaba muy rápido y, a veces, hasta le gritaba y todo. Rubén era un super héroe: cuidaba animales peligrosos y además siempre tenía tiempo para mami y para él. Tenía ideas divertidas, hacía chistes graciosos y sabía imitar a los dibujos animados. Algunas veces se enfadaba con él, pero siempre le sentaba en sus grandes piernas y le explicaba con paciencia y cariño porque había enfadado y qué podía hacer Óscar para que no se volviera a enfadar. Y después le hacía un ataque de cosquillas de esos que le gustaban tanto.

Ese día mami tenía turno de tarde en el hospital y Rubén había preparado la comida: patatas con carne al horno. ¡Patatas! ¡Ummmm! Su comida favorita. Comieron mientras hablaban del cole. Después recogieron la mesa y, entre los dos, fregaron los platos. Rubén le había comprado un taburete para llegar a la pica de la cocina y así también ayudaba a limpiar.

Al acabar Óscar hizo los deberes, sin pedir ayuda, para impresionar a Rubén, que cuando terminaba le hacía un aplauso ruidoso y largo por hacerlos él solito.

Merendaron una manzana y unas galletas. Mami siempre le decía que la fruta es muy importante para crecer fuerte y, aunque ni a él ni a Rubén les gustaba, se la comían juntos haciendo carantoñas. Le decía “¿Ves? A mí tampoco me gustan algunas cosas de comer, pero como son buenas para estar bien, hay que comérselas.” Y Óscar se la comía encantado, sientiéndose mayor y fuerte como Rubén, que se lo comía todo sin quejarse.

Cuando terminaron Rubén le cogió por sorpresa por detrás, abrazándole y poniéndole boca a abajo mientras hacía que era un león y se lo iba a merendar también, con gruñidos y mordisquitos en la barriga. Se rieron juntos y le dijo que corriera a buscar su carta a los Reyes Magos. Había llegado el gran momento. Irían a recoger a mami al hospital y después irían los tres juntos a la entrada de la zona de pediatría, donde los Ayudantes de los Reyes Magos recogerían su preciada carta.

Salieron de casa, cada uno con su abrigo bajo el brazo y la carta bien guardada en el bolsillo del pantalón de Óscar. Rubén no tenía frío, así que decidió que él tampooc aunque temblaba un poco por el aire gélido que les azotaba.

Caminaban tranquilos atravesando el parque que había junto a la finca de pisos en la que vivían, muy cercana al hospital. Rubén le decía que tenía una sorpresa para mami y que él le tenía que ayudar: después de llevar la carta irían al pequeño parque de atracciones que habían abierto en navidades para subirse al tiovivo de los caballitos. ¡Yuju! ¡Los caballitos le encantaban! ¡Y a mami también! Siempre decía que de pequeña, en su pueblo, las navidades eran muy especiales porque ponían un tivivo de caballitos con luces y se subía con sus hermanos, y montaban una y otra vez hasta que se mareaban y les daba la risa porque caminaban torcidos o se caían al suelo. ¡Qué sopresa más genial! Tendría que acordarse de, con la emoción, no decírselo a mami para no meter la pata. Pero Rubén le dijo que confiaba en él chocándole los cinco, así que seguro que sabría guardar el secreto.

Mientras daba palmadas ilusionado se le cayó el abrigo al suelo, y de uno de los bolsillos salió rodando una canica grande y colorida. No recordaba que su amigo Lorenzo se la había regalado por la mañana y la tenía metida en el bolsillo. ¡No podía perderla! Así que se soltó de la mano de Rubén y salió corriendo en dirección de la brillante bola.

Fue a parar a los pies de una chica que estaba sentada, sola, en un banco apartado del parque. Cuando fue a coger la canica la chica, que ni se había percatado de su presencia, bajando la vista le vio y dio un respingo. Puso una cara de susto como si hubiera visto un monstruo, abriendo mucho los ojos y la boca. Se levantó y se alejó corriendo sin darse cuenta de que había golpeado la canica con la punta de sus botas en la misma dirección que ella huía atemorizada.

Óscar se quedó quieto, asustado, sin entender su reacción y, sin saber qué hacer, se giró buscando a Rubén con la mirada, que había salido tras él en cuanto le soltó la mano. “¡Sólo quería mi canica!” Dijo Óscar preocupado por la cara de enfado de Rubén. Éste, acalorado, le dijo que no se moviera, que no estaba enfadado con él, y fue hasta donde había quedado parada la canica y la recogió. La canica estaba apenas a unos centímetros de la joven, que había quedado atrapada entre él y la pared de un edificio. Le increpó “¿Pero qué haces? ¡Has asustado al niño!”.

La joven empezó a temblar y gimotear algo así como “No me toques, que no me toque. Yo… Lo siento… No os podéis acercar…”. Rubén la observó atónito ante su conducta extraña y simplemente volvió con Óscar y le devolvió la canica para que la guardara. Le pidió que se pusiera la chaqueta. Una vez lo hizo, ambos miraron de nuevo a la joven, que seguía pegada a la pared aterrorrizada. Continuaron con paso apresurado hacia la puerta del hospital, a dos calles del parque.

Ninguno dijo nada hasta parar frente a la puerta. Rubén rompió el silencio con un beso en la sonrosada mejilla de Óscar. Lo cogió en brazos y le dijo “Siento lo que ha pasado. Esa chica debe estar mal de la cabeza, ha sido maleducada contigo y lo siento si te ha asustado o te ha hecho sentir mal. De todas maneras, no quiero que te vuelvas a soltar de mi mano sin avisar. Podría haberte pasado algo si esa chica te hubiera hecho algo o si la canica se hubiera ido hacia la carretera. Tienes que tener cuidado porque no quiero que te pase nada malo nunca. ¿Vale?”

Óscar asintió con la cabeza y se dieron un abrazo gigante que le reconfortó.

Su mami salió puntual del hospital y llegaron, sonrientes, al edificio de pediatría. ¡Allí estaba el Ayudante de los Reyes Magos! ¡Qué ilusión! Óscar esperó en la cola y cuando llegó su turno le entregó la carta con ambas manos y mucha solemnidad. Rubén y su mami se miraron emocionados y cogidos de la mano mientras lo hacía.

Después se fundieron los tres en un abrazo gigante, acogedor y maravilloso. Al salir, Óscar le dijo gritando entusiasmado que tenían una sorpresa para ella y que no se la podía decir porque era una sorpresa. Mami puso cara de muy contenta y los tres fueron hasta el parque de atracciones de navidad y subieron una y otra vez al tiovivo de los caballitos. Cuando ya estaban mareados, fueron caminando torcidos hasta el puesto de algodón de azúcar y se comieron uno de color azul (el favorito de Óscar) entre los tres.

Ya anocheciendo volvieron caminando hasta casa los tres cogidos de la mano. Óscar se giró a mirar los caballitos, llenos de luces de colores vivaces y alegres, y pensó que era la tarde más guay de su vida. Ya había olvidado el desagradable episodio de la chica que había huido de él despavorida. No volvería a recordarla nunca.

Al llegar la hora de dormir, después de su sesión de besitos y abrazos, cerró los ojos y sólo pensó en que los Reyes Magos ya tenían su carta. Deseó que le concedieran su regalo. Sólo había pedido uno. Este año no quería juguetes ni caramelos. Sólo quería un regalo: que Rubén se quedara siempre con ellos.

Sabía que era pequeño para entender el mundo de los mayores. Pero también sabía que la felicidad que Rubén traía a sus vidas era el mejor regalo del mundo. Nunca se había sentido tan seguro, tan tranquilo, tan lleno de energía y de ilusión como en ese momento. Sabía que su papi y su mami le querían, pero es lo que tienen que hacer los papis y las mamis. Rubén le quería sin ser su papi, y ese amor era indescriptible. Sabía que no era su papi. Pero también sabía que sí era su papi. Deseo, apretando mucho los ojos y las manos, que por siempre jamás lo fuera.

5. Patricia

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Se había levantado temprano. Inició sus rutinas matinales: desayuno con leche de soja y muesli, llamada a su madre para ver qué tal iba todo y preparar la bolsa para el gimnasio.

A las ocho en punto estaba en la sala de fitness. Hizo clase de una hora y después dedicó más de media en la sala de musculación a sus brazos, abdominales y piernas.

Se dio una ducha larga y relajante. El agua caliente le encantaba. Le ayudaba a aclarar sus ideas y prepararse para el resto del día. Se vistió mientras hacia la lista mental de la compra, y con ella en la cabeza fue hasta el supermercado. Compró un filete de pechuga de pavo y brotes de rúcula y parmesano.

Al llegar a casa puso la ropa del gimnasio en la cesta de la ropa sucia y dejó la bolsa del gimnasio vacía en la entrada. Preparó su comida , sana pero nutritiva, y comió con tranquilidad mientras veía una serie sobre abogados en la televisión.

Lo hizo con el teléfono en modo silencio y el interfono del piso descolgado. Le gustaba la soledad: su soledad. Había tenido una relación con un chico durante tres años. Se suponía que eran la pareja perfecta: los dos de buena familia, cada uno dedicándose a lo que les gustaba, con un montón de amigos y ambas familias que les adoraban. Sin embargo, de puertas para adentro, aquella relación se había convertido en un infierno de celos, gritos y peleas. Cuando por fin comprendió que aquello no era amor, sino una dependencia malsana, rompió con él y se mudó a un pequeño piso en el centro. Dejó la peluquería en la que trabajaba de encargada gracias a los contactos de sus padres, y estudió una formación profesional superior completamente diferente. Encontró trabajo en un hospital de las afueras, con un horario de tarde que limitaba mucho su anterior y agitada vida social, pero que le encantaba y llenaba mucho más que dirigir peluqueras desmotivadas y malpagadas. Así que ahora se sentía libre y tranquila. Y disfrutaba de aquella independencia y tranquilidad.

Al terminar la comida, se premió con una buena dosis de fruta variada: mandarinas, granadas y una manzana. Se cuidaba mucho y su cuerpo se lo agradecía. Se sentía fuerte y sana.

A la una en punto dedicó casi media hora a hacerse un laborioso peinado que le resultaba práctico en el trabajo, y a la vez, lucía su rostro marcado y bonito. Se maquilló cuidadosa y discretamente: antiojeras, base de crema, polvos para matizar, un poco de rimel y brillo de labios. Después preparó la bolsa del trabajo y se puso una chaqueta de lana de colores: su favorita.

Fue caminando hasta la parada del metro y espero mientras escuchaba música de sus listas de reproducción de Spotify en el teléfono móvil.

Hacia calor allá abajo, pero se había acostumbrado a los cambios de temperatura entre la ruidosa y fría ciudad, y el calor abrasador en las vías del metro.

Línea tres dirección Trinitat Nova.

Entró en el primer vagón que paró frente a ella. Estaba lleno, pero no le importaba. Se sentía cómoda rodeada de desconocidos mientras su música le distraía del mundo exterior.

Durante el trayecto, y a pesar de llevar sus auriculares insertados en los oídos y de que el volumen de la música era elevado, pudo escuchar a su derecha a dos mujeres mayores despotricando. No entendía las palabras ni, por lo tanto, los motivos, pero le disgustó el tono acusador y desagradable con el que se dirigían a una joven al otro lado del vagón. Le pareció que el resto de pasajeros se incomodaban tanto o más que ella. Aún así, simplemente subió el volumen de la música y continuó con su propia terapia de centrarse en ella misma y sus pensamientos para poder enfrentarse a la tarea complicada de su trabajo. Se exigía mucho, era perfeccionista y aplicada, y eso requería grandes dosis de concentración que no permitía que le arrebataran, ni siquiera un pequeño altercado en el metro que no le incumbía.

Llegó su parada: Vall d’Hebrón. Bajó junto a las señoras mayores y la joven que, a pesar de encontrarse unas filas más atrás, recibió algún tipo de amonestación adicional por parte de una de las señoras. Pensó ¡Cuánta ira hay en el mundo! Con todas las cosas malas que hay, desde luego le parecía innecesario crear más malas vibraciones. Aunque también reflexionó que quizá el problema merecía semejante discusión. Y ya que ella no tenía ni idea de lo sucedido, decidió evitar realizar juicios de valor e ignorar el suceso y continuar con sus rutinas.

Llegó veinte minutos antes de comenzar su turno a las tres. Apagó la música y guardó los auriculares en la taquilla junto a su ropa y su bolsa. Se cambió y se puso su blanco uniforme. Puso el teléfono móvil en silencio y se colocó su identificador en la pechera y repasó su peinado y su maquillaje frente al espejo.

A las tres menos diez le daba el relevo a su compañera, también técnico de radiodiagnóstico. Pasó por delante de la recepción y saludó a la auxiliar. Caminó por el pasillo central y saludó a la médico radióloga que estaba de turno esa tarde. Entró en su cubículo y repasó la lista de pacientes con el enfermero. Hoy tenían seis gammagrafías vasculares y óseas completas. Cuatro de las pacientes ya estaban esperando en la sala de la entrada. Decidieron empezar cuanto antes, ya que ambos sabían que en muchas ocasiones debían repetir pruebas o realizar complementarias y, además, preferían no hacerles esperar sin necesidad.

Se sentó en su silla e inicializó el programa informático con su usuario y contraseña. Mientra el enfermero, diligente, ya había pasado a la primera paciente, una mujer de unos ochenta años que apenas podía caminar. El enfermero le inyectó el compuesto radiactivo con sumo cuidado, ya que su piel se veía seca y arrugada, y las venas pequeñas y estrechas. Acertó a la primera. Desde luego era un gusto tener un compañero tan cuidadoso y competente.

Ayudó al enfermero a tumbar a la paciente en la camilla y le explicaron que tenía que estar muy quieta mientras le tomaban unas “fotos” con la máquina que supuso que debía tener un aspecto aterrador para una anciana. Fue dulce con ella. Patricia nunca escatimaba en cariño con sus pacientes. Bastante tenían ya con sus enfermedades y tratamientos. Para ella estar atenta y ser considerada era imprescindible en su trabajo. Y además tenía suerte porque era un valor compartido con sus compañeros. Sabía que había otros servicios del hospital donde los pacientes no eran más que números y horas de citación. Allí no, todo lo contrario: todos se esforzaban por tratar a los pacientes como personas que merecían toda su atención y respeto el breve tiempo que formaban parte de sus vidas.

Cuando acabó las pruebas a la anciana, el enfermero y ella le acompañaron cogiéndole cada uno de una mano hasta la sala “caliente”, donde estaban aislados para no irradiar a otras personas. La ayudaron a sentarse y le ofrecieron agua o un zumo. Debía estar allí dos horas y habría una auxiliar que pasaría periódicamente a ver cómo se encontraba y atender sus necesidades, pero en ese mismo momento estaba preparando la sala para el siguiente paciente.

Cuando volvió a su cubículo se encontró al enfermero inyectando el compuesto radiactivo a una joven. Era la misma joven del vagón del metro, la que se había visto involucrada en el que le había parecido un desagradable incidente. Estaba nerviosa y temblaba. Le ofreció una manta, que aceptó gustosa.

Mientras le indicaba cómo tumbarse y colocarse en la camilla para la prueba la observó con un sentimiento de pena. Parecía una niña. Tenía un rostro joven y agradable. Ella le sonrió. Su sonrisa era de esas que iluminan el día de quienes son sensibles a pequeños detalles como aquel. Una sonrisa mientras te hacen una prueba que supone el posible diagnóstico de alguna grave enfermedad. Le devolvió la sonrisa y le explicó el procedimiento.

La joven se mantuvo muy quieta durante la gammagrafía vascular, y las imágenes fueron claras y limpias. Se alegró. Mientras guardaba los resultados en su carpeta se fijó en sus datos personales. Se llamaba Mireia. Era mayor de lo que pensaba: treinta y cuatro años. Exactamente los mismos que ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero no dejó que el miedo a la enfermedad, que a todos los trabajadores de sanidad invadía muchas veces, le afectara. Alejó los malos pensamientos con cuidado y se centró en el trabajo. Le dijo que podía esperar en la sala “caliente” las dos horas que tenía que esperar para realizar la siguiente prueba, o, al ser una persona joven sin dificultades para desplazarse, también podía salir del recinto hospitalario siempre y cuando se mantuviera lejos de otras personas para minimizar el riesgo de radiación, especialmente de ancianos y niños.

La joven la escuchó atenta y le dijo que prefería salir fuera. Le aseguró que a las cinco y media estaría puntual en la sala. Con su radiante sonrisa y un ligero temor se alejó por el pasillo de entrada.

Patricia atendió con presteza a las cuatro siguientes pacientes, todas mujeres mayores. Todas se quedaron en la sala “caliente”.

Al pasar las dos horas preceptivas su compañero y ella fueron a recoger a la anciana a la sala y la trasladaron al segundo cubículo, donde le realizaron la gammagrafía ósea pertinente. Observó las imágenes con puntitos verdes brillantes por varias zonas de su cuerpo. Seguramente metástasis óseas secundarias a un cáncer. Insertó los resultados en la carpeta de la paciente y avisó a la médico radióloga para que pudiera analizarlo en detalle y realizar el informe para el especialista.

Con dulzura le acompañaron a la sala de recepción, donde le esperaban sus familiares, que con la misma dulzura y mucha paciencia fueron caminando hacia la salida.

En el segundo cubículo le esperaba la joven. Volvió a sentir un terrible escalofrío, que identificó como un sentimiento ambivalente entre el miedo y la tristeza.

Le hizo la gammagrafía ósea. La imagen reflejaba múltiples puntitos verdes muy localizados en un hueso. Seguramente un tumor aislado. Salió de la sala y se lo comentó a la radiológa, que le pidió que realizara pruebas adicionales para asegurarse de que se trataba de un único tumor y para determinar de qué tipo.

Le explicó a la joven que debía realizarle más pruebas. La joven cambió su sonrisa por una mueca de sorpresa y miedo. La comprendió e intentó tranquilizarla. Para ello le preguntó qué tal había ido el paseo. Ella le dijo que los había tenido mejores, pero que al menos no hacía demasiado frío. Mientras la pasaba a un tercer cubículo con su respectiva imponente máquina, Mireia la observaba y le dijo que le parecía que llevaba un peinado muy bonito, que estaba muy guapa con él. Le agradó su comentario y se sintió cómoda para confesarle que antes había sido peluquera, pero que no se sentía realizada y había decidido estudiar radiología para hacer algo que la llenara más y le hiciera sentir que su trabajo aportaba algo positivo a la humanidad. La joven asintió complacida y le dijo que como peluquera le parecía extraordinaria, y que el trato que le estaba dando también, que le ayudaba a sentirse mejor y más tranquila. Ambas sonrieron y continuaron con las tres pruebas adicionales que le fue indicando la radióloga. Entre dos pruebas vio como Mireia escribía un mensaje en su teléfono móvil.

Al finalizar la joven le pidió conocer los resultados. Patricia, muy prudente, le explicó que comprendía su inquietud pero que hasta que la radióloga no analizara las pruebas y emitiera el informe, no sabrían con certeza el diagnóstico. Y que, además, esa tarea informativa correspondía a su especialista. La joven, nerviosa, le explicó que venía con un traslado de expediente desde otra comunidad autónoma y que no tenía cita con el especialista hasta tres semanas más tarde, que si no le decían algo pasaría esas tres semanas muy angustiada, y que al menos le orientara para no tener que pasar por aquel calvario.

Patricia se conmovió. Tres semanas son muchos días, minutos y segundos para estar dando vueltas y más vueltas, temiendo lo peor. Le dijo que iría a hablar con la radióloga a ver si podía hacer algo, pero que no le prometía nada. La joven le sonrió entusiasmada y casi dando saltitos de alegría, le dio las gracias.

La radióloga que estaba de turno aquella tarde se mostró receptiva y comprensiva. Fue con Patricia hasta el último cubículo y le explicó a la paciente que le habían realizado más pruebas de las esperadas para cerciorarse de su diagnóstico y que, inicialmente, parecía un tumor óseo aislado, sin signos de metástasis. Que se lo confirmarían en la visita al especialista, pero que de entrada podía estar tranquila. Todo lo tranquila que se podía estar ante semejante situación.

Mientras hablaban, la doctora se sentó junto a ella y le cogió la mano, le sonrió y le habló con voz suave y palabras consoladoras. Patricia se sintió orgullosa de ella misma, de sus compañeros y de su trabajo.

Acompañó a la joven hasta el pasillo de la salida, en un silencio afectuoso. Las dos se transmitían cierta ternura, de esa que no se puede explicar con palabras, que simplemente se siente y ya está. Disfruto de ese momento de cómplice simpatía.

Al acabar la jornada estaba cansada pero satisfecha. Su vida se había transformado mucho en los últimos años, pero se sentía feliz. Era quien quería ser, y hacía un trabajo que amaba. De alguna extraña manera asoció aquella noche que, entre gritos y lágrimas, decidió cambiar su vida, con la sonrisa de aquella joven. Lo que en un momento fue un infierno, ahora era su propio cielo. Se fue a dormir dichosa, pensando en la hermosa sonrisa de Mireia. Somnolienta le deseo lo mejor.

3. Manuela

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Vaya mierda de mañana. Se había tenido que levantar a las ocho para recoger a su nieto de cinco años y llevarlo al colegio porque su hija era una inútil. Así de simple: una inútil. Se enamoró de un idiota, se casaron, tuvieron un hijo y luego el muy capullo se la pega con otra. Y en vez de solucionar las cosas, va y se separa. ¿Y quién paga la cagada? Ella, por supuesto. Igual que con su hijo, con treinta años y viviendo en casa. Tanto estudiar para trabajar en un restaurante y seguir estudiando. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo tenía que aguantar las malas decisiones de sus hijos? Manuela, a sus sesenta y cuatro años, se sentía frustrada y enfadada.

Se había casado joven, y había cuidado de su marido y de sus hijos maravillosamente. “Yo sí soy una mujer hecha y derecha”, eso se decía siempre a sí misma por haberse enfrentado a todas las dificultades que se le habían presentado. Su marido se había dado al alcohol y ella había aguantado todas sus movidas hasta que murió diez años atrás de un cáncer de hígado. Había dado una buena y cristiana educación a sus hijos, les había enseñado el buen camino. Y no había servido de nada. Eran los dos unos inútiles. No servían para nada. Habían tenido parejas que no valían un duro, trabajos de pena, con horarios de pena y salarios de pena. ¿Para eso tanto esfuerzo? Pues ahora ya le daba igual. Sabía que sus errores eran porque no le escuchaban, y ella siempre tenía razón. La situación actual se lo había demostrado. Ya avisó a su hija de que su marido no era de fiar desde el principio. Ningún hombre lo es. Son todos unos egoístas y desconsiderados. Y a su hijo también, ya le dijo que no estudiara una carrera, que era caro y ahora lo de tener carrera no servía para nada. Tenía que haber aceptado cuando su tío le ofreció trabajo en la fábrica. Pero él quería estudiar, y ahora tenía que limpiar su ropa y preparar su comida.

Vaya mierda de día. Encima tenía cita en el médico para revisar el azúcar y el colesterol, que los tenía por las nubes. Le habían mandado a hospital a un especialista para que le dijesen que tenía que comer y cómo. ¡Lo que le faltaba! Medicuchos a ella. Eran todos unos prepotentes y resabidos.

Al menos le acompañaba su vecina Juana, que ella sí que le entendía. También tenía tres hijos igual de idiotas que los suyos. Siempre con problemas por no escucharla, y la pobre Juana, como ella, teniendo que dar la cara por todos ellos.

Desde luego la maternidad había resultado ser toda una farsa. De eso mismo hablaban en el metro dirección a Trinitat Nova. Juana le daba la razón: porque en su época tocaba tener hijos y era lo que tenían que hacer, que si no, ninguna los hubiera tenido. Dedicarte a cambiar pañales, dar biberones, dormir mal, aguantar a maridos siempre insatisfechos que no colaboraban en nada. Y luego paga buenos colegios, uniformes, libros, instituto y un largo etcétera de obligaciones para llegar a esta edad y que ninguno te tenga en cuenta. Cada uno a su rollo, con sus historias, sin escuchar a sus sabias e inteligentes madres. Así les iba, lo tenían merecido.

Juana le contaba que había tenido que cuidar a sus dos nietos dos tardes esta semana, como si fuera una chacha gratuita. Y no es que no le gustara estar con sus nietos, si los nietos son lo más maravilloso del mundo, pero ya podrían preguntarle si le iba bien. De todas maneras, mejor así, que la semana anterior no se los habían llevado ningún día. Cómo si ella diera igual y no tuviera derecho a verlos. Desconsiderados.

“Ay, Juana, como te entiendo. Son unos egoístas como sus padres. Sólo piensan en ellos. Con la excusa de que no trabajamos parece que te tenemos que estar siempre a su disposición. ¡Y una mierda! Me va a oír mi hija esta tarde cuando me llame. Ya la voy a poner yo en su sitio. María tiene que dejar ese trabajo que tiene, que gana una miseria. Siempre está con lo de que el trabajo está muy mal y tal, pero eso son excusas. Quien busca, encuentra, seguro. Y hoy que Javi se busque la vida con la comida, no pienso llegar y ponerme a cocinar. Que se espabile. Y más le vale dejar la cocina bien limpita, que no soy la criada de nadie. Que la semana pasada hizo la cena él todas las noches y dejo porquería en un lado o en otro. Que no saben ni limpiar. Cuatro gritos buenos le pegué. ¡Y encima ni me contestó! Claro, ¿qué me va a decir?Que pasa muchas horas trabajando y muchas estudiando y está muy cansado. Si esa excusa ya me la conozco. Pero para irse de juerga por ahí está perfectamente. Que el mes pasado salió dos veces. ¿A quién se cree que engaña? Es que encima se creen que somos gilipollas.”

Juana asentía, gesticulando ante las quejas inacabables de Manuela. Si es que tenía razón. Siempre lo mismo. Así se reafirmaban mutuamente y se apoyaban en sus vidas amargadas por culpa de sus hijos.

“Vaya, eso digo yo. Que se creen que somos gilipollas. Y nosotras teniendo que aguantar esto. Que no digo que no haya que ayudarles, pero cuando nos vaya bien, que también tenemos nuestras cosas. ¿Tú te crees que alguno de mis hijos se preocupa por mi rodilla? Con lo que me duele. Y les da igual. La última vez que tuve revisión en el traumatólogo sólo me acompañó mi Juan, que las otras estaban muy ocupadas para pedir un día libre. ¿Qué te parece, eh? Pues eso, que encima como si lo nuestro no importara. Pero ya les dije yo que la próxima vez que haya que correr al hospital por el asma de Inés, ya correrán ellos, yo pienso pasar. En mi casa bien tranquila me voy a quedar. Y encima tendré que aguantar que me diga que soy una rencorosa y que hago un drama de todo. Pero es que se merecen su propia medicina. Que luego bien que me buscan cuando necesitan algo.”

Embarcadas en aquella competición por ver quién tenía los peores hijos, y aguantaban los peores agravios, pasaban las paradas del metro sin apenas considerar que el elevado volumen de su voz podía importunar al resto de pasajeros, en un vagón atestado de desconocidos.

En un momento dado Manuela se fijó en una joven que estaba justo junto a ella. Se agarraba con fuerza con el brazo izquierdo en la barra mientras intentaba quitarse un pañuelo negro del cuello. La joven les miraba curiosa. Subió el volumen de su voz para que le oyera.

“Mira Juana, mira la tía esta que nos mira. Es una descarada, cotilleando nuestra conversación. Seguro que es una de esas médicos prepotentes del hospital, de las que se lo saben todo y se creen con derecho a decirnos lo que tenemos y no tenemos que hacer. Hija mía tendría que ser, ya le iba a decir yo que las conversaciones ajenas no se escuchan, que es de mala educación. Pero claro, hoy día lo de la educación no se lleva, que ya podría apartarse un poco, que casi se me sienta encima. Seguro que es de esas que si están sentadas ni se levantan cuando ven a una persona mayor como nosotras. Que no digo yo que seamos viejas, eh.”

“Manuela, que no te enciendas, si no sirve de nada. Si eso te mueves un poco más hacia allí y que se tenga que quitar. Que vaya mala educación que hay hoy en día. Si ya les digo yo a mis hijos que eso lo tienen que enseñar desde pequeños a mis nietos. Que ahora con eso de nada de pegar ni gritarles ni nada a ver qué coño haces cuando se portan mal. Pues cuando no están bien firmes que los pongo. Alguien tiene que hacerlo para que no pasen cosas como esta. Que luego viene mi hijo y me dice que en mi casa se portan fatal y se suben por los sofás y hacen lo que les da la gana. Pero claro, no les pegues ni les grites. ¡Anda ya! Pues que hagan lo que quieran. Que yo ya eduqué a los míos. Ahora soy abuela y estoy para malcriarlos. Que también me lo echan en cara, eh. No te vayas a pensar que me agradecen algo. El otro día, sin ir más lejos, voy y les compro unos teléfonos móviles de estos baratos que tienen juegos, que así están entretenidos y no me dan guerra. Y va y se enfada. Que ya te digo yo, que hagas lo que hagas no sirve de nada.”

La joven, incómoda ante el ataque verbal de la señora, se desplaza unos centímetros hacia atrás. Es todo lo que se puede mover sin acabar encima de ningún otro pasajero. Mira alternativamente hacia el panel informativo y las mujeres que continúan con su retahíla de quejas.

Manuela y Juana mantienen el volumen elevado de su voz. Su conversación pasa del descontento con sus hijos, al disgusto con otros vecinos, al malestar por las enfermedades, tratamientos y terapeutas en general. Poco después pasan a protestar por los precios de la fruta en el mercado, y por el trato que reciben de los tenderos del supermercado de la esquina de su casa.

Poco antes de llegar a la parada de Vall d´Hebrón, se levantan de sus asientos y, entre empujones poco sutiles, se sitúan frente a la puerta.

Justo detrás de ellas se coloca la joven, cuidadosamente, para evitar siquiera rozarlas con el agitado vaivén del vagón del metro.

Manuela se gira para comprobar que no se dejan nada en los asientos, la ve. Indiscreta y retadora se la queda mirando y prosigue sus reiterados reproches contra ella, contra la humanidad en general, en toda una disertación política y filosófica digna de estudio:

“Lo que yo te diga. Que el mundo se va a la mierda y nosotras aguantando. Si es que esto con Franco no pasaba. La juventud de hoy en día tendría que comerse una buena dictadura como hicimos nosotras. Así verías tú que pronto se les quitaban las tonterías. Que cuando yo era joven como no me comportara como mi padre quería, una buena bofetada y ya se te quitaban las ganas de hacer el gilipollas. Si es que al final tenía razón. Lo hacía por mi bien. Mira que en gran persona me he convertido y todo lo que he logrado. Lástima que sea tarde, sino buenas bofetadas les hubiera dado a los míos en su momento y la de mierda que me habría ahorrado.”

La joven la miró estupefacta. No sólo ella: muchas personas del vagón se giraron ante semejantes afirmaciones. Mientras los pasajeros bajaban en la parada, entre ellos Manuela, Juana y la joven, se inició un espontáneo debate sobre la política, la educación y la cultura.

Manuela no lo supo nunca, pero generó un gran rechazo en la mayoría de pasajeros con los que había compartido lo que ella consideraba su gran experiencia y sabiduría.

Manuela tampoco supo nunca quién era ni por qué viajaba aquella joven, Mireia, en su mismo vagón de metro, a la misma hora. Lo cierto es que tampoco le importó ni volvió a pensar en ella nunca más. Tenía demasiadas preocupaciones y demasiadas situaciones que solucionar a su manera en la cabeza, como para dar cabida a una desconocida entrometida.

Fotografía y texto de Sara de Miguel

¡Feliz lunes!

2. El vuelo de ida

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Por fin había llegado el día. Apenas había podido pegar ojo en toda la noche repasando mentalmente todos y cada uno de los pasos que debía seguir. Ni siquiera llegó a sonar el despertador, puesto a las cinco de la madrugada. Diez minutos antes ya estaba en pie.

Se había levantado con prudencia. Su marido y sus tres hijos dormían plácidamente y no deseaba importunarlos. Se había vestido en un silencio absoluto. Había seleccionado ropa cómoda: un pantalón elástico y un jersey largo de punto.

Preparó la ropa de cada uno de sus hijos. Los gemelos tenían educación física y les dejó una camiseta para cambiarse en las mochilas del colegio. Alicia tenía que pagar una excursión y firmó el consentimiento, adjuntó el dinero y lo metió en su mochila. Dejó una nota en la cocina con las meriendas que debía preparar su marido Jan y las fiambreras correspondientes marcados con sus nombres en rotulador indeleble.

Con cuidado de evitar hacer cualquier ruido repasó el contenido de su bolso: cartera, carpeta con la documentación, el ebook, un bálsamo hidratante para los labios que se le agrietaban con el frío, caramelos de menta que le aliviaban la sequedad bucal cuando se ponía nerviosa, las llaves de casa y del coche, el teléfono móvil y un neceser con cepillo de dientes, pasta de dientes, desodorante y una muestra de perfume. Fue hasta la estantería del salón y cogió los billetes de ida y vuelta para el mismo día y los metió con cuidado en el bolsillo externo del bolso.

Se puso un pañuelo grande y negro al cuello y su chupa favorita. Fue a los dormitorios de sus hijos y con cariño les acarició sus infantiles rostros. Se despidió de ellos con un ósculo en la frente, no sin antes dejarse embelesar durante unos segundos por la imagen que desprendían, rebosante de extraordinaria ternura.

Entró en su dormitorio y despertó a Jan con un dulce beso en la punta de la nariz. Él la miró y atrajo su cara con ambas manos hacia él y la beso con fuerza. Le susurró al oído “Llámame en cuanto llegues. Te quiero”. Mireia asintió y le dijo “Yo te quiero más y lo sabes”. Ambos sonrieron. Ella se fue dedicándole un guiño de complicidad.

Salió de casa y cerró la puerta con la llave desde fuera para no despertar a los pequeños. Se subió en el coche y condujo los treinta kilómetros que separaban el pueblo en el que vivían del aeropuerto. Una vez allí, lo dejó aparcado en el parking y caminó hasta la terminal de salidas.

Entró por las puertas automáticas y buscó su destino en la pantalla: Barcelona. Embarque a las seis y media en la puerta D94.

Se dirigió hacia el control de seguridad. Extrajo de su bolso el neceser y el teléfono móvil, se quitó los botines deportivos y depositó todo en una de las cajas de plástico apiladas junto a la cinta. Esperaba que nadie se fijara en sus calcetines, ya que siempre llevaba uno de cada color. Era una manía curiosa que tenía desde pequeña. A sus hijos les hacía mucha gracia, aunque Jan lo encontraba absurdo y a menudo se reían de ello.

Escuchó el alboroto de unos jóvenes que hacían cola detrás suya. Hasta ese momento había estado como en trance, sin procesar los sonidos de su alrededor. Se giró y vio un grupo de chicos riendo y haciéndose bromas. Por el acento y el vocabulario dedujo que al menos los dos que hablaban más alto eran de orígen argentino. Le divirtió ver cómo se azuzaban.

Llegó su turno para pasar por el arco de seguridad. Lo traspasó y se mantuvo silencioso. Recogió sus pertenencias y se puso los botines de nuevo. Mientras lo hacía observó a su alrededor y pensó qué vorágine son los aeropuertos. Un caos atestado de personas desconocidas con el único objetivo de volar a otro lugar, con sus propias historias, protagonistas de un efímero capítulo que les unía en un mismo sitio en un mismo momento.

Comenzó a caminar hacia la puerta de embarque. Sintió un calor excesivo por el aire acondicionado y se quitó el pañuelo del cuello que, por descuido, cayó al suelo. Se agachó a cogerlo y al levantar la mirada se cruzó con la de uno de los jóvenes que caminaban detrás. Sin reparar apenas en él, continuó su trayecto marcado por los paneles señaladores que colgaban de las paredes junto a variopintos anuncios que ofrecían las diversas fuentes de diversión y atracciones turísticas de la ciudad.

Pasado el control de pasaje subió con parsimonia en el avión. Buscó su asiento, situado en las filas traseras, junto a la ventanilla. Siempre que podía elegía ventanilla, dado que le encantaba deleitarse con el espectáculo que la bóveda celeste le ofrecía a varios cientos de metros sobre el suelo. Se sentó y a continuación se quitó la chupa y la colocó, junto a su aparatoso bolso y el pañuelo, en el asiento contiguo, que permanecía vacío. Se sentó y se ajustó el cinturón alrededor de su menuda cintura. Posó cuidadosamente el bolso entre sus piernas y la chupa y el pañuelo sobre su regazo. Por experiencia sabía que, a menudo, tras el despegue, bajaba la temperatura dentro del avión y quizá los necesitara.

Mientras se encendían y apagaban luces dentro del aparato y una voz grabada proporcionaba instrucciones de seguridad durante el vuelo, añoró a Jan a su lado. Las dos ocasiones anteriores que había tenido que desplazarse a Barcelona le había acompañado y todo había sido más ligero. Ahora, sola, se sentía somnolienta y angustiada. Recordó quince días atrás cómo le cogía la mano con fuerza durante el despegue, y se deleitó en aquella insignificante pero hermosa reminiscencia.

Fue consciente de que apenas había percibido su alrededor durante las dos horas que habían transcurrido desde que se levantara. Había actuado como una autómata, preparada y eficaz, pero insensible a los estímulos externos. Mientras los pensamientos se agolpaban en su cabeza y la inquietud la oprimía contra su voluntad, miró alrededor y se dio cuenta de que el avión iba prácticamente vacío. Supuso que debido a que a nadie le gusta madrugar, aunque a ella le era indiferente, desde que tuvo los niños se había acostumbrado a dormir temprano y despertarse temprano, cuando no tenía de levantarse en mitad de la noche para atender cualquiera de sus múltiples necesidades. Lo cierto es que lo hacía encantada. Para Mireia no había nada comparable en el mundo a ser madre. Recordando los vuelos con sus hijos decidió distraerse con las imágenes de las nubes algodonadas bailando una extraña danza matutina al otro lado de la ventanilla.

Jugaba mentalmente a imaginarse formas, tal como lo hacía con sus pequeños cuando viajaban. Siempre le sorprendían con su interminable ingenio y fantasía. Pudo intuir un elefante con la trompa en alto, y un dragón volador, como Fujur en La Historia Interminable.

A pesar de estar gratamente abstraída en tan ameno juego, se percató de que alguien se había sentado justo detrás de ella y la observaba. Se giró sorprendida al encontrar al joven con quien había cruzado la mirada cuando se le cayó el pañuelo en el aeropuerto, apenas a unos centímetros de su rostro. No le dio importancia, lo atribuyó a una de tantas coincidencias que se dan en la vida, y devolvió toda su atención al horizonte nublado, matizado con mil colores provocados por el reflejo de los primeros rayos de sol, dejándose seducir por tamaña exhibición de belleza.

Inesperadamente el joven le dijo “Es lo más relindo que he visto nunca”. Sorprendida se giró hacia él y le miró. Era un muchacho de aspecto agradable. Debía tener como diez años menos que ella, veintitantos, moreno, de ojos claros y tímida sonrisa. Le pareció inofensivo y, suponiendo que se refería al espectáculo que ofrecía el edén de algodones que les rodeaba, le contestó “Es cierto, es muy bonito”.

Pensó que el joven debía estar aburrido de tanta cháchara con sus compañeros y buscaba un poco de tranquilidad. Volvió a girarse para contemplar el cielo infinito que les separaba de un destino común. Aprovechó para reflexionar sobre las pequeñas y hermosas cosas de la vida que apenas valoramos en la barahúnda cotidiana, como aquel hermoso firmamento. Ya nadie mira el cielo con intención de tan sólo disfrutar de su belleza.

Entonces el atrevido muchacho susurró “Me refería a vos”. Mireia le miró sorprendida por la osadía y complacida por el cumplido. Le sonrió abiertamente, divertida. No pudo evitar sonrojarse y agachó la cabeza en un gesto avergonzado. Ciertamente era argentino, y tras sus palabras pensó que tenían merecida fama por su labia conquistadora. Levantó la vista y se encontró con la de él. Detectó un atisbo de ingenua sinceridad que le conmovió. Sintió una punzada de culpabilidad por no poder corresponder tan preciosas palabras. Su corazón le brindó una respuesta franca y con ternura le contestó “Seguro que allá donde vayas habrá una chica que merezca un piropo tan bonito”.

Dando la espalda a Sebas, dio por zanjada aquella extraña conversación entre dos completos desconocidos.

Sintió durante el resto del vuelo la intensa presencia de él sentado detrás suya.

Mireia se mantuvo en su asiento, sin atisbo de malestar por lo sucedido. Quedó pensativa, deseando con sinceridad que allá donde fuera aquel intrépido muchacho encontrara al amor de su vida, le dijera aquellas hermosas palabras, y fueran correspondidas.

El resto del vuelo sus pensamientos fueron todos para su marido y sus hijos. Los amores de su vida.

Comprendió que el amor a primera vista no es amor. El amor es haberlo vivido todo, haberlo compartido todo: lo bueno y lo malo, la rutina y lo extraño, lo fácil y lo difícil. Amar es haber crecido juntos, estar creciendo juntos de la mano cada día. Comprendió que amar es aprender a amar uno del otro y, a pesar del esfuerzo, seguir amando.

Fotografía y texto de Sara de Miguel

¡Feliz lunes!

1. Sebas

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Por fin había llegado el día. Volvía a casa. Buenos Aires le esperaba. Le esperaban su mamá y sus dos hermanas pequeñas. Se sentía ansioso por verlas: seguro que habían crecido y estaban lindas y divertidas.

Se había marchado dos años atrás, con cinco compañeros, para trabajar en un hotel turístico en España. Le gustaba España y su gente. Se sentía cómodo entre los clientes y disfrutaba de su trabajo. Era uno de los camareros de la piscina nocturna y siempre habían fiestas. Había ganado suficiente dinero para vivir bien y ahorrar para volver unos meses al hogar y ayudar con los gastos de criar a dos pequeñuelas. Su madre se sentiría orgullosa. Él mismo se sentía orgulloso.

Compartía apartamento en el hotel en el que trabajaba con otros dos compañero de trabajo. Se había levantado sin hacer mucho ruido, se había duchado y vestido en un silencio lleno de alegría, aunque teñido con un poco de nostalgia. Añoraría las rutinas: levantarse a mediodía, comer por la tarde, y trabajar hasta la madrugada sirviendo copas a jóvenes enloquecidos por vivir unas breves vacaciones en un paraíso de playas, discotecas, alcohol y sexo anónimo y descontrolado.

A las seis en punto estaban los seis compatriotas en la puerta del hotel con sus macutos. No había lugar para demasiados enseres, sólo algo de ropa y los objetos de higiene. Ni siquiera llevaba libros o fotos. Todo estaba adecuadamente comprimido en la nube, accesible desde su teléfono móvil de última generación.

Todos se mostraban entusiastas y animados. Parloteaban sin parar de anécdotas acumuladas por demasiadas horas en su peculiar trabajo, y por historias antiguas en su tierra. Todos tenían familia esperando su regreso. Las emociones les embargaban y se apreciaba en el ambiente.

No hubieron despedidas. Ya habían dicho hasta pronto en las últimas semanas a las muchas amistades, compañeros y conocidos. Cogieron el autobús hasta el aeropuerto y en diez minutos se encontraban frente a la terminal de salidas. Consultaron la puerta de embarque en las pantallas, llenas de vuelos con diferentes destinos. Y allí estaba el suyo: primera escala en Barcelona. Embarque a las seis y media en la puerta D94.

Entre bromas y risas se dirigieron al control de seguridad. Fueron poniendo sus macutos, carteras, teléfonos y cinturones en las pequeñas cajas de plástico. Las pusieron en las cintas automáticas para que pasaran por el visor, mientras hacían cola como niños en la puerta de un colegio frente al arco de seguridad. Fueron pasando uno a uno. El arco se mantuvo silencioso. Pasaron al otro lado y recogieron sus pertenencias mientras Sebas pensaba en qué quilombo son los aeropuertos. Un caos atestado de personas desconocidas con el único objetivo de volar a otro lugar, con sus propias historias, protagonistas de un efímero capítulo que les unía en un mismo sitio en un mismo momento.

Entonces la vio a ella. Caminaba justo por delante de su ruidoso grupo de amigos. Mientras se quitaba del cuello un pañuelo negro, éste se le cayó al suelo y lo estaba recogiendo. Era una chica menuda, quizá demasiado delgada para su gusto. Tenía el cabello largo y castaño. Iba vestida muy discreta, con un jersey largo de punto a rayas azul marino y gris, unos pantalones ceñidos negros y unos botines deportivos. Llevaba un bolso grande, negro, con tiras a lo cowboy tal como marcaba la moda, y llevaba una chupa negra apoyada en el bolso. Si no se hubiera cruzado con su mirada quizá jamás hubiera reparado en ella. Parecía una niña pequeña, con su aspecto reservado y circunspecto.

Pero la había visto y ahora no podía quitar la mirada de su espalda, ansioso por verla más de cerca, inquieto por la sensación que le había creado el breve cruce de miradas no intencionadas.

Casualidades de la vida: estaba en la fila de embarque de su mismo vuelo. Sintió como su estómago se revolvía ante la posibilidad de compartir el escaso espacio físico de un avión con ella.

Sus compañeros continuaban con la sarta de anécdotas y bromas, que ya le parecían indiferentes. De hecho, desde el instante en que vio los ojos de ella, todo le era indiferente. Ya no sentía el entusiasmo por volver a casa, ni siquiera la añoranza por su vida llena de rutinas poco convencionales. El mundo se había parado en una mirada. Pensó que quizá eso era el amor. Le recordaba a la primera vez que beso a una chica, cuando tenía catorce años, en el patio trasero de su colegio. Doce años más tarde su cuerpo y su mente le explotaban por dentro sin poder controlarlo ante una completa desconocida.

La vio subir al avión con su caminar parsimonioso. Se sentó en una de las filas traseras. Ellos tenían asientos asignados al final del todo, en la cola.

Ya en sus asientos, vio que el avión iba casi vacío. Apenas habían filas llenas. Supuso que porque era el primero de la mañana y a nadie le gusta madrugar. A él menos que a nadie, y menos cuando por su horario de trabajo tenía el metabolismo cambiado, nocturno. Pero eso ahora le parecía una nadería, porque ella estaba allí y podía verla sin que ella ni siquiera se percatara.

No podía dejar de mirarla. Ella estaba unas pocas filas delante, sentada junto a una ventanilla, y colocaba el bolso, la chupa y el pañuelo en el asiento contiguo, vacío, mientras se abrochaba el cinturón. Después procedió a colocar el bolso entre sus piernas y la chupa y el pañuelo en su regazo. Se preguntó cómo sería estar en su regazo. Le pareció el lugar más acogedor del mundo. Deseo poder acercarse y acomodar su cabeza en su regazo, y que, sin mediar palabra, ella le acariciara su cabello largo y oscuro. Cerró los ojos y saboreo aquel momento imaginario de intimidad.

Mientras se encendían y apagaban luces dentro del aparato y una voz grabada proporcionaba instrucciones de seguridad durante el vuelo, fantaseó con, a su vez, poder acariciar su pelo lacio brillante, y pasar los dedos por sus labios carnosos y rosados.

Había una sensualidad en los movimientos de ella poco común. Unos rasgos dulces y aniñados, un aspecto juvenil y una oscilación en cada parte de su cuerpo que le agitaba la garganta.

En algún momento sus amigos se dieron cuenta de que su mente estaba completamente fuera de la conversación. Se rieron de él cuando percibieron el objeto de su mirada, inmutable, como fijada con pegamento a aquella chica desconocida. Uno de ellos le dijo “Esa piba no te la pillas, así que no te recalientes, boludo”. Tenía razón. No era una piba cualquiera, no era una niñata fiestera de sexo esporádico sin implicación emocional. Él mismo sintió que no podría mantener ese tipo de relación, tan frecuente durante la temporada de trabajo, con ella. Fue consciente por un momento de que le sucedía algo intenso y diferente. Estaba claro que sus amigos no captaban la esencia de lo que estaba sucediendo, ya que simplemente le ignoraron y continuaron con sus mofas. Agradeció aquella ignorancia por parte de ellos para poder continuar dedicando todos sus sentidos a la musa que le había conquistado sin ni siquiera mediar palabra.

Despegaron. El avión se posó con ciertas turbulencias sobre las nubes. Se apagaron las luces de mantener el cinturón abrochado y, sin pensarlo, se levantó y se sentó el asiento justo detrás de ella.

Pudo verla de cerca por primera vez. Se le aceleró el ritmo cardíaco tanto que pensó que ella podría oírlo. Ese pensamiento hizo que automáticamente se acelerara más y más, hasta dejarle sin aliento. La miro por el estrecho espacio que quedaba entre el respaldo de su asiento y la ventanilla por la que ella miraba sonriente. Con una sonrisa moderada que iluminaba todo su semblante. No llevaba maquillaje. Era una belleza natural. Pudo apreciar que seguramente ella era mayor que él, mayor de lo que había imaginado en un primer momento. Quizá rondaba los treinta. Tenía pequeñas pecas en la nariz y unos ojos marrones intensos y brillantes. Pudo apreciar unas minúsculas ojeras, supuso que por el horario del vuelo. Olía a flores y campo, un perfume sencillo y agradable.

La continuó mirando fijamente sin poder evitarlo, sin ni siquiera percibir que ella se daba cuenta y se giró hacia él curiosa ante su presencia inadecuadamente tan cercana.

Sebas se sintió como un niño pillado haciendo una trastada. Enrojeció y cambio el objeto de su mirada a la ventanilla, sin siquiera observar el hermoso amanecer que se presentaba ante ellos.

Ella volvió su mirada hacia la ventanilla. Él volvió su mirada hacia ella. La vio como oteaba el horizonte nublado, matizado con mil colores provocados por el reflejo de los primeros rayos del sol. Mantuvo su sonrisa. Esa sonrisa especial, deslumbrante, abrumadora.

En un alarde de valentía Sebas le dijo a la chica “Es lo más relindo que he visto nunca”.

Ella le miró, y él pudo percibir la sorpresa en su bello rostro. Volvió la mirada hacia el cielo y le contestó “Es cierto, es muy bonito”. Tenía una voz melodiosa y sincera. Sin duda ella se refería al espectáculo que ofrecía el edén de algodones al otro lado de la ventanilla.

La tenía tan cerca, sentía su aliento fresco y mentolado. Sentía la calidez de su piel. Sentía su sublime divinidad. Imaginó el futuro: quería que fuera el amor de su vida, la madre de sus hijos, la mujer maravillosa con quien envejecer. Pero sólo disponía de apenas una hora para que ella también lo supiera. Después aterrizarían y sus vidas continuarían. Quién sabía quién era ella, a dónde se dirigía y por qué. Quién sabe si el dado azaroso de la vida la volvería a poner en su camino, le volvería a dar la oportunidad de sentirla.

El arrebato de temor que le envolvió como una puñalada trapera se transformo en valentía. Aclamado por el impulso de su pulso acelerado, dejó brotar las siguientes palabras en su boca “Me refería a vos”.

Ella le miró. Le escrutó con una mirada sorprendida y complacida a partes iguales. Un atisbo de esperanza lleno los pulmones de Sebas. Ella sonrió abiertamente, divertida. Se sonrojó, agachó la cabeza en un gesto avergonzado y al volver a mirarle ella le transmitió la sensación de que era un niño pequeño a quien iban a reprender por haber hecho algo equivocado pero inocente, sin reproches y con cariño. Con ternura ella le contestó “Seguro que allá donde vayas habrá una chica que merezca un piropo tan bonito”.

Dando la espalda a Sebas dio por zanjada aquella extraña conversación entre dos completos desconocidos.

Sebas se quedó el resto del vuelo en el asiento tras ella, observándola con amor y tristeza.

Ella se mantuvo en su asiento, sin atisbo de malestar por lo sucedido. Quedó pensativa, deseando con sinceridad que allá donde fuera aquel intrépido muchacho encontrara al amor de su vida, le dijera aquellas hermosas palabras, y fueran correspondidas.

Texto de Sara de Miguel y fotografía de Tomeu Mir.