3. Manuela

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Vaya mierda de mañana. Se había tenido que levantar a las ocho para recoger a su nieto de cinco años y llevarlo al colegio porque su hija era una inútil. Así de simple: una inútil. Se enamoró de un idiota, se casaron, tuvieron un hijo y luego el muy capullo se la pega con otra. Y en vez de solucionar las cosas, va y se separa. ¿Y quién paga la cagada? Ella, por supuesto. Igual que con su hijo, con treinta años y viviendo en casa. Tanto estudiar para trabajar en un restaurante y seguir estudiando. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo tenía que aguantar las malas decisiones de sus hijos? Manuela, a sus sesenta y cuatro años, se sentía frustrada y enfadada.

Se había casado joven, y había cuidado de su marido y de sus hijos maravillosamente. “Yo sí soy una mujer hecha y derecha”, eso se decía siempre a sí misma por haberse enfrentado a todas las dificultades que se le habían presentado. Su marido se había dado al alcohol y ella había aguantado todas sus movidas hasta que murió diez años atrás de un cáncer de hígado. Había dado una buena y cristiana educación a sus hijos, les había enseñado el buen camino. Y no había servido de nada. Eran los dos unos inútiles. No servían para nada. Habían tenido parejas que no valían un duro, trabajos de pena, con horarios de pena y salarios de pena. ¿Para eso tanto esfuerzo? Pues ahora ya le daba igual. Sabía que sus errores eran porque no le escuchaban, y ella siempre tenía razón. La situación actual se lo había demostrado. Ya avisó a su hija de que su marido no era de fiar desde el principio. Ningún hombre lo es. Son todos unos egoístas y desconsiderados. Y a su hijo también, ya le dijo que no estudiara una carrera, que era caro y ahora lo de tener carrera no servía para nada. Tenía que haber aceptado cuando su tío le ofreció trabajo en la fábrica. Pero él quería estudiar, y ahora tenía que limpiar su ropa y preparar su comida.

Vaya mierda de día. Encima tenía cita en el médico para revisar el azúcar y el colesterol, que los tenía por las nubes. Le habían mandado a hospital a un especialista para que le dijesen que tenía que comer y cómo. ¡Lo que le faltaba! Medicuchos a ella. Eran todos unos prepotentes y resabidos.

Al menos le acompañaba su vecina Juana, que ella sí que le entendía. También tenía tres hijos igual de idiotas que los suyos. Siempre con problemas por no escucharla, y la pobre Juana, como ella, teniendo que dar la cara por todos ellos.

Desde luego la maternidad había resultado ser toda una farsa. De eso mismo hablaban en el metro dirección a Trinitat Nova. Juana le daba la razón: porque en su época tocaba tener hijos y era lo que tenían que hacer, que si no, ninguna los hubiera tenido. Dedicarte a cambiar pañales, dar biberones, dormir mal, aguantar a maridos siempre insatisfechos que no colaboraban en nada. Y luego paga buenos colegios, uniformes, libros, instituto y un largo etcétera de obligaciones para llegar a esta edad y que ninguno te tenga en cuenta. Cada uno a su rollo, con sus historias, sin escuchar a sus sabias e inteligentes madres. Así les iba, lo tenían merecido.

Juana le contaba que había tenido que cuidar a sus dos nietos dos tardes esta semana, como si fuera una chacha gratuita. Y no es que no le gustara estar con sus nietos, si los nietos son lo más maravilloso del mundo, pero ya podrían preguntarle si le iba bien. De todas maneras, mejor así, que la semana anterior no se los habían llevado ningún día. Cómo si ella diera igual y no tuviera derecho a verlos. Desconsiderados.

“Ay, Juana, como te entiendo. Son unos egoístas como sus padres. Sólo piensan en ellos. Con la excusa de que no trabajamos parece que te tenemos que estar siempre a su disposición. ¡Y una mierda! Me va a oír mi hija esta tarde cuando me llame. Ya la voy a poner yo en su sitio. María tiene que dejar ese trabajo que tiene, que gana una miseria. Siempre está con lo de que el trabajo está muy mal y tal, pero eso son excusas. Quien busca, encuentra, seguro. Y hoy que Javi se busque la vida con la comida, no pienso llegar y ponerme a cocinar. Que se espabile. Y más le vale dejar la cocina bien limpita, que no soy la criada de nadie. Que la semana pasada hizo la cena él todas las noches y dejo porquería en un lado o en otro. Que no saben ni limpiar. Cuatro gritos buenos le pegué. ¡Y encima ni me contestó! Claro, ¿qué me va a decir?Que pasa muchas horas trabajando y muchas estudiando y está muy cansado. Si esa excusa ya me la conozco. Pero para irse de juerga por ahí está perfectamente. Que el mes pasado salió dos veces. ¿A quién se cree que engaña? Es que encima se creen que somos gilipollas.”

Juana asentía, gesticulando ante las quejas inacabables de Manuela. Si es que tenía razón. Siempre lo mismo. Así se reafirmaban mutuamente y se apoyaban en sus vidas amargadas por culpa de sus hijos.

“Vaya, eso digo yo. Que se creen que somos gilipollas. Y nosotras teniendo que aguantar esto. Que no digo que no haya que ayudarles, pero cuando nos vaya bien, que también tenemos nuestras cosas. ¿Tú te crees que alguno de mis hijos se preocupa por mi rodilla? Con lo que me duele. Y les da igual. La última vez que tuve revisión en el traumatólogo sólo me acompañó mi Juan, que las otras estaban muy ocupadas para pedir un día libre. ¿Qué te parece, eh? Pues eso, que encima como si lo nuestro no importara. Pero ya les dije yo que la próxima vez que haya que correr al hospital por el asma de Inés, ya correrán ellos, yo pienso pasar. En mi casa bien tranquila me voy a quedar. Y encima tendré que aguantar que me diga que soy una rencorosa y que hago un drama de todo. Pero es que se merecen su propia medicina. Que luego bien que me buscan cuando necesitan algo.”

Embarcadas en aquella competición por ver quién tenía los peores hijos, y aguantaban los peores agravios, pasaban las paradas del metro sin apenas considerar que el elevado volumen de su voz podía importunar al resto de pasajeros, en un vagón atestado de desconocidos.

En un momento dado Manuela se fijó en una joven que estaba justo junto a ella. Se agarraba con fuerza con el brazo izquierdo en la barra mientras intentaba quitarse un pañuelo negro del cuello. La joven les miraba curiosa. Subió el volumen de su voz para que le oyera.

“Mira Juana, mira la tía esta que nos mira. Es una descarada, cotilleando nuestra conversación. Seguro que es una de esas médicos prepotentes del hospital, de las que se lo saben todo y se creen con derecho a decirnos lo que tenemos y no tenemos que hacer. Hija mía tendría que ser, ya le iba a decir yo que las conversaciones ajenas no se escuchan, que es de mala educación. Pero claro, hoy día lo de la educación no se lleva, que ya podría apartarse un poco, que casi se me sienta encima. Seguro que es de esas que si están sentadas ni se levantan cuando ven a una persona mayor como nosotras. Que no digo yo que seamos viejas, eh.”

“Manuela, que no te enciendas, si no sirve de nada. Si eso te mueves un poco más hacia allí y que se tenga que quitar. Que vaya mala educación que hay hoy en día. Si ya les digo yo a mis hijos que eso lo tienen que enseñar desde pequeños a mis nietos. Que ahora con eso de nada de pegar ni gritarles ni nada a ver qué coño haces cuando se portan mal. Pues cuando no están bien firmes que los pongo. Alguien tiene que hacerlo para que no pasen cosas como esta. Que luego viene mi hijo y me dice que en mi casa se portan fatal y se suben por los sofás y hacen lo que les da la gana. Pero claro, no les pegues ni les grites. ¡Anda ya! Pues que hagan lo que quieran. Que yo ya eduqué a los míos. Ahora soy abuela y estoy para malcriarlos. Que también me lo echan en cara, eh. No te vayas a pensar que me agradecen algo. El otro día, sin ir más lejos, voy y les compro unos teléfonos móviles de estos baratos que tienen juegos, que así están entretenidos y no me dan guerra. Y va y se enfada. Que ya te digo yo, que hagas lo que hagas no sirve de nada.”

La joven, incómoda ante el ataque verbal de la señora, se desplaza unos centímetros hacia atrás. Es todo lo que se puede mover sin acabar encima de ningún otro pasajero. Mira alternativamente hacia el panel informativo y las mujeres que continúan con su retahíla de quejas.

Manuela y Juana mantienen el volumen elevado de su voz. Su conversación pasa del descontento con sus hijos, al disgusto con otros vecinos, al malestar por las enfermedades, tratamientos y terapeutas en general. Poco después pasan a protestar por los precios de la fruta en el mercado, y por el trato que reciben de los tenderos del supermercado de la esquina de su casa.

Poco antes de llegar a la parada de Vall d´Hebrón, se levantan de sus asientos y, entre empujones poco sutiles, se sitúan frente a la puerta.

Justo detrás de ellas se coloca la joven, cuidadosamente, para evitar siquiera rozarlas con el agitado vaivén del vagón del metro.

Manuela se gira para comprobar que no se dejan nada en los asientos, la ve. Indiscreta y retadora se la queda mirando y prosigue sus reiterados reproches contra ella, contra la humanidad en general, en toda una disertación política y filosófica digna de estudio:

“Lo que yo te diga. Que el mundo se va a la mierda y nosotras aguantando. Si es que esto con Franco no pasaba. La juventud de hoy en día tendría que comerse una buena dictadura como hicimos nosotras. Así verías tú que pronto se les quitaban las tonterías. Que cuando yo era joven como no me comportara como mi padre quería, una buena bofetada y ya se te quitaban las ganas de hacer el gilipollas. Si es que al final tenía razón. Lo hacía por mi bien. Mira que en gran persona me he convertido y todo lo que he logrado. Lástima que sea tarde, sino buenas bofetadas les hubiera dado a los míos en su momento y la de mierda que me habría ahorrado.”

La joven la miró estupefacta. No sólo ella: muchas personas del vagón se giraron ante semejantes afirmaciones. Mientras los pasajeros bajaban en la parada, entre ellos Manuela, Juana y la joven, se inició un espontáneo debate sobre la política, la educación y la cultura.

Manuela no lo supo nunca, pero generó un gran rechazo en la mayoría de pasajeros con los que había compartido lo que ella consideraba su gran experiencia y sabiduría.

Manuela tampoco supo nunca quién era ni por qué viajaba aquella joven, Mireia, en su mismo vagón de metro, a la misma hora. Lo cierto es que tampoco le importó ni volvió a pensar en ella nunca más. Tenía demasiadas preocupaciones y demasiadas situaciones que solucionar a su manera en la cabeza, como para dar cabida a una desconocida entrometida.

Fotografía y texto de Sara de Miguel

¡Feliz lunes!

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