
3. Manuela

Vaya mierda de mañana. Se había tenido que levantar a las ocho para recoger a su nieto de cinco años y llevarlo al colegio porque su hija era una inútil. Así de simple: una inútil. Se enamoró de un idiota, se casaron, tuvieron un hijo y luego el muy capullo se la pega con otra. Y en vez de solucionar las cosas, va y se separa. ¿Y quién paga la cagada? Ella, por supuesto. Igual que con su hijo, con treinta años y viviendo en casa. Tanto estudiar para trabajar en un restaurante y seguir estudiando. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo tenía que aguantar las malas decisiones de sus hijos? Manuela, a sus sesenta y cuatro años, se sentía frustrada y enfadada.
Se había casado joven, y había cuidado de su marido y de sus hijos maravillosamente. “Yo sí soy una mujer hecha y derecha”, eso se decía siempre a sí misma por haberse enfrentado a todas las dificultades que se le habían presentado. Su marido se había dado al alcohol y ella había aguantado todas sus movidas hasta que murió diez años atrás de un cáncer de hígado. Había dado una buena y cristiana educación a sus hijos, les había enseñado el buen camino. Y no había servido de nada. Eran los dos unos inútiles. No servían para nada. Habían tenido parejas que no valían un duro, trabajos de pena, con horarios de pena y salarios de pena. ¿Para eso tanto esfuerzo? Pues ahora ya le daba igual. Sabía que sus errores eran porque no le escuchaban, y ella siempre tenía razón. La situación actual se lo había demostrado. Ya avisó a su hija de que su marido no era de fiar desde el principio. Ningún hombre lo es. Son todos unos egoístas y desconsiderados. Y a su hijo también, ya le dijo que no estudiara una carrera, que era caro y ahora lo de tener carrera no servía para nada. Tenía que haber aceptado cuando su tío le ofreció trabajo en la fábrica. Pero él quería estudiar, y ahora tenía que limpiar su ropa y preparar su comida.
Vaya mierda de día. Encima tenía cita en el médico para revisar el azúcar y el colesterol, que los tenía por las nubes. Le habían mandado a hospital a un especialista para que le dijesen que tenía que comer y cómo. ¡Lo que le faltaba! Medicuchos a ella. Eran todos unos prepotentes y resabidos.
Al menos le acompañaba su vecina Juana, que ella sí que le entendía. También tenía tres hijos igual de idiotas que los suyos. Siempre con problemas por no escucharla, y la pobre Juana, como ella, teniendo que dar la cara por todos ellos.
Desde luego la maternidad había resultado ser toda una farsa. De eso mismo hablaban en el metro dirección a Trinitat Nova. Juana le daba la razón: porque en su época tocaba tener hijos y era lo que tenían que hacer, que si no, ninguna los hubiera tenido. Dedicarte a cambiar pañales, dar biberones, dormir mal, aguantar a maridos siempre insatisfechos que no colaboraban en nada. Y luego paga buenos colegios, uniformes, libros, instituto y un largo etcétera de obligaciones para llegar a esta edad y que ninguno te tenga en cuenta. Cada uno a su rollo, con sus historias, sin escuchar a sus sabias e inteligentes madres. Así les iba, lo tenían merecido.
Juana le contaba que había tenido que cuidar a sus dos nietos dos tardes esta semana, como si fuera una chacha gratuita. Y no es que no le gustara estar con sus nietos, si los nietos son lo más maravilloso del mundo, pero ya podrían preguntarle si le iba bien. De todas maneras, mejor así, que la semana anterior no se los habían llevado ningún día. Cómo si ella diera igual y no tuviera derecho a verlos. Desconsiderados.
“Ay, Juana, como te entiendo. Son unos egoístas como sus padres. Sólo piensan en ellos. Con la excusa de que no trabajamos parece que te tenemos que estar siempre a su disposición. ¡Y una mierda! Me va a oír mi hija esta tarde cuando me llame. Ya la voy a poner yo en su sitio. María tiene que dejar ese trabajo que tiene, que gana una miseria. Siempre está con lo de que el trabajo está muy mal y tal, pero eso son excusas. Quien busca, encuentra, seguro. Y hoy que Javi se busque la vida con la comida, no pienso llegar y ponerme a cocinar. Que se espabile. Y más le vale dejar la cocina bien limpita, que no soy la criada de nadie. Que la semana pasada hizo la cena él todas las noches y dejo porquería en un lado o en otro. Que no saben ni limpiar. Cuatro gritos buenos le pegué. ¡Y encima ni me contestó! Claro, ¿qué me va a decir?Que pasa muchas horas trabajando y muchas estudiando y está muy cansado. Si esa excusa ya me la conozco. Pero para irse de juerga por ahí está perfectamente. Que el mes pasado salió dos veces. ¿A quién se cree que engaña? Es que encima se creen que somos gilipollas.”
Juana asentía, gesticulando ante las quejas inacabables de Manuela. Si es que tenía razón. Siempre lo mismo. Así se reafirmaban mutuamente y se apoyaban en sus vidas amargadas por culpa de sus hijos.
“Vaya, eso digo yo. Que se creen que somos gilipollas. Y nosotras teniendo que aguantar esto. Que no digo que no haya que ayudarles, pero cuando nos vaya bien, que también tenemos nuestras cosas. ¿Tú te crees que alguno de mis hijos se preocupa por mi rodilla? Con lo que me duele. Y les da igual. La última vez que tuve revisión en el traumatólogo sólo me acompañó mi Juan, que las otras estaban muy ocupadas para pedir un día libre. ¿Qué te parece, eh? Pues eso, que encima como si lo nuestro no importara. Pero ya les dije yo que la próxima vez que haya que correr al hospital por el asma de Inés, ya correrán ellos, yo pienso pasar. En mi casa bien tranquila me voy a quedar. Y encima tendré que aguantar que me diga que soy una rencorosa y que hago un drama de todo. Pero es que se merecen su propia medicina. Que luego bien que me buscan cuando necesitan algo.”
Embarcadas en aquella competición por ver quién tenía los peores hijos, y aguantaban los peores agravios, pasaban las paradas del metro sin apenas considerar que el elevado volumen de su voz podía importunar al resto de pasajeros, en un vagón atestado de desconocidos.
En un momento dado Manuela se fijó en una joven que estaba justo junto a ella. Se agarraba con fuerza con el brazo izquierdo en la barra mientras intentaba quitarse un pañuelo negro del cuello. La joven les miraba curiosa. Subió el volumen de su voz para que le oyera.
“Mira Juana, mira la tía esta que nos mira. Es una descarada, cotilleando nuestra conversación. Seguro que es una de esas médicos prepotentes del hospital, de las que se lo saben todo y se creen con derecho a decirnos lo que tenemos y no tenemos que hacer. Hija mía tendría que ser, ya le iba a decir yo que las conversaciones ajenas no se escuchan, que es de mala educación. Pero claro, hoy día lo de la educación no se lleva, que ya podría apartarse un poco, que casi se me sienta encima. Seguro que es de esas que si están sentadas ni se levantan cuando ven a una persona mayor como nosotras. Que no digo yo que seamos viejas, eh.”
“Manuela, que no te enciendas, si no sirve de nada. Si eso te mueves un poco más hacia allí y que se tenga que quitar. Que vaya mala educación que hay hoy en día. Si ya les digo yo a mis hijos que eso lo tienen que enseñar desde pequeños a mis nietos. Que ahora con eso de nada de pegar ni gritarles ni nada a ver qué coño haces cuando se portan mal. Pues cuando no están bien firmes que los pongo. Alguien tiene que hacerlo para que no pasen cosas como esta. Que luego viene mi hijo y me dice que en mi casa se portan fatal y se suben por los sofás y hacen lo que les da la gana. Pero claro, no les pegues ni les grites. ¡Anda ya! Pues que hagan lo que quieran. Que yo ya eduqué a los míos. Ahora soy abuela y estoy para malcriarlos. Que también me lo echan en cara, eh. No te vayas a pensar que me agradecen algo. El otro día, sin ir más lejos, voy y les compro unos teléfonos móviles de estos baratos que tienen juegos, que así están entretenidos y no me dan guerra. Y va y se enfada. Que ya te digo yo, que hagas lo que hagas no sirve de nada.”
La joven, incómoda ante el ataque verbal de la señora, se desplaza unos centímetros hacia atrás. Es todo lo que se puede mover sin acabar encima de ningún otro pasajero. Mira alternativamente hacia el panel informativo y las mujeres que continúan con su retahíla de quejas.
Manuela y Juana mantienen el volumen elevado de su voz. Su conversación pasa del descontento con sus hijos, al disgusto con otros vecinos, al malestar por las enfermedades, tratamientos y terapeutas en general. Poco después pasan a protestar por los precios de la fruta en el mercado, y por el trato que reciben de los tenderos del supermercado de la esquina de su casa.
Poco antes de llegar a la parada de Vall d´Hebrón, se levantan de sus asientos y, entre empujones poco sutiles, se sitúan frente a la puerta.
Justo detrás de ellas se coloca la joven, cuidadosamente, para evitar siquiera rozarlas con el agitado vaivén del vagón del metro.
Manuela se gira para comprobar que no se dejan nada en los asientos, la ve. Indiscreta y retadora se la queda mirando y prosigue sus reiterados reproches contra ella, contra la humanidad en general, en toda una disertación política y filosófica digna de estudio:
“Lo que yo te diga. Que el mundo se va a la mierda y nosotras aguantando. Si es que esto con Franco no pasaba. La juventud de hoy en día tendría que comerse una buena dictadura como hicimos nosotras. Así verías tú que pronto se les quitaban las tonterías. Que cuando yo era joven como no me comportara como mi padre quería, una buena bofetada y ya se te quitaban las ganas de hacer el gilipollas. Si es que al final tenía razón. Lo hacía por mi bien. Mira que en gran persona me he convertido y todo lo que he logrado. Lástima que sea tarde, sino buenas bofetadas les hubiera dado a los míos en su momento y la de mierda que me habría ahorrado.”
La joven la miró estupefacta. No sólo ella: muchas personas del vagón se giraron ante semejantes afirmaciones. Mientras los pasajeros bajaban en la parada, entre ellos Manuela, Juana y la joven, se inició un espontáneo debate sobre la política, la educación y la cultura.
Manuela no lo supo nunca, pero generó un gran rechazo en la mayoría de pasajeros con los que había compartido lo que ella consideraba su gran experiencia y sabiduría.
Manuela tampoco supo nunca quién era ni por qué viajaba aquella joven, Mireia, en su mismo vagón de metro, a la misma hora. Lo cierto es que tampoco le importó ni volvió a pensar en ella nunca más. Tenía demasiadas preocupaciones y demasiadas situaciones que solucionar a su manera en la cabeza, como para dar cabida a una desconocida entrometida.
Fotografía y texto de Sara de Miguel
¡Feliz lunes!
Sueño de poeta

Tu mirada
es la musa de todo poema.
Tu sonrisa
es el sueño de todo poeta.
2. El vuelo de ida

Por fin había llegado el día. Apenas había podido pegar ojo en toda la noche repasando mentalmente todos y cada uno de los pasos que debía seguir. Ni siquiera llegó a sonar el despertador, puesto a las cinco de la madrugada. Diez minutos antes ya estaba en pie.
Se había levantado con prudencia. Su marido y sus tres hijos dormían plácidamente y no deseaba importunarlos. Se había vestido en un silencio absoluto. Había seleccionado ropa cómoda: un pantalón elástico y un jersey largo de punto.
Preparó la ropa de cada uno de sus hijos. Los gemelos tenían educación física y les dejó una camiseta para cambiarse en las mochilas del colegio. Alicia tenía que pagar una excursión y firmó el consentimiento, adjuntó el dinero y lo metió en su mochila. Dejó una nota en la cocina con las meriendas que debía preparar su marido Jan y las fiambreras correspondientes marcados con sus nombres en rotulador indeleble.
Con cuidado de evitar hacer cualquier ruido repasó el contenido de su bolso: cartera, carpeta con la documentación, el ebook, un bálsamo hidratante para los labios que se le agrietaban con el frío, caramelos de menta que le aliviaban la sequedad bucal cuando se ponía nerviosa, las llaves de casa y del coche, el teléfono móvil y un neceser con cepillo de dientes, pasta de dientes, desodorante y una muestra de perfume. Fue hasta la estantería del salón y cogió los billetes de ida y vuelta para el mismo día y los metió con cuidado en el bolsillo externo del bolso.
Se puso un pañuelo grande y negro al cuello y su chupa favorita. Fue a los dormitorios de sus hijos y con cariño les acarició sus infantiles rostros. Se despidió de ellos con un ósculo en la frente, no sin antes dejarse embelesar durante unos segundos por la imagen que desprendían, rebosante de extraordinaria ternura.
Entró en su dormitorio y despertó a Jan con un dulce beso en la punta de la nariz. Él la miró y atrajo su cara con ambas manos hacia él y la beso con fuerza. Le susurró al oído “Llámame en cuanto llegues. Te quiero”. Mireia asintió y le dijo “Yo te quiero más y lo sabes”. Ambos sonrieron. Ella se fue dedicándole un guiño de complicidad.
Salió de casa y cerró la puerta con la llave desde fuera para no despertar a los pequeños. Se subió en el coche y condujo los treinta kilómetros que separaban el pueblo en el que vivían del aeropuerto. Una vez allí, lo dejó aparcado en el parking y caminó hasta la terminal de salidas.
Entró por las puertas automáticas y buscó su destino en la pantalla: Barcelona. Embarque a las seis y media en la puerta D94.
Se dirigió hacia el control de seguridad. Extrajo de su bolso el neceser y el teléfono móvil, se quitó los botines deportivos y depositó todo en una de las cajas de plástico apiladas junto a la cinta. Esperaba que nadie se fijara en sus calcetines, ya que siempre llevaba uno de cada color. Era una manía curiosa que tenía desde pequeña. A sus hijos les hacía mucha gracia, aunque Jan lo encontraba absurdo y a menudo se reían de ello.
Escuchó el alboroto de unos jóvenes que hacían cola detrás suya. Hasta ese momento había estado como en trance, sin procesar los sonidos de su alrededor. Se giró y vio un grupo de chicos riendo y haciéndose bromas. Por el acento y el vocabulario dedujo que al menos los dos que hablaban más alto eran de orígen argentino. Le divirtió ver cómo se azuzaban.
Llegó su turno para pasar por el arco de seguridad. Lo traspasó y se mantuvo silencioso. Recogió sus pertenencias y se puso los botines de nuevo. Mientras lo hacía observó a su alrededor y pensó qué vorágine son los aeropuertos. Un caos atestado de personas desconocidas con el único objetivo de volar a otro lugar, con sus propias historias, protagonistas de un efímero capítulo que les unía en un mismo sitio en un mismo momento.
Comenzó a caminar hacia la puerta de embarque. Sintió un calor excesivo por el aire acondicionado y se quitó el pañuelo del cuello que, por descuido, cayó al suelo. Se agachó a cogerlo y al levantar la mirada se cruzó con la de uno de los jóvenes que caminaban detrás. Sin reparar apenas en él, continuó su trayecto marcado por los paneles señaladores que colgaban de las paredes junto a variopintos anuncios que ofrecían las diversas fuentes de diversión y atracciones turísticas de la ciudad.
Pasado el control de pasaje subió con parsimonia en el avión. Buscó su asiento, situado en las filas traseras, junto a la ventanilla. Siempre que podía elegía ventanilla, dado que le encantaba deleitarse con el espectáculo que la bóveda celeste le ofrecía a varios cientos de metros sobre el suelo. Se sentó y a continuación se quitó la chupa y la colocó, junto a su aparatoso bolso y el pañuelo, en el asiento contiguo, que permanecía vacío. Se sentó y se ajustó el cinturón alrededor de su menuda cintura. Posó cuidadosamente el bolso entre sus piernas y la chupa y el pañuelo sobre su regazo. Por experiencia sabía que, a menudo, tras el despegue, bajaba la temperatura dentro del avión y quizá los necesitara.
Mientras se encendían y apagaban luces dentro del aparato y una voz grabada proporcionaba instrucciones de seguridad durante el vuelo, añoró a Jan a su lado. Las dos ocasiones anteriores que había tenido que desplazarse a Barcelona le había acompañado y todo había sido más ligero. Ahora, sola, se sentía somnolienta y angustiada. Recordó quince días atrás cómo le cogía la mano con fuerza durante el despegue, y se deleitó en aquella insignificante pero hermosa reminiscencia.
Fue consciente de que apenas había percibido su alrededor durante las dos horas que habían transcurrido desde que se levantara. Había actuado como una autómata, preparada y eficaz, pero insensible a los estímulos externos. Mientras los pensamientos se agolpaban en su cabeza y la inquietud la oprimía contra su voluntad, miró alrededor y se dio cuenta de que el avión iba prácticamente vacío. Supuso que debido a que a nadie le gusta madrugar, aunque a ella le era indiferente, desde que tuvo los niños se había acostumbrado a dormir temprano y despertarse temprano, cuando no tenía de levantarse en mitad de la noche para atender cualquiera de sus múltiples necesidades. Lo cierto es que lo hacía encantada. Para Mireia no había nada comparable en el mundo a ser madre. Recordando los vuelos con sus hijos decidió distraerse con las imágenes de las nubes algodonadas bailando una extraña danza matutina al otro lado de la ventanilla.
Jugaba mentalmente a imaginarse formas, tal como lo hacía con sus pequeños cuando viajaban. Siempre le sorprendían con su interminable ingenio y fantasía. Pudo intuir un elefante con la trompa en alto, y un dragón volador, como Fujur en La Historia Interminable.
A pesar de estar gratamente abstraída en tan ameno juego, se percató de que alguien se había sentado justo detrás de ella y la observaba. Se giró sorprendida al encontrar al joven con quien había cruzado la mirada cuando se le cayó el pañuelo en el aeropuerto, apenas a unos centímetros de su rostro. No le dio importancia, lo atribuyó a una de tantas coincidencias que se dan en la vida, y devolvió toda su atención al horizonte nublado, matizado con mil colores provocados por el reflejo de los primeros rayos de sol, dejándose seducir por tamaña exhibición de belleza.
Inesperadamente el joven le dijo “Es lo más relindo que he visto nunca”. Sorprendida se giró hacia él y le miró. Era un muchacho de aspecto agradable. Debía tener como diez años menos que ella, veintitantos, moreno, de ojos claros y tímida sonrisa. Le pareció inofensivo y, suponiendo que se refería al espectáculo que ofrecía el edén de algodones que les rodeaba, le contestó “Es cierto, es muy bonito”.
Pensó que el joven debía estar aburrido de tanta cháchara con sus compañeros y buscaba un poco de tranquilidad. Volvió a girarse para contemplar el cielo infinito que les separaba de un destino común. Aprovechó para reflexionar sobre las pequeñas y hermosas cosas de la vida que apenas valoramos en la barahúnda cotidiana, como aquel hermoso firmamento. Ya nadie mira el cielo con intención de tan sólo disfrutar de su belleza.
Entonces el atrevido muchacho susurró “Me refería a vos”. Mireia le miró sorprendida por la osadía y complacida por el cumplido. Le sonrió abiertamente, divertida. No pudo evitar sonrojarse y agachó la cabeza en un gesto avergonzado. Ciertamente era argentino, y tras sus palabras pensó que tenían merecida fama por su labia conquistadora. Levantó la vista y se encontró con la de él. Detectó un atisbo de ingenua sinceridad que le conmovió. Sintió una punzada de culpabilidad por no poder corresponder tan preciosas palabras. Su corazón le brindó una respuesta franca y con ternura le contestó “Seguro que allá donde vayas habrá una chica que merezca un piropo tan bonito”.
Dando la espalda a Sebas, dio por zanjada aquella extraña conversación entre dos completos desconocidos.
Sintió durante el resto del vuelo la intensa presencia de él sentado detrás suya.
Mireia se mantuvo en su asiento, sin atisbo de malestar por lo sucedido. Quedó pensativa, deseando con sinceridad que allá donde fuera aquel intrépido muchacho encontrara al amor de su vida, le dijera aquellas hermosas palabras, y fueran correspondidas.
El resto del vuelo sus pensamientos fueron todos para su marido y sus hijos. Los amores de su vida.
Comprendió que el amor a primera vista no es amor. El amor es haberlo vivido todo, haberlo compartido todo: lo bueno y lo malo, la rutina y lo extraño, lo fácil y lo difícil. Amar es haber crecido juntos, estar creciendo juntos de la mano cada día. Comprendió que amar es aprender a amar uno del otro y, a pesar del esfuerzo, seguir amando.
Fotografía y texto de Sara de Miguel
¡Feliz lunes!
1. Sebas

Por fin había llegado el día. Volvía a casa. Buenos Aires le esperaba. Le esperaban su mamá y sus dos hermanas pequeñas. Se sentía ansioso por verlas: seguro que habían crecido y estaban lindas y divertidas.
Se había marchado dos años atrás, con cinco compañeros, para trabajar en un hotel turístico en España. Le gustaba España y su gente. Se sentía cómodo entre los clientes y disfrutaba de su trabajo. Era uno de los camareros de la piscina nocturna y siempre habían fiestas. Había ganado suficiente dinero para vivir bien y ahorrar para volver unos meses al hogar y ayudar con los gastos de criar a dos pequeñuelas. Su madre se sentiría orgullosa. Él mismo se sentía orgulloso.
Compartía apartamento en el hotel en el que trabajaba con otros dos compañero de trabajo. Se había levantado sin hacer mucho ruido, se había duchado y vestido en un silencio lleno de alegría, aunque teñido con un poco de nostalgia. Añoraría las rutinas: levantarse a mediodía, comer por la tarde, y trabajar hasta la madrugada sirviendo copas a jóvenes enloquecidos por vivir unas breves vacaciones en un paraíso de playas, discotecas, alcohol y sexo anónimo y descontrolado.
A las seis en punto estaban los seis compatriotas en la puerta del hotel con sus macutos. No había lugar para demasiados enseres, sólo algo de ropa y los objetos de higiene. Ni siquiera llevaba libros o fotos. Todo estaba adecuadamente comprimido en la nube, accesible desde su teléfono móvil de última generación.
Todos se mostraban entusiastas y animados. Parloteaban sin parar de anécdotas acumuladas por demasiadas horas en su peculiar trabajo, y por historias antiguas en su tierra. Todos tenían familia esperando su regreso. Las emociones les embargaban y se apreciaba en el ambiente.
No hubieron despedidas. Ya habían dicho hasta pronto en las últimas semanas a las muchas amistades, compañeros y conocidos. Cogieron el autobús hasta el aeropuerto y en diez minutos se encontraban frente a la terminal de salidas. Consultaron la puerta de embarque en las pantallas, llenas de vuelos con diferentes destinos. Y allí estaba el suyo: primera escala en Barcelona. Embarque a las seis y media en la puerta D94.
Entre bromas y risas se dirigieron al control de seguridad. Fueron poniendo sus macutos, carteras, teléfonos y cinturones en las pequeñas cajas de plástico. Las pusieron en las cintas automáticas para que pasaran por el visor, mientras hacían cola como niños en la puerta de un colegio frente al arco de seguridad. Fueron pasando uno a uno. El arco se mantuvo silencioso. Pasaron al otro lado y recogieron sus pertenencias mientras Sebas pensaba en qué quilombo son los aeropuertos. Un caos atestado de personas desconocidas con el único objetivo de volar a otro lugar, con sus propias historias, protagonistas de un efímero capítulo que les unía en un mismo sitio en un mismo momento.
Entonces la vio a ella. Caminaba justo por delante de su ruidoso grupo de amigos. Mientras se quitaba del cuello un pañuelo negro, éste se le cayó al suelo y lo estaba recogiendo. Era una chica menuda, quizá demasiado delgada para su gusto. Tenía el cabello largo y castaño. Iba vestida muy discreta, con un jersey largo de punto a rayas azul marino y gris, unos pantalones ceñidos negros y unos botines deportivos. Llevaba un bolso grande, negro, con tiras a lo cowboy tal como marcaba la moda, y llevaba una chupa negra apoyada en el bolso. Si no se hubiera cruzado con su mirada quizá jamás hubiera reparado en ella. Parecía una niña pequeña, con su aspecto reservado y circunspecto.
Pero la había visto y ahora no podía quitar la mirada de su espalda, ansioso por verla más de cerca, inquieto por la sensación que le había creado el breve cruce de miradas no intencionadas.
Casualidades de la vida: estaba en la fila de embarque de su mismo vuelo. Sintió como su estómago se revolvía ante la posibilidad de compartir el escaso espacio físico de un avión con ella.
Sus compañeros continuaban con la sarta de anécdotas y bromas, que ya le parecían indiferentes. De hecho, desde el instante en que vio los ojos de ella, todo le era indiferente. Ya no sentía el entusiasmo por volver a casa, ni siquiera la añoranza por su vida llena de rutinas poco convencionales. El mundo se había parado en una mirada. Pensó que quizá eso era el amor. Le recordaba a la primera vez que beso a una chica, cuando tenía catorce años, en el patio trasero de su colegio. Doce años más tarde su cuerpo y su mente le explotaban por dentro sin poder controlarlo ante una completa desconocida.
La vio subir al avión con su caminar parsimonioso. Se sentó en una de las filas traseras. Ellos tenían asientos asignados al final del todo, en la cola.
Ya en sus asientos, vio que el avión iba casi vacío. Apenas habían filas llenas. Supuso que porque era el primero de la mañana y a nadie le gusta madrugar. A él menos que a nadie, y menos cuando por su horario de trabajo tenía el metabolismo cambiado, nocturno. Pero eso ahora le parecía una nadería, porque ella estaba allí y podía verla sin que ella ni siquiera se percatara.
No podía dejar de mirarla. Ella estaba unas pocas filas delante, sentada junto a una ventanilla, y colocaba el bolso, la chupa y el pañuelo en el asiento contiguo, vacío, mientras se abrochaba el cinturón. Después procedió a colocar el bolso entre sus piernas y la chupa y el pañuelo en su regazo. Se preguntó cómo sería estar en su regazo. Le pareció el lugar más acogedor del mundo. Deseo poder acercarse y acomodar su cabeza en su regazo, y que, sin mediar palabra, ella le acariciara su cabello largo y oscuro. Cerró los ojos y saboreo aquel momento imaginario de intimidad.
Mientras se encendían y apagaban luces dentro del aparato y una voz grabada proporcionaba instrucciones de seguridad durante el vuelo, fantaseó con, a su vez, poder acariciar su pelo lacio brillante, y pasar los dedos por sus labios carnosos y rosados.
Había una sensualidad en los movimientos de ella poco común. Unos rasgos dulces y aniñados, un aspecto juvenil y una oscilación en cada parte de su cuerpo que le agitaba la garganta.
En algún momento sus amigos se dieron cuenta de que su mente estaba completamente fuera de la conversación. Se rieron de él cuando percibieron el objeto de su mirada, inmutable, como fijada con pegamento a aquella chica desconocida. Uno de ellos le dijo “Esa piba no te la pillas, así que no te recalientes, boludo”. Tenía razón. No era una piba cualquiera, no era una niñata fiestera de sexo esporádico sin implicación emocional. Él mismo sintió que no podría mantener ese tipo de relación, tan frecuente durante la temporada de trabajo, con ella. Fue consciente por un momento de que le sucedía algo intenso y diferente. Estaba claro que sus amigos no captaban la esencia de lo que estaba sucediendo, ya que simplemente le ignoraron y continuaron con sus mofas. Agradeció aquella ignorancia por parte de ellos para poder continuar dedicando todos sus sentidos a la musa que le había conquistado sin ni siquiera mediar palabra.
Despegaron. El avión se posó con ciertas turbulencias sobre las nubes. Se apagaron las luces de mantener el cinturón abrochado y, sin pensarlo, se levantó y se sentó el asiento justo detrás de ella.
Pudo verla de cerca por primera vez. Se le aceleró el ritmo cardíaco tanto que pensó que ella podría oírlo. Ese pensamiento hizo que automáticamente se acelerara más y más, hasta dejarle sin aliento. La miro por el estrecho espacio que quedaba entre el respaldo de su asiento y la ventanilla por la que ella miraba sonriente. Con una sonrisa moderada que iluminaba todo su semblante. No llevaba maquillaje. Era una belleza natural. Pudo apreciar que seguramente ella era mayor que él, mayor de lo que había imaginado en un primer momento. Quizá rondaba los treinta. Tenía pequeñas pecas en la nariz y unos ojos marrones intensos y brillantes. Pudo apreciar unas minúsculas ojeras, supuso que por el horario del vuelo. Olía a flores y campo, un perfume sencillo y agradable.
La continuó mirando fijamente sin poder evitarlo, sin ni siquiera percibir que ella se daba cuenta y se giró hacia él curiosa ante su presencia inadecuadamente tan cercana.
Sebas se sintió como un niño pillado haciendo una trastada. Enrojeció y cambio el objeto de su mirada a la ventanilla, sin siquiera observar el hermoso amanecer que se presentaba ante ellos.
Ella volvió su mirada hacia la ventanilla. Él volvió su mirada hacia ella. La vio como oteaba el horizonte nublado, matizado con mil colores provocados por el reflejo de los primeros rayos del sol. Mantuvo su sonrisa. Esa sonrisa especial, deslumbrante, abrumadora.
En un alarde de valentía Sebas le dijo a la chica “Es lo más relindo que he visto nunca”.
Ella le miró, y él pudo percibir la sorpresa en su bello rostro. Volvió la mirada hacia el cielo y le contestó “Es cierto, es muy bonito”. Tenía una voz melodiosa y sincera. Sin duda ella se refería al espectáculo que ofrecía el edén de algodones al otro lado de la ventanilla.
La tenía tan cerca, sentía su aliento fresco y mentolado. Sentía la calidez de su piel. Sentía su sublime divinidad. Imaginó el futuro: quería que fuera el amor de su vida, la madre de sus hijos, la mujer maravillosa con quien envejecer. Pero sólo disponía de apenas una hora para que ella también lo supiera. Después aterrizarían y sus vidas continuarían. Quién sabía quién era ella, a dónde se dirigía y por qué. Quién sabe si el dado azaroso de la vida la volvería a poner en su camino, le volvería a dar la oportunidad de sentirla.
El arrebato de temor que le envolvió como una puñalada trapera se transformo en valentía. Aclamado por el impulso de su pulso acelerado, dejó brotar las siguientes palabras en su boca “Me refería a vos”.
Ella le miró. Le escrutó con una mirada sorprendida y complacida a partes iguales. Un atisbo de esperanza lleno los pulmones de Sebas. Ella sonrió abiertamente, divertida. Se sonrojó, agachó la cabeza en un gesto avergonzado y al volver a mirarle ella le transmitió la sensación de que era un niño pequeño a quien iban a reprender por haber hecho algo equivocado pero inocente, sin reproches y con cariño. Con ternura ella le contestó “Seguro que allá donde vayas habrá una chica que merezca un piropo tan bonito”.
Dando la espalda a Sebas dio por zanjada aquella extraña conversación entre dos completos desconocidos.
Sebas se quedó el resto del vuelo en el asiento tras ella, observándola con amor y tristeza.
Ella se mantuvo en su asiento, sin atisbo de malestar por lo sucedido. Quedó pensativa, deseando con sinceridad que allá donde fuera aquel intrépido muchacho encontrara al amor de su vida, le dijera aquellas hermosas palabras, y fueran correspondidas.
Texto de Sara de Miguel y fotografía de Tomeu Mir.
Ahora ya no estás…

… No sé cuándo empecé a perderme, pero me perdí. Hasta entonces vivimos una felicidad que rozaba la perfección. Creo que es cuando empezaste a trabajar de maestra: ganabas más dinero que yo, y eso me hacía sentir humillado. Y empecé a trabajar más horas en la empresa, sólo por orgullo, porque me han educado así. El hombre tiene que mantener a la familia. Y yo trabajaba más y más horas, y ganaba más y más dinero. Me sentía poderoso. Y me pedías que no trabajara tanto, que no nos hacía falta, y te ibas distanciando, y yo pensé que era envidia porque tu marido sin estudios ganaba más que tú. Y en esa, a veces sutil, a veces demoledora, distancia, yo salía más con los amigos, recibía palmaditas en la espalda mientras pagaba las copas, y miraba otras mujeres. Y de vez en cuando alguna me miraba a mí, y, bueno, la carne es débil. Y cada vez te notaba más fría, más exigente, más enfadada.
Y luego vino el cáncer, y yo ni me lo creí. Pensaba que sería algo pasajero, que a ti no podía pasarte nada. Eras joven, eras dura como el diamante. Tú eras la eterna luchadora que trabajabas, te encargabas de la casa, de los niños y de mí, y de todo el mundo que te necesitara. Siempre tenías energías para todo y para todos. Ni siquiera fui capaz de estar a tu lado cuando llorabas, porque no sabía ni qué decir.
Ahora ya no estás.
A veces tengo que repetírmelo muchas veces para creerme que de verdad no estás.
Y ahora, cuando ya no estás y ya no puedo cambiar nada, me doy cuenta de lo imbécil que he sido. Eras la mujer más maravillosa e increíble del mundo. Cuando me pedías que no trabajara tanto, tenías razón, no necesitábamos tanto dinero. Ahora tengo una cuenta llena de dinero que no puedo compartir contigo. Me sorprendo cada día pensando en qué te regalaría, dónde te llevaría… todas esas cosas que no te regalé, todos esos lugares a los que no te llevé. Y sobretodo, que ahora ya dan igual esos regalos y esos lugares, lo importante es todo ese tiempo que desperdicié de estar a tu lado. Ese tiempo a tu lado era el mejor regalo de mi vida. Ahora ya no estás, ya no puedo recuperarlo.
Ahora entiendo tu distancia, tu frialdad, tus enfados. Mis ausencias, mis historias con otras, mi indiferencia. Cuántas noches de sexo frío con mujeres que no eran ni la mitad de bellas, ni de apasionadas que tú, habré tenido. Y jamás ninguna me ha dado tu cariño ni tu complicidad. Jamás ninguna mujer me ha mirado como tú lo hacías. Dios mío, Dios mío, lo que daría por volver a sentir tu mirada de enamorada. Lo que daría por oír tu risa. Lo que daría por volver a sentir tu pequeños pies fríos en la cama. En vez de decirte que te quitaras, me arrastraría a besar cada uno de tus deditos, los pondría entre mis manos y te daría todo el calor que no te he dado. Te tendría que haber amado hasta en los defectos, porque tus defectos no fueron más que consecuencia de los míos.
Ahora sé que mientras estabas enferma, no tenía que decirte nada, sólo tenía que haber estado ahí contigo, para ti. Llorar contigo si hacía falta. Ahora lo sé, porque no hay nada que me puedan decir que me alivie este dolor de haberte perdido. Ahora sí que lloro, tanto que a veces no recuerdo cuando he empezado. Y lo peor es saber que no te perdí cuando moriste, te perdí mucho antes, por amarme a mí más que a ti. Por ser egoísta. Por no entender que amar es, sencillamente, dar amor.
Ahora vivo obsesionado pensando en la vida que te di, llena de vacíos, de engaños, de orgullo. Cuántas veces cambiaría las cosas, cuántas veces te pediría perdón infinito. Ahora vivo obsesionado pensando en cómo hubiera sido nuestra vida si te hubiese cuidado, respetado y valorado como tú lo hacías conmigo. Cuántas cosas bonitas te diría que no dije. Hubieras muerto igual, pero llena de otros recuerdos más hermosos, casi tan hermosos como tú. Llena de la felicidad que sólo da sentirse amada. Llena de un yo que yo no he sido. Ahora estoy muerto en vida, obsesionado, pensando que tuve tantas oportunidades de hacerte feliz, tuve tantas oportunidades de hacernos felices, y no lo hice…
Ahora ya no estás. Ahora ya no estás. Ahora ya no estás…”
Extraído de mi libro «13 Almas», triste y hermosa carta de despedida tras el fallecimiento de una bella persona. Palabras emocionadas y emocionantes, para una reflexión nada baladí.
¡Feliz martes!
Sara
Como luz que da vida

Como luz que da vida. Así me han alegrado los alumnos de una clase de sexto de primaria a la que me han invitado para hablar sobre mi trabajo como escritora.
No sólo el profesor se había leído «13 Almas», si no que varios alumnos habían leído «¿Es el enemigo? La eficacia de comunicarte».
Me han hecho preguntas interesantes, me han planteado posibles temas para seguir escribiendo libros, y me han arrollado a sonrisas y buenas intenciones.
Todos han participado de una u otra manera, en positivo, buscando aprendizajes nuevos, posibilidades para crecer como alumnos y como personas.
Me he sentido gratamente halagada, pero sobretodo me he sentido gratamente enriquecida por sus puntualizaciones e inquietudes.
Como siempre, he aprendido yo más de ellos que ellos de mí. Los niños son maravillosos. Ojalá les escucháramos más. Ojalá les habláramos más.
Mi más sincero agradecimiento al colegio que lo ha hecho posible.
Muchísimas gracias al interés y alta motivación del profesor que se enfrenta con entusiasmo a la ardua tarea de enseñarles muchas cosas importantes.
Muchísimas gracias sobretodo a todos y cada uno de los niños. Sois geniales, no dejéis nunca de haceros y hacer preguntas, ni de buscar respuestas. Así crecemos como seres humanos, cálidos y llenos de magia.
Sois la luz que da vida.
¡Feliz lunes!
Sara
Una reseña de «13 Almas» muy especial

Hoy he recibido un bonito regalo. Se trata de una reseña muy especial, escrita con cariño y una buena dosis de emoción.
La podéis encontrar en cotorraslectoras.blogspot.com.es, un blog sobre literatura interesante y serio.
Por mi parte agradecer a Nora la fuerza que me transmite con sus palabras y la ilusión que me genera saber que hay personas sensibles a mis experiencias, capaces de sentirlas y compartirlas con tanto entusiasmo. Ciertamente, me has dejado impresionada. ¡GRACIAS!
¡Un saludo y buen fin de semana!
Sara
No te pido nada

No quiero que seas
la princesa de mis sueños,
te prefiero mujer imperfecta
en todos mis ocasos.
No te necesito vestida de gala,
te adoro desnuda en mi cama,
despeinada,
con los ojos entreabiertos
y las mejillas sonrosadas.
No deseo que me digas que me quieres,
sólo ansío susurrarte al oído
mil poemas escritos de suspiros
mientras me enredo entre tus rizos.
No pretendo conquistar ningún reino,
si mi mayor tesoro es morar en cada efímero latido de tu pecho.
No me importa tu pasado,
porque voy a besar
cada una de tus cicatrices
hasta que olvides
que alguna vez te hicieron daño.
No te pido todo tu presente,
no te pido tu futuro, no te pido nada
porque tengo la eternidad
para admirar
el brillo incandescente de tu sonrisa,
contar cada uno de tus lunares
y ver en tu mirada el reflejo del suspiro de mi boca cuando te miro.
No te pido nada,
sólo quiero regalarte todo este amor
que me desborda y embarga.
Voy amarte, amor,
sin miedos, sin problemas, sin ego.
Voy a amarte, amor,
como nunca nadie te ha amado.
Poema de Sara de Miguel y fotografía de Tomeu Mir.
¡Feliz semana!
Estar enfermo

Estar enfermo no es lo mismo que enfermar. No es algo momentáneo, como un resfriado, que viene y se va. Es un estado continuo que te cambia y te obliga a enfrentarte en cada momento a una situación desconocida, a la incertidumbre de qué te espera al llegar un nuevo día. Te arrebata la energía física como un vendaval, te aleja de tu trabajo, de tus amistades, a veces incluso de tu familia. Te deja sin aliento, te merma las creencias y las ilusiones. Absorbe tus esperanzas y las transforma en miedo. Y en ese doloroso trance debes imponerte unos objetivos, trazar un plan, seguir adelante y disfrutar de cada pequeño hálito de felicidad que te ofrecen los pequeños placeres de la vida: una sonrisa, un abrazo, un beso, un trozo de bizcocho, una llamada inesperada, un paseo, un atardecer, el olor del salitre del mar, la hierba en los pies, el rasgar unas cuerdas de guitarra, unas páginas llenas de palabras enarboladas, y un montón de cosas más, que cuando estás sano no valen apenas nada, y cuando estás enfermo valen todo un mundo.
Cada día muchas personas afrontan el reto de convivir con su enfermedad. De no dejarse atrapar por el vendaval de la desesperación y la desesperanza. De seguir adelante con los pies en la tierra, la mirada alta y los anhelos de salud como bandera. Para todos ellos mi más sincero respeto y apoyo, y mi experiencia hecha poema:
Me siento sola.
Encerrada entre cuatro paredes
esperando una solución que no llega.
Atrapada en un cuerpo demasiado imperfecto
para afrontar la vida que me espera tras la puerta.
Me refugio en los libros,
en la música,
en las palabras que escribo.
Pero nada hace desparecer el dolor
ni las noches en vela
ni los monstruos a los que me enfrento.
Me consuelo en la sonrisa infinita de mis hijos,
en el amor incondicional de mi guerrero de las sombras,
en mi familia y mis amigos.
Me hacen sentirme fuerte,
seguir luchando
y no perder la esperanza.
Nunca voy a perder la esperanza.
Nunca.