Microscopio II: la postura

   El siguiente comportamiento comunicativo en el que debemos centrar nuestra atención es la POSTURA. ¿Cómo colocas tu cuerpo cuando hablas con alguien? ¿Es similar cuando estás de pie que sentado o sentada? Sobre este tema podríamos estar hablando durante horas, pero vamos a simplificar centrándonos en los tres tipos de conducta corporal básicas que transmiten más información en la comunicación. Son la posición de los brazos, la alineación del cuerpo y los gestos con las manos.

   Ponte frente a un espejo, cruza los brazos y echa el cuerpo ligeramente hacia atrás. Hazlo también sentado. ¿Qué impresión transmites? ¿Qué te transmite una persona que mientras le hablas cruza los brazos y se echa hacia atrás? Se trata de una impresión de rechazo, negación o desagrado. Ahora vuelve frente al espejo y deja los brazos colgando a ambos lados del cuerpo e inclínate ligeramente hacia delante. Cuando lo hagas sentado, deja los brazos apoyados sobre las piernas, o si tienes una mesa, abiertos sobre ella. ¿Te genera la misma sensación? ¿No te hace sentir mayor cercanía y comodidad? En este caso se trata de una postura de apertura que transmite aceptación.

   Seguro que conoces a alguien que “habla” mucho con las manos, o a alguien que apenas ni se inmuta al hablar. Prueba ambas opciones frente al espejo: cuéntate algo que te haya pasado hoy moviéndote exageradamente. Después cuéntate lo mismo sin apenas moverte. Podrás comprobar que ninguna de las dos opciones generan agrado. No hay un estándar para los gestos manuales, sin embargo es recomendable no hacer grandes gestos y aspavientos todo el tiempo, ni mantenerse rígido, sin moverse nada, durante una conversación. Lo más adaptativo es un término intermedio, acompañando lo que dices con movimientos suaves y coherentes.

   Cuando hablas con alguien puedes generar un amplio espectro de impresiones según la postura que adoptas. Fíjate en la alineación de tu cuerpo, la posición de tus brazos, cómo colocas las piernas o las gesticulaciones que haces.

   ¡Feliz martes!

   Sara

Microscopio I: la mirada

   Si en el capítulo anterior cogimos el bisturí, ahora cogemos también la lupa. Ya que diseccionamos los comportamientos comunicativos, vamos a ponerlos bajo el microscopio.

   El primer comportamiento comunicativo, y quizá uno de los más significativos, es la MIRADA. ¿Quién no ha “dicho” o le han “dicho” mil cosas con la mirada? La forma de mirar es, en sí misma, todo un acto comunicativo. Y el tiempo que mantenemos la mirada a otra persona es muy importante. Imagina que te encuentras con un conocido en la calle y entabláis una conversación trivial, nada importante. ¿Cuánto tiempo del total que dura la conversación crees que debes mantener la mirada fija en sus ojos? ¿Un cien por cien mirando fijamente todo el tiempo? ¿Un diez por ciento mirando más hacia los alrededores que a la persona en sí?

    La respuesta más adaptativa es un margen entre el 40% y el 60% del tiempo total de la conversación. Esto es así porque si miramos fijamente mucho tiempo a los ojos a otra persona, o nos miran fijamente de esta manera, genera incomodidad, se percibe como un acto de agresión. ¿No te ha pasado alguna vez que te miran tanto y tan fijamente a los ojos que parece que te están “atravesando”? ¿No te ha resultado incómodo? Y si miramos poco, o nos miran poco, dedicando más atención a los alrededores, la impresión es de distracción o poco interés por la persona o la conversación. ¿No te ha pasado alguna vez que estás hablando y la otra persona esta mirando hacia otro lugar y has pensado que no te está prestando atención o no le interesa lo que le estás contando? Si deseas evitar generar estas sensaciones con tus interlocutores, debes saber que lo ideal en una conversación estándar es mirar aproximadamente la mitad del tiempo a los ojos, y alternar la otra mitad mirando alrededor del rostro y los hombros. Chiste malo, especialmente dirigido a las mujeres y hombres más indiscretos: “rostro y hombros”, mirar más abajo, véase escotes, no sólo genera incomodidad, sino que también genera rechazo (emoticono de guiño y sacar la lengua).

   Volviendo a ponerme seria, fíjate en las próximas conversaciones que tengas. Te darás cuenta de que mirar aproximadamente la mitad del tiempo a los ojos y la otra mitad, alternando, al rostro y hombros, lo hacemos espontáneamente, casi siempre. Sin embargo, no está de más prestar atención a un pequeño y gran detalle como es el tipo de impresión que queremos generar a la persona con la que hablamos a través de nuestra mirada, que va desde la “agresión” al “pasotismo”, teniendo un término medio que es el “interés”.

¿Crees que la mirada es importante? ¿Observar cómo miras y te miran?

¡Feliz semana!

Sara

Bisturí III: un ejemplo

   Para que entiendas para qué sirven los ejercicios propuestos la semana anterior te pondré un ejemplo. Estando trabajando como psicóloga en un centro de salud mental me remitieron a Roberto, un hombre de unos sesenta años, por síntomas ansiosos y depresivos. Realicé a Roberto una evaluación y un análisis funcional de conducta y le transmití el resultado: no padecía ningún trastorno. Eso pareció afectarle mucho, porque esperaba que sus momentos de tristeza o de angustia tuvieran una causa clara para ponerse a tratamiento (me pidió específicamente que le mandara al psiquiatra a que le recetara “lo que sea” para estar mejor). Entonces le expliqué, mientras él me miraba con escepticismo, que el hecho de que no hubiera un trastorno o un diagnóstico no significaba que no hubiera un problema en su vida cotidiana que tuviera que solucionar. Ese problema era su manera de comunicarse: era un hombretón de pueblo, grande y rudo, que hablaba a gritos, frunciendo el ceño y enseñando los dientes constantemente. Eso había provocado multitud de problemas en sus relaciones familiares, sociales y laborales, que le llevaron a sentir y expresar inseguridad, ira y enfado casi cada día. Finalmente, como pescadilla que se muerde la cola, cuanto más se enfadaba y creaba discusiones y malestar, peor se sentía, más triste, angustiado y enfadado. Y cuanto más enfado, angustia y tristeza, más malestar creaba a su alrededor.

   Cuando le expliqué mi valoración profesional se enfadó conmigo y me dijo literalmente “Eso es una chorrada, a mí me pasa algo grave y necesito que me pongas que tengo algo para que me mediquen”. Y se fue de la consulta dando un portazo.

   Volvió unas semanas más tarde, desesperado porque su mujer le había pedido el divorcio, y su jefe le había amenazado con despedirle si no cesaban los conflictos con sus compañeros. Esta vez me escuchó con más atención.

   Le expliqué que es normal sentir rechazo cuando buscamos una causa a nuestros problemas y nos dicen que la causa son nuestras propias conductas. Normalmente preferimos que nos digan que tenemos “esto o aquello”, que son enfermedades y nos sirven para justificar prácticamente todo.

   También le expliqué que también es normal que pidamos una “pastilla mágica” para que se solucionen todos nuestros problemas. Lo cierto es que hay casos en los que los fármacos son de gran ayuda, y casos en los que son imprescindibles. Sin embargo en muchos problemas cotidianos basta con ser conscientes de que tenemos un problema, buscar ayuda profesional y realizar los cambios necesarios para que el problema desaparezca o se minimice.

   Para Roberto el proceso terapéutico pasaba por aprender a observarse, hacer los ejercicios que antes te he propuesto, y llevar un registro de conflictos diarios (fecha, hora, personas implicadas, su conducta y las consecuencias).

   Cuando volvió tras tres semanas de autoobservación y registro, me dijo “¡Joder! ¡Parece que estoy enfadado con todo el mundo todo el día! Normal que tenga problemas con la gente”. Por primera vez se había visto en un espejo tal como le veían los demás. Por primera vez se había escuchado como le escuchaban los demás. Y estaba dispuesto a admitir que tenía un problema y tenía que cambiar.

   Todos deberíamos estar dispuestos a admitir que no nos conocemos porque ni siquiera nos “miramos” ni nos “escuchamos”. Y admitir que tampoco conocemos a los demás, ya que normalmente nos limitamos a ver y oír cuando deberíamos MIRAR y ESCUCHAR, que no es lo mismo. El cambio está en la actitud de responsabilidad en el proceso. Si veo y oigo, soy un agente pasivo de lo que está sucediendo. Si, por contra, miro y escucho, soy parte activa del proceso, formo parte del mismo y, por lo tanto, soy parte responsable. Puedo pensar acerca del propio proceso, puedo observarlo, y puedo tomar decisiones conscientes y cambiarlo.

¡Feliz semana y ánimo con los ejercicios!

Sara

Seguir adelante

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   He decidido saltar las vallas, abrir las puertas, dejar volar mis sueños y atravesar el imposible por llegar al otro lado.

   No importa cuántas dificultades me encuentre, ni lo complicado que sea. Deseo saber quién seré y hasta dónde puedo llegar si dejo atrás mis miedos y me enfrento al mundo que me espera más allá de mis limitaciones.

   La libertad tiene un precio, y es dejar de preguntarme ¿y si pierdo? y empezar a preguntarme ¿y si gano?

   Aunque la verdad es que no importa si pierdo o gano. Tan sólo dejarme llevar, volar, seguir adelante, aprender de mis errores y disfrutar de mis triunfos.

   Simplemente, seguir adelante, venga lo que venga. Seguir adelante.

  Fotografía y texto de Sara de Miguel

 

Bisturí II: ejercicios

   Este es el momento de preguntarte ¿cómo puedo ser un buen comunicador? Si yo he sido buena emisora, comprenderás que la respuesta a esta pregunta es bastante complicada. Por ello, vamos a continuar con la disección que estamos haciendo a la comunicación.

   Empecemos con los mensajes. En una conversación cotidiana, cada mensaje que emitimos o recibimos consta de tres partes igualmente importantes:

    • Qué se dice. Es el lenguaje verbal, las palabras que utilizamos para expresar la información.

    • Cómo se dice. Son los aspectos que los expertos llaman paraverbales, y que acompañan a lo que se dice. Son ejemplo de ello el volumen o la entonación cuando hablamos, o los signos de puntuación (exclamación, interrogación) cuando escribimos.

    • Qué se hace con el cuerpo. Es el lenguaje corporal y gestual. El cómo se dice y qué se hace con el cuerpo. Hoy en día también se refleja en los emoticonos que utilizamos en las redes sociales.

   En este punto te propongo un ejercicio muy interesante que te puede ayudar mucho a entender estos conceptos y a comprobar cómo nos afectan en nuestra vida cotidiana. Para que comprendas la importancia del ejercicio, me gustaría que te plantearas estas preguntas: ¿te has parado a pensar alguna vez que durante todo proceso comunicativo presencial con otras personas tú ves a los demás, pero no te ves a ti mismo? ¿Sabes cómo eres comunicando? ¿Sabes cómo transmites tus mensajes como emisor? Probablemente la respuesta a todas ellas sea que no.

   El ejercicio consta de tres partes. En la primera te tienes que poner frente a un espejo mientras ejercitas diferentes expresiones faciales y gestuales. Por ejemplo, ponte frente al espejo y cuéntale a tu imagen algo muy triste que te haya sucedido. Después, en otro momento, u otro día, cuéntale a tu imagen algo muy alegre. Así con diferentes recuerdos que se refieran a diferentes expresiones emocionales (miedo, sorpresa, asco, enfado, etc.). Procura dedicar tiempo al ejercicio, ya que, aunque parezca absurdo, nos cuesta mucho mantenernos mirándonos en el espejo a nosotros mismos durante un tiempo prolongado. La primera vez que lo hagas y realmente te observes y te “hables”, puede que sientas incluso vergüenza, porque no estamos acostumbrados a la sensación de autoobservarnos. Es importante que en el ejercicio utilices recuerdos muy intensos, porque de esta manera se activan las reacciones habituales de tus comportamientos comunicativos. Este ejercicio te ayudará a ver lo que los demás ven cuando te comunicas con ellos: qué caras pones y cómo gesticulas o te mueves.

   La segunda parte del ejercicio es similar a la primera, pero en este caso deberás grabar tu voz (lo puedes hacer a la vez que el primero) en cualquier dispositivo (por ejemplo, un teléfono móvil te puede servir, que actualmente todos llevan incorporada una aplicación de grabación de voz). Consiste en lo mismo que el ejercicio anterior, relatar recuerdos emocionales intensos diferentes, y, en este caso, después escucharte. Seguramente cuando te oigas a ti mismo, o misma, en la grabación, te cueste reconocer tu voz. Esto se debe a que cuando hablamos lo que oímos nosotros mismos y lo que oyen los demás es diferente debido a que una persona no solo oye su propia voz, sino que también oye la resonancia que provoca en su propia caja torácica, lo que la distorsiona y proporciona una versión de la propia voz alterada. Para una buena realización del ejercicio es importante que en el relato de los recuerdos emocionales dejes fluir la entonación y el volumen para que puedas detectar los cambios que realizas según el contenido de tu mensaje y, sobretodo, lo que los demás escuchan cuando tú hablas.

   Estos dos ejercicios, observarte y escucharte, deben hacerse con frecuencia. No sirve hacerlo una vez en la vida, ya que a medida que te suceden cosas y acumulas experiencias, cambias tú y tu manera de expresarte. Por lo tanto, lo que has observado y escuchado en una ocasión, con el tiempo puede haber cambiado, y si no te observas y escuchas de manera habitual, dejas de “conocerte” como comunicador o comunicadora (y como persona en general).

   La tercera parte del ejercicio es que, ahora que ya has “entrenado” a tus ojos y oídos a observarte y escucharte a ti mismo en una serie de situaciones simuladas , te observes y escuches en la vida cotidiana con detalle. Aprovecha las situaciones sociales de cada día para conocerte a ti mismo como comunicador, y empezar a conocer a las personas de tu entorno. Fíjate especialmente en los cambios en tu conducta comunicativa cuando interactúas con diferentes personas, en diferentes contextos y expresando diferentes estados o circunstancias emocionales.

¿Qué te han parecido los ejercicios? ¿Crees que son útiles? ¿Cómo te has sentido y qué has pensado cuando te has visto y escuchado?

¡Feliz martes y buena semana!

Sara

Bisturí I: responsabilidad

Vamos a diseccionar la comunicación. Bisturí, por favor.

Esta primera parte es, quizá, un poco aburrida y está descrita en muchos libros, pero intentaré resumirla y clarificarla lo más importante, para que podamos avanzar poco a poco hacia las claves del asunto.

Empecemos por definirla: la comunicación es la acción y el efecto de comunicarse. Normalmente se da mediante el trato entre dos o más personas, bidireccionalmente o en dos direcciones, aunque también puede ser en una sola dirección (por ejemplo, como cuando hablamos con nosotros mismos, o hacemos uso de medios como la televisión o internet).

En todo proceso comunicativo se transmiten señales mediante un código común al emisor y al receptor. Las señales pueden ser auditivas (palabras o sonidos), visuales (gestos o imágenes) o incluso táctiles (braille, contacto físico entre dos personas).

El código habitual de comunicación es la lengua común al emisor y al receptor (obviamente si no utilizamos el mismo código de la lengua la comunicación se dificulta bastante, como podrás haber podido comprobar si alguna vez un turista se ha dirigido a ti para pedirte algo, seguramente una dirección, en un idioma que desconoces).

Para que nos entedamos, ahora mismo yo soy la emisora del mensaje. Tú, lector o lectora, eres el receptor o receptora. Las señales son visuales (palabras escritas), y el código es la lengua castellana, y este proceso comunicativo es unidireccional: yo te transmito información pero tú no me la puedes transmitir a mí.

Ahora viene la parte importante, que normalmente no viene en los manuales ni nos lo enseñan: hablemos de RESPONSABILIDAD. En este proceso comunicativo yo soy la responsable de hacerte llegar la información de la manera más clara y eficaz posible. Y tú eres el o la responsable de leerlo adecuadamente. Si te saltas párrafos, o lees distraído o distraída, el mensaje, por mucho que yo me esfuerce, no te va a llegar ni te va a servir de nada.

Esto es así en todas nuestras comunicaciones. Cada vez que por ejemplo hablamos, o nos escribimos, con una o más personas (ya sean familiares, amigos, compañeros o desconocidos), somos responsables tanto en nuestra función de emisores (quien da el mensaje), como de receptores (quien lo recibe). Normalmente las comunicaciones cotidianas son fluidas y continuas, y desarrollamos el papel de emisor y receptor simultáneamente. La comunicación sólo puede ser eficaz si nos esforzamos en comunicar claramente, y en intentar comprender lo mejor posible los mensajes que nos llegan.

¿Eres responsable en tus comunicaciones? ¿Cómo crees que podrías mejorar tus actos comunicativos?

¡Feliz lunes y que hagas una gran semana!

Sara

Lo que hacemos cada día VI: aprendizajes

      Para aprender a comunicarnos de una manera eficaz, en las próximas páginas explicaré algunos conceptos básicos, pondré ejemplos cotidianos (con los que seguramente te sentirás identificado o identificada), y propondré ejercicios para que puedas practicar pautas saludables de comunicación.

   Para poder aprender cosas, te ofrezco información sobre el aprendizaje en sí mismo. Aprendemos básicamente mediante tres procesos:

    1. La repetición y la asociación. Cuando repetimos insistentemente una acción acaba formando parte de nuestro repertorio básico de conductas. También sucede con los conocimientos, por ejemplo, cuando somos pequeños y nos hacen repetir “ma”, hasta que decimos “mamá”, y lo asociamos a una persona concreta. Entonces hemos aprendido que dos monosílabos unidos sirven para llamar a nuestra madre. Esto es así en la mayoría de aprendizajes durante los estudios: aprendemos a base de “empollar” o repetir contenidos hasta que nos los sabemos.

    1. Por curiosidad o descubrimiento (lo que lo los psicólogos llamamos insight). A veces aprendemos por pura casualidad, como por ejemplo cuando somos pequeños y te das un golpe y te duele. Nadie ha previsto que te des un golpe, ni era tu intención aprender a asociar golpe y dolor, pero gracias a un suceso casual (que te des el golpe) aprendes algo muy importante a lo largo de la vida (que golpearse duele).

    1. La observación e imitación de los demás. Muchos comportamientos los aprendemos tras verlos en otras personas de nuestro entorno. Por ejemplo, si tu padre decía palabrotas, seguro que en algún momento las repetías. Al igual que si te decía “te quiero”, también lo hacías. Esto es igual de válido con personas incluso ajenas a nosotros, por ejemplo, si en la tele has visto un gesto en un actor o actriz que te ha parecido gracioso, sexy, o guay, y lo has imitado.

   Aunque podemos aprender de estas (y otras muchas) maneras, todos los aprendizajes tienes un componente común, y es el fortalecimiento o debilidad de conexiones neuronales. Cada cosa que aprendemos implica que varias de nuestras conexiones entre células cerebrales se “unen” y crean una HUELLA DE MEMORIA. Estas huellas se hacen más fuertes o más débiles en función de la intensidad de ese aprendizaje (por ejemplo, las veces que lo repetimos) y, sobretodo, del componente emocional que lo envuelve. Si sientes una emoción intensa, la huella de memoria es más potente y tiende a activarse con facilidad. Si, al contrario, lo que estás aprendiendo o lo que te está pasando no te emociona, la huella es más débil y probablemente se active con dificultad.

   Por ejemplo, aprender las tablas de multiplicar es un conocimiento que no genera gran emoción, por lo que cuesta generar una huella de memoria y tenemos que repetirlas una y otra vez para aprenderlas. Sin embargo, seguro que recuerdas con facilidad los rasgos de la persona amada, su olor e incluso la ropa que llevaba un día concreto (y sin haberte si quiera propuesto memorizar nada de todo eso) porque te generó una emoción intensa.

   Ahora que ya sabes como funciona el aprendizaje y lo importante que es la comunicación, te propongo empezar a que hagas cosas. Como en cualquier proceso de cambio, lo primero que debes hacer es observarte. La premisa base es que no se puede cambiar nada que no se conoce, por lo que debes fijarte en ti mismo, en qué términos te comunicas contigo mismo, y con los demás. Y también fijarte en cómo los demás se comunican contigo, y entre ellos. Hazlo cada día, porque de esa manera OBSERVAR se convertirá en un hábito. Irás creando huellas de memoria y poco a poco adquirirás dotes observadoras que son imprescindibles para ser un buen comunicador. No olvides que SOMOS LO QUE HACEMOS.

¡FELIZ LUNES!

SARA

Lo que hacemos cada día V: tú

     Fíjate en ti mismo. En cómo sientes, cómo piensas, cómo eres y cómo te comportas. Pregúntate ¿soy la misma persona que hace veinte años? ¿que hace diez años? ¿que hace un año? ¿o que hace simplemente quince minutos? La respuesta es no. No rotundo. Vas cambiando tu manera de sentir, de pensar, de ser y de comportarte a cada momento, tras cada experiencia. Es natural. Cambiar es un proceso natural. No veas los cambios como algo negativo, ya que son la posibilidad de ser, pensar, sentir y comportarnos de una manera diferente. Los cambios elegidos y conscientes, tal como expongo a lo largo del libro, se basan en ampliar la gama de formas de sentir, pensar, ser y comportarse, pero sobretodo de elegir tener una actitud positiva y respetuosa hacia el aprendizaje, nosotros mismos y los demás.

   Es importante destacar que la comunicación y las habilidades sociales son comportamientos básicos extremadamente complejos. La comunicación es un proceso continuo y dinámico, cuyo objetivo es la transmisión de información. No obstante, no es una mera transferencia de datos, sino que incluye diversas variables emocionales, sociales y psicológicas que la enriquecen, pero también la dificultan. La influencia también es inversa: según nos comunicamos y los demás se comunican con nosotros, cambian nuestras percepciones emocionales, sociales y psicológicas.

     Volvamos a la importancia de la comunicación. Es tan importante, que la mayoría de problemas que tenemos en nuestras vidas son problemas derivados de una mala práctica de la comunicación. ¿No te suena eso de “es que no te entendí”, “no te explicaste”, “no me entendiste bien”, “quise decir”, “porque tú dijiste esto o aquello”? ¿Cuántas veces has discutido por “malentendidos”? ¿Cuántas personas han dejado de formar parte de tu vida (o has dejado tú de formar parte de la suya) por broncas que luego no resultaron ser para tanto, o no valieron la pena? ¿Cuántas veces has sido “víctima” o “responsable” de unas palabras mal dichas? Al final nos convertimos en nuestro propio enemigo, o convertimos a otras personas en enemigos por simples problemas de comunicación.

   Por supuesto, no olvidemos que los mejores momentos de nuestras vidas también están embellecidos por actos comunicativos, por ejemplo, un abrazo, una mirada especial, una sonrisa, unas carcajadas, un beso, unas palabras de amor, de entusiasmo o de alegría.

   Por ello debemos considerar la comunicación como el pilar básico de quienes somos, qué hacemos y cómo lo hacemos, pues en la comunicación se fundamenta la relación con nosotros mismos y con los demás. He aquí la mejor motivación para comenzar a valorar nuevos aprendizajes comunicativos.

   ¿Crees que la comunicación es el pilar básico de nosotros mismos?

¿Y de nuestra relación con los demás?

¡Feliz lunes y a por la semana!

Sara

Lo esencial es invisible a los ojos

principito

«– Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

El Principito se fue a ver nuevamente las rosas:

– No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún –les dijo–. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron bien molestas.

– Sois bellas, pero estáis vacías –les dijo–. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa que abrigue con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté. Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aún, algunas veces callarse. Puesto que ella es mi rosa.

Y volvió hacia el zorro:

– Adiós –dijo.– Adiós –dijo el zorro– He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

–Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el Principito, a fin de acordarse.

– El tiempo que perdiste con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

– El tiempo que perdí por mi rosa… –dijo el Principito, a fin de acordarse.

– Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro–. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa.

– Soy responsable de mi rosa… –repitió el Principito, a fin de acordarse».

 

 

Desde la infancia recuerdo cada día unas palabras tan profundas y hermosas, LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS. Gracias a Antoine de Saint-Exúpery por tu libro «El Principito», lleno de reflexiones imprescindibles en nuestras vidas.
¡Buen jueves!
Sara

13 ALMAS

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      Hay muchos libros que leer, sin embargo poco te van a emocionar y calar tan profundo. Creemos que sabemos todo de la vida, pero no sabemos nada. Y de la muerte mucho menos. Este acercamiento al proceso de enfermedad y de morir, de historias reales de personas como tú o como yo, te ayudará a encontrar el verdadero sentido de la vida. Aprender de quienes ya no tienen nada que perder y mucho que enseñar, es una experiencia indescriptible.

   Déjate adentrar en los sentimientos, creencias y experiencias más importantes que puedas conocer. Aprende a afrontar cada momento de tu vida sabiendo todo lo que tienes que saber.

   Resulta curioso que cada vez que alguien me pregunta a qué me dedico, y contesto que soy psicóloga de cuidados paliativos, automáticamente se cambia de tema. Casi nadie me pregunta por mi trabajo, casi nadie quiere oír hablar de enfermedad, ni mucho menos de muerte, cuando lo único seguro en nuestra vida es que moriremos. Mi nombre es Sara, y mi mayor aprendizaje estos años ha sido que si escucháramos más a las personas que se acercan a la muerte, les ayudaríamos a morir mejor. Y sobretodo, que si escucháramos más a las personas que se acercan a la muerte, aprenderíamos a vivir mejor.

   No te pierdas «13 Almas», el libro que cambiará tu vida y el de las personas que amas. Encuéntralo a un precio alucinante en formato ebook y tradicional en Amazon.es y en Amazon.com.

   ¡Feliz semana!

   Sara

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