Bisturí III: un ejemplo

   Para que entiendas para qué sirven los ejercicios propuestos la semana anterior te pondré un ejemplo. Estando trabajando como psicóloga en un centro de salud mental me remitieron a Roberto, un hombre de unos sesenta años, por síntomas ansiosos y depresivos. Realicé a Roberto una evaluación y un análisis funcional de conducta y le transmití el resultado: no padecía ningún trastorno. Eso pareció afectarle mucho, porque esperaba que sus momentos de tristeza o de angustia tuvieran una causa clara para ponerse a tratamiento (me pidió específicamente que le mandara al psiquiatra a que le recetara “lo que sea” para estar mejor). Entonces le expliqué, mientras él me miraba con escepticismo, que el hecho de que no hubiera un trastorno o un diagnóstico no significaba que no hubiera un problema en su vida cotidiana que tuviera que solucionar. Ese problema era su manera de comunicarse: era un hombretón de pueblo, grande y rudo, que hablaba a gritos, frunciendo el ceño y enseñando los dientes constantemente. Eso había provocado multitud de problemas en sus relaciones familiares, sociales y laborales, que le llevaron a sentir y expresar inseguridad, ira y enfado casi cada día. Finalmente, como pescadilla que se muerde la cola, cuanto más se enfadaba y creaba discusiones y malestar, peor se sentía, más triste, angustiado y enfadado. Y cuanto más enfado, angustia y tristeza, más malestar creaba a su alrededor.

   Cuando le expliqué mi valoración profesional se enfadó conmigo y me dijo literalmente “Eso es una chorrada, a mí me pasa algo grave y necesito que me pongas que tengo algo para que me mediquen”. Y se fue de la consulta dando un portazo.

   Volvió unas semanas más tarde, desesperado porque su mujer le había pedido el divorcio, y su jefe le había amenazado con despedirle si no cesaban los conflictos con sus compañeros. Esta vez me escuchó con más atención.

   Le expliqué que es normal sentir rechazo cuando buscamos una causa a nuestros problemas y nos dicen que la causa son nuestras propias conductas. Normalmente preferimos que nos digan que tenemos “esto o aquello”, que son enfermedades y nos sirven para justificar prácticamente todo.

   También le expliqué que también es normal que pidamos una “pastilla mágica” para que se solucionen todos nuestros problemas. Lo cierto es que hay casos en los que los fármacos son de gran ayuda, y casos en los que son imprescindibles. Sin embargo en muchos problemas cotidianos basta con ser conscientes de que tenemos un problema, buscar ayuda profesional y realizar los cambios necesarios para que el problema desaparezca o se minimice.

   Para Roberto el proceso terapéutico pasaba por aprender a observarse, hacer los ejercicios que antes te he propuesto, y llevar un registro de conflictos diarios (fecha, hora, personas implicadas, su conducta y las consecuencias).

   Cuando volvió tras tres semanas de autoobservación y registro, me dijo “¡Joder! ¡Parece que estoy enfadado con todo el mundo todo el día! Normal que tenga problemas con la gente”. Por primera vez se había visto en un espejo tal como le veían los demás. Por primera vez se había escuchado como le escuchaban los demás. Y estaba dispuesto a admitir que tenía un problema y tenía que cambiar.

   Todos deberíamos estar dispuestos a admitir que no nos conocemos porque ni siquiera nos “miramos” ni nos “escuchamos”. Y admitir que tampoco conocemos a los demás, ya que normalmente nos limitamos a ver y oír cuando deberíamos MIRAR y ESCUCHAR, que no es lo mismo. El cambio está en la actitud de responsabilidad en el proceso. Si veo y oigo, soy un agente pasivo de lo que está sucediendo. Si, por contra, miro y escucho, soy parte activa del proceso, formo parte del mismo y, por lo tanto, soy parte responsable. Puedo pensar acerca del propio proceso, puedo observarlo, y puedo tomar decisiones conscientes y cambiarlo.

¡Feliz semana y ánimo con los ejercicios!

Sara

Bisturí II: ejercicios

   Este es el momento de preguntarte ¿cómo puedo ser un buen comunicador? Si yo he sido buena emisora, comprenderás que la respuesta a esta pregunta es bastante complicada. Por ello, vamos a continuar con la disección que estamos haciendo a la comunicación.

   Empecemos con los mensajes. En una conversación cotidiana, cada mensaje que emitimos o recibimos consta de tres partes igualmente importantes:

    • Qué se dice. Es el lenguaje verbal, las palabras que utilizamos para expresar la información.

    • Cómo se dice. Son los aspectos que los expertos llaman paraverbales, y que acompañan a lo que se dice. Son ejemplo de ello el volumen o la entonación cuando hablamos, o los signos de puntuación (exclamación, interrogación) cuando escribimos.

    • Qué se hace con el cuerpo. Es el lenguaje corporal y gestual. El cómo se dice y qué se hace con el cuerpo. Hoy en día también se refleja en los emoticonos que utilizamos en las redes sociales.

   En este punto te propongo un ejercicio muy interesante que te puede ayudar mucho a entender estos conceptos y a comprobar cómo nos afectan en nuestra vida cotidiana. Para que comprendas la importancia del ejercicio, me gustaría que te plantearas estas preguntas: ¿te has parado a pensar alguna vez que durante todo proceso comunicativo presencial con otras personas tú ves a los demás, pero no te ves a ti mismo? ¿Sabes cómo eres comunicando? ¿Sabes cómo transmites tus mensajes como emisor? Probablemente la respuesta a todas ellas sea que no.

   El ejercicio consta de tres partes. En la primera te tienes que poner frente a un espejo mientras ejercitas diferentes expresiones faciales y gestuales. Por ejemplo, ponte frente al espejo y cuéntale a tu imagen algo muy triste que te haya sucedido. Después, en otro momento, u otro día, cuéntale a tu imagen algo muy alegre. Así con diferentes recuerdos que se refieran a diferentes expresiones emocionales (miedo, sorpresa, asco, enfado, etc.). Procura dedicar tiempo al ejercicio, ya que, aunque parezca absurdo, nos cuesta mucho mantenernos mirándonos en el espejo a nosotros mismos durante un tiempo prolongado. La primera vez que lo hagas y realmente te observes y te “hables”, puede que sientas incluso vergüenza, porque no estamos acostumbrados a la sensación de autoobservarnos. Es importante que en el ejercicio utilices recuerdos muy intensos, porque de esta manera se activan las reacciones habituales de tus comportamientos comunicativos. Este ejercicio te ayudará a ver lo que los demás ven cuando te comunicas con ellos: qué caras pones y cómo gesticulas o te mueves.

   La segunda parte del ejercicio es similar a la primera, pero en este caso deberás grabar tu voz (lo puedes hacer a la vez que el primero) en cualquier dispositivo (por ejemplo, un teléfono móvil te puede servir, que actualmente todos llevan incorporada una aplicación de grabación de voz). Consiste en lo mismo que el ejercicio anterior, relatar recuerdos emocionales intensos diferentes, y, en este caso, después escucharte. Seguramente cuando te oigas a ti mismo, o misma, en la grabación, te cueste reconocer tu voz. Esto se debe a que cuando hablamos lo que oímos nosotros mismos y lo que oyen los demás es diferente debido a que una persona no solo oye su propia voz, sino que también oye la resonancia que provoca en su propia caja torácica, lo que la distorsiona y proporciona una versión de la propia voz alterada. Para una buena realización del ejercicio es importante que en el relato de los recuerdos emocionales dejes fluir la entonación y el volumen para que puedas detectar los cambios que realizas según el contenido de tu mensaje y, sobretodo, lo que los demás escuchan cuando tú hablas.

   Estos dos ejercicios, observarte y escucharte, deben hacerse con frecuencia. No sirve hacerlo una vez en la vida, ya que a medida que te suceden cosas y acumulas experiencias, cambias tú y tu manera de expresarte. Por lo tanto, lo que has observado y escuchado en una ocasión, con el tiempo puede haber cambiado, y si no te observas y escuchas de manera habitual, dejas de “conocerte” como comunicador o comunicadora (y como persona en general).

   La tercera parte del ejercicio es que, ahora que ya has “entrenado” a tus ojos y oídos a observarte y escucharte a ti mismo en una serie de situaciones simuladas , te observes y escuches en la vida cotidiana con detalle. Aprovecha las situaciones sociales de cada día para conocerte a ti mismo como comunicador, y empezar a conocer a las personas de tu entorno. Fíjate especialmente en los cambios en tu conducta comunicativa cuando interactúas con diferentes personas, en diferentes contextos y expresando diferentes estados o circunstancias emocionales.

¿Qué te han parecido los ejercicios? ¿Crees que son útiles? ¿Cómo te has sentido y qué has pensado cuando te has visto y escuchado?

¡Feliz martes y buena semana!

Sara

Bisturí I: responsabilidad

Vamos a diseccionar la comunicación. Bisturí, por favor.

Esta primera parte es, quizá, un poco aburrida y está descrita en muchos libros, pero intentaré resumirla y clarificarla lo más importante, para que podamos avanzar poco a poco hacia las claves del asunto.

Empecemos por definirla: la comunicación es la acción y el efecto de comunicarse. Normalmente se da mediante el trato entre dos o más personas, bidireccionalmente o en dos direcciones, aunque también puede ser en una sola dirección (por ejemplo, como cuando hablamos con nosotros mismos, o hacemos uso de medios como la televisión o internet).

En todo proceso comunicativo se transmiten señales mediante un código común al emisor y al receptor. Las señales pueden ser auditivas (palabras o sonidos), visuales (gestos o imágenes) o incluso táctiles (braille, contacto físico entre dos personas).

El código habitual de comunicación es la lengua común al emisor y al receptor (obviamente si no utilizamos el mismo código de la lengua la comunicación se dificulta bastante, como podrás haber podido comprobar si alguna vez un turista se ha dirigido a ti para pedirte algo, seguramente una dirección, en un idioma que desconoces).

Para que nos entedamos, ahora mismo yo soy la emisora del mensaje. Tú, lector o lectora, eres el receptor o receptora. Las señales son visuales (palabras escritas), y el código es la lengua castellana, y este proceso comunicativo es unidireccional: yo te transmito información pero tú no me la puedes transmitir a mí.

Ahora viene la parte importante, que normalmente no viene en los manuales ni nos lo enseñan: hablemos de RESPONSABILIDAD. En este proceso comunicativo yo soy la responsable de hacerte llegar la información de la manera más clara y eficaz posible. Y tú eres el o la responsable de leerlo adecuadamente. Si te saltas párrafos, o lees distraído o distraída, el mensaje, por mucho que yo me esfuerce, no te va a llegar ni te va a servir de nada.

Esto es así en todas nuestras comunicaciones. Cada vez que por ejemplo hablamos, o nos escribimos, con una o más personas (ya sean familiares, amigos, compañeros o desconocidos), somos responsables tanto en nuestra función de emisores (quien da el mensaje), como de receptores (quien lo recibe). Normalmente las comunicaciones cotidianas son fluidas y continuas, y desarrollamos el papel de emisor y receptor simultáneamente. La comunicación sólo puede ser eficaz si nos esforzamos en comunicar claramente, y en intentar comprender lo mejor posible los mensajes que nos llegan.

¿Eres responsable en tus comunicaciones? ¿Cómo crees que podrías mejorar tus actos comunicativos?

¡Feliz lunes y que hagas una gran semana!

Sara

Lo que hacemos cada día VI: aprendizajes

      Para aprender a comunicarnos de una manera eficaz, en las próximas páginas explicaré algunos conceptos básicos, pondré ejemplos cotidianos (con los que seguramente te sentirás identificado o identificada), y propondré ejercicios para que puedas practicar pautas saludables de comunicación.

   Para poder aprender cosas, te ofrezco información sobre el aprendizaje en sí mismo. Aprendemos básicamente mediante tres procesos:

    1. La repetición y la asociación. Cuando repetimos insistentemente una acción acaba formando parte de nuestro repertorio básico de conductas. También sucede con los conocimientos, por ejemplo, cuando somos pequeños y nos hacen repetir “ma”, hasta que decimos “mamá”, y lo asociamos a una persona concreta. Entonces hemos aprendido que dos monosílabos unidos sirven para llamar a nuestra madre. Esto es así en la mayoría de aprendizajes durante los estudios: aprendemos a base de “empollar” o repetir contenidos hasta que nos los sabemos.

    1. Por curiosidad o descubrimiento (lo que lo los psicólogos llamamos insight). A veces aprendemos por pura casualidad, como por ejemplo cuando somos pequeños y te das un golpe y te duele. Nadie ha previsto que te des un golpe, ni era tu intención aprender a asociar golpe y dolor, pero gracias a un suceso casual (que te des el golpe) aprendes algo muy importante a lo largo de la vida (que golpearse duele).

    1. La observación e imitación de los demás. Muchos comportamientos los aprendemos tras verlos en otras personas de nuestro entorno. Por ejemplo, si tu padre decía palabrotas, seguro que en algún momento las repetías. Al igual que si te decía “te quiero”, también lo hacías. Esto es igual de válido con personas incluso ajenas a nosotros, por ejemplo, si en la tele has visto un gesto en un actor o actriz que te ha parecido gracioso, sexy, o guay, y lo has imitado.

   Aunque podemos aprender de estas (y otras muchas) maneras, todos los aprendizajes tienes un componente común, y es el fortalecimiento o debilidad de conexiones neuronales. Cada cosa que aprendemos implica que varias de nuestras conexiones entre células cerebrales se “unen” y crean una HUELLA DE MEMORIA. Estas huellas se hacen más fuertes o más débiles en función de la intensidad de ese aprendizaje (por ejemplo, las veces que lo repetimos) y, sobretodo, del componente emocional que lo envuelve. Si sientes una emoción intensa, la huella de memoria es más potente y tiende a activarse con facilidad. Si, al contrario, lo que estás aprendiendo o lo que te está pasando no te emociona, la huella es más débil y probablemente se active con dificultad.

   Por ejemplo, aprender las tablas de multiplicar es un conocimiento que no genera gran emoción, por lo que cuesta generar una huella de memoria y tenemos que repetirlas una y otra vez para aprenderlas. Sin embargo, seguro que recuerdas con facilidad los rasgos de la persona amada, su olor e incluso la ropa que llevaba un día concreto (y sin haberte si quiera propuesto memorizar nada de todo eso) porque te generó una emoción intensa.

   Ahora que ya sabes como funciona el aprendizaje y lo importante que es la comunicación, te propongo empezar a que hagas cosas. Como en cualquier proceso de cambio, lo primero que debes hacer es observarte. La premisa base es que no se puede cambiar nada que no se conoce, por lo que debes fijarte en ti mismo, en qué términos te comunicas contigo mismo, y con los demás. Y también fijarte en cómo los demás se comunican contigo, y entre ellos. Hazlo cada día, porque de esa manera OBSERVAR se convertirá en un hábito. Irás creando huellas de memoria y poco a poco adquirirás dotes observadoras que son imprescindibles para ser un buen comunicador. No olvides que SOMOS LO QUE HACEMOS.

¡FELIZ LUNES!

SARA

Lo que hacemos cada día V: tú

     Fíjate en ti mismo. En cómo sientes, cómo piensas, cómo eres y cómo te comportas. Pregúntate ¿soy la misma persona que hace veinte años? ¿que hace diez años? ¿que hace un año? ¿o que hace simplemente quince minutos? La respuesta es no. No rotundo. Vas cambiando tu manera de sentir, de pensar, de ser y de comportarte a cada momento, tras cada experiencia. Es natural. Cambiar es un proceso natural. No veas los cambios como algo negativo, ya que son la posibilidad de ser, pensar, sentir y comportarnos de una manera diferente. Los cambios elegidos y conscientes, tal como expongo a lo largo del libro, se basan en ampliar la gama de formas de sentir, pensar, ser y comportarse, pero sobretodo de elegir tener una actitud positiva y respetuosa hacia el aprendizaje, nosotros mismos y los demás.

   Es importante destacar que la comunicación y las habilidades sociales son comportamientos básicos extremadamente complejos. La comunicación es un proceso continuo y dinámico, cuyo objetivo es la transmisión de información. No obstante, no es una mera transferencia de datos, sino que incluye diversas variables emocionales, sociales y psicológicas que la enriquecen, pero también la dificultan. La influencia también es inversa: según nos comunicamos y los demás se comunican con nosotros, cambian nuestras percepciones emocionales, sociales y psicológicas.

     Volvamos a la importancia de la comunicación. Es tan importante, que la mayoría de problemas que tenemos en nuestras vidas son problemas derivados de una mala práctica de la comunicación. ¿No te suena eso de “es que no te entendí”, “no te explicaste”, “no me entendiste bien”, “quise decir”, “porque tú dijiste esto o aquello”? ¿Cuántas veces has discutido por “malentendidos”? ¿Cuántas personas han dejado de formar parte de tu vida (o has dejado tú de formar parte de la suya) por broncas que luego no resultaron ser para tanto, o no valieron la pena? ¿Cuántas veces has sido “víctima” o “responsable” de unas palabras mal dichas? Al final nos convertimos en nuestro propio enemigo, o convertimos a otras personas en enemigos por simples problemas de comunicación.

   Por supuesto, no olvidemos que los mejores momentos de nuestras vidas también están embellecidos por actos comunicativos, por ejemplo, un abrazo, una mirada especial, una sonrisa, unas carcajadas, un beso, unas palabras de amor, de entusiasmo o de alegría.

   Por ello debemos considerar la comunicación como el pilar básico de quienes somos, qué hacemos y cómo lo hacemos, pues en la comunicación se fundamenta la relación con nosotros mismos y con los demás. He aquí la mejor motivación para comenzar a valorar nuevos aprendizajes comunicativos.

   ¿Crees que la comunicación es el pilar básico de nosotros mismos?

¿Y de nuestra relación con los demás?

¡Feliz lunes y a por la semana!

Sara

Lo que hacemos cada día IV: experiencia

   Lo habitual es que cada uno de nosotros aprendamos a comunicarnos de una manera informal, esto es, en base a nuestras EXPERIENCIAS. En función de como se comunicaban nuestros padres y otros familiares (o personas con las que nos criamos), nuestros maestros, compañeros de estudios, de trabajo, amistades, etc. vamos aprendiendo conductas concretas de comunicación, y las vamos incorporando a nuestro repertorio básico de conductas. Por poner un ejemplo, una persona que se ha criado en un hogar en el que se grita mucho, suele utilizar los gritos como medio de comunicación habitual. Ello no significa que sea el mejor medio para comunicarse, pero es el que más conoce y que, probablemente, en su entorno, tiene más probabilidades de éxito, y por ello lo reproduce.

   Por suerte, las habilidades de comunicación no son innatas: cuando nacemos la matrona no nos coge y dice “este bebé será un gran comunicador” o “este bebé será un desastre comunicándose”, no es una capacidad que sólo poseen unas determinadas personas. La comunicación es un conjunto de conductas específicas que se aprenden, y por lo tanto, se pueden aprender, desaprender, modificar y mejorar.

   En este punto, siempre que he dado un curso, seminario o sesión profesional, ha habido alguien que ha discrepado con la típica frase (o similar) “Es que yo soy muy tímido, y no voy a cambiar”. Sé que es una gran excusa, pero lo siento por los que os aferráis al hábito de ser tímidos (quien dice tímido, dice torpe, o cualquier otro rasgo de personalidad), porque no os sirve. Somos lo que hacemos. Y lo que hacemos repetidamente son hábitos de conducta. Si yo realizo repetidamente y de manera no consciente ni consecuente una conducta comunicativa (por ejemplo, gritar), considero que esa conducta me define (soy una gritona), sin ni siquiera darme cuenta. Sin embargo, si yo voluntariamente decido realizar otras conductas alternativas de manera constante y consciente (hablar en un volumen normalizado), acabarán por consolidarse en mi colección de hábitos y seré de esa “otra” manera. Eso no significa que sea un proceso fácil, ni mucho menos, pero es un proceso posible y real. Si te esfuerzas en repetir un comportamiento las veces suficientes, finalmente será un HÁBITO y formará parte de quien eres y de lo que haces. Y que conste que esto sirve tanto en comunicación, como en cualquier otro aspecto de nuestras vidas.

Lo que hacemos cada día III: ¿aprender?

La comunicación es el rasgo que nos define frente a nosotros mismos y a las otras personas. Parte de nuestra autoestima se crea bebiendo de la fuente de las valoraciones que nosotros nos “comunicamos” a nosotros mismos, y de las que nos comunican los demás. Utilizamos palabras como “simpático” para definir a aquella persona que habitualmente se comunica de forma alegre o divertida, “borde” a aquella que lo hace de manera esquiva o desagradable, “cariñosa” a quien demuestra en su comunicación cercanía y amabilidad.

La amistad se basa en la comunicación. La relación con tus familiares se basa en la comunicación. Tu trabajo y tu relación con tus compañeros se basa en la comunicación. Tu relación de pareja se basa en la comunicación. Si tienes hijos, vuestra relación, y sus futuras relaciones, se basan en la comunicación. El amor, la ciencia, la vida y todo lo que puedas imaginar, se basa en la comunicación.

Por todo ello, el rasgo humano más característico que tenemos es la comunicación. Y, la pregunta del millón es ¿quién nos enseña a comunicarnos? ¿Te enseñaron en el colegio? ¿Te lo explicó algún familiar? ¿Te hicieron un curso específico en el trabajo? Estoy prácticamente segura de que nunca nadie se ha sentado a explicarte qué es la comunicación, cuales son sus rasgos, cómo funciona ni como mejorarla. Y todo eso teniendo en cuenta que es el comportamiento que más vas a realizar a lo largo de tu vida y del que va a depender, desde tu propia autoimagen, hasta la relación con todas y cada una de las personas con las que te encuentres a lo largo de tu vida.

¿Cómo crees que aprendes a comunicarte? ¿Cuales son los pilares del aprendizaje en comunicación?

¡Feliz semana!

Sara

Lo que hacemos cada día II: naturalidad

   La comunicación es el comportamiento humano más importante porque lo realizamos constantemente, por ejemplo, al levantarnos nos comunicamos con las personas que convivimos, en el trabajo con nuestros compañeros, habitualmente hablamos con la familia y los amigos, saludamos a los conocidos, y conversamos hasta con desconocidos, como por ejemplo el cajero o la cajera del supermercado.

   Vemos la televisión, o escuchamos música, que nos ofrecen información. Hablamos por teléfono, ponemos y recibimos mensajes, escribimos emails, o chateamos, vivimos inmersos en las redes sociales, y durante todo el día “hablamos” con nosotros mismos mentalmente (sobretodo cuando tratamos de recordar algo u organizar actividades, por ejemplo, ¿quién no ha hecho la lista de la compra mentalmente alguna vez?). Por si fuera poco, nuestro propio cerebro se comunica con nosotros cuando dormimos, mediante los sueños y las ensoñaciones, que no son más que elaboraciones inconexas de imágenes y sonidos que se activan sin nuestro control voluntario.

   Hablar sobre lo que nos acontece, o nuestras preocupaciones, es tan natural para las personas como el respirar. El hecho de hablar sobre nosotros o lo que nos sucede de alguna manera muestra quienes somos y como somos. Al mismo tiempo, también nos permite conocer conocer y poder comprender a los demás y elaborar explicaciones de nuestros comportamientos y los de los otros.

¿Es la comunicación nuestra conducta más natural? ¿Eres como te comunicas? ¿Te ayuda como se comunican los demás a comprenderles?

¡Feliz lunes y ánimo con la semana!

Sara

Lo que hacemos cada día I: ¿quién eres?

¿Quién eres? ¿Cual es tu propósito en la vida? Todos nosotros tenemos una luz interior que nos hace brillar y nos guía y blablabla… Milongas… Lo siento por los clásicos de la autoayuda, pero como he explicado antes, vamos a lo básico. Y lo básico es que todos nosotros somos seres humanos. Y un ser humano no es más que un animal que ha evolucionado en la escala biológica hasta crear una serie de sociedades sumamente complicadas.

Son varios los atributos que nosotros, los humanos, consideramos que nos hacen tan especiales dentro del reino animal. Específicamente hay un rasgo que nos caracteriza, y es una conducta que llevamos a cabo todo el tiempo, todos los días a lo largo de nuestra vida. Lo que hacemos cada día es lo que nos define. Y ahora te pregunto ¿qué crees que es “eso” tan especial que hacemos todo el tiempo y que nos define?

Cada vez que he hecho esta pregunta en un seminario, curso o sesión profesional, me han dado muchísimas respuestas. Tengo que admitir que algunas respuestas han sido predecibles, otras ingeniosas, y muchas divertidas. Sin embargo, muy pocas han sido acertadas. No sé cual habrá sido la tuya, pero aquí tienes nuestra realidad: lo que más hacemos a lo largo de nuestra vida es COMUNICARNOS.

Es cierto que muchos animales, e incluso vegetales o células, disponen de medios de comunicación, pero todos más primitivos o menos elaborados que el nuestro. La comunicación, tal y como nosotros la entendemos, es un proceso privilegiado y único que nos define. Por ejemplo, a diferencia del resto de seres vivos que conocemos, nosotros podemos comunicar ideas, sentimientos e incluso pensamientos de cosas que ni siquiera existen, que sólo podemos imaginar.

¿Estás de acuerdo? ¿Crees que es la comunicación tan importante?

Reflexiona, comenta, comparte, y la semana que viene más 😉

¡Que hagas una buena semana!

Sara

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